A la mañana siguiente, Verónica llegó a la sucursal privada del banco antes de las nueve.
Julia caminaba a su lado con el rostro tenso.
—Todavía podemos intentar frenar el convenio.
—No.
—Verónica, Rodrigo se quedó legalmente con casi todo.
—Con exactamente lo que pidió.
Julia la miró.
—Eso es lo que me preocupa.
El gerente las condujo hasta una sala aislada del resto del banco.
Sobre la mesa había una caja de seguridad gris.
El notario, Héctor Salinas, ya las esperaba.
—Señora Salgado.
Verónica asintió.
—Ábrala.
Héctor introdujo una llave.
Después le entregó otra a Verónica.
Las cerraduras giraron al mismo tiempo.
Dentro había contratos, pagarés, fotografías de transferencias y varias escrituras.
Julia tomó el primer documento.
Leyó dos páginas.
Su expresión cambió.
—Dios mío.
Verónica permaneció en silencio.
Julia levantó la mirada.
—¿Rodrigo hipotecó la casa de Bosques?
—Sí.
—Pero no aparece ninguna hipoteca en los estados financieros que nos entregaron.
—Porque no la registró como deuda familiar.
Héctor colocó otro expediente frente a ella.
—Usó sociedades intermedias.
Julia continuó revisando.
El departamento de Cancún también estaba comprometido.
Los automóviles tenían financiamientos vencidos.
Las acciones de la empresa habían sido entregadas como garantía.
Incluso algunas inversiones que Rodrigo había presentado como activos libres estaban respaldando préstamos privados.
—¿Cuánto debe? —preguntó Julia.
Héctor respondió:
—Si incluimos intereses, penalizaciones y garantías cruzadas, aproximadamente ciento ochenta millones de pesos.
Julia se dejó caer contra el respaldo de la silla.
—¿Cómo no quebró todavía?
Verónica tomó uno de los contratos.
—Porque lleva años pagando una deuda con otra.
Rodrigo no había construido un imperio.
Había construido una torre de cristal sostenida sobre préstamos.
Y el día anterior había exigido quedarse con cada columna.
Julia la observó.
—Por eso firmaste.
—Sí.
—Pero las deudas contraídas durante el matrimonio podrían alcanzarte.
Verónica deslizó hacia ella el mensaje del notario.
—No estas.
Héctor explicó:
—Hace siete meses descubrimos que varias garantías estaban vinculadas exclusivamente a la titularidad futura de los bienes. El convenio firmado ayer transfiere a Rodrigo la propiedad junto con las obligaciones asociadas.
Julia abrió mucho los ojos.
—Entonces cuando exigió todo…
—También aceptó todo.
Por primera vez desde el divorcio, Julia sonrió.
—Su abogado debió revisar los anexos.
—Los revisará.
—¿Cuándo?
Verónica cerró la caja.
—Muy pronto.
Rodrigo llegó aquella tarde al despacho de su abogado con una botella de champaña.
—Por trece años tuve que cargar con una mujer que no entendía de negocios —dijo mientras servía dos copas—. Al final se rindió en una hora.
El licenciado Serrano no respondió.
Estaba leyendo.
Rodrigo bebió un trago.
—¿Qué pasa?
Serrano pasó rápidamente varias páginas.
Después regresó a la primera.
—Rodrigo…
—¿Qué?
Su abogado se levantó.
—¿Tú autorizaste estas garantías?
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Cuáles?
Serrano señaló los anexos.
La sonrisa desapareció del rostro de Rodrigo.
—Eso no importa. La empresa puede refinanciarlas.
—No.
—Claro que puede.
—No después de ayer.
Rodrigo dejó la copa.
—¿De qué estás hablando?
Serrano acercó la silla y le susurró cinco palabras:
—También heredaste todas las deudas.
Rodrigo se quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—Está firmado.
—Entonces anulamos el acuerdo.
—Tú exigiste esas condiciones.
—¡Porque pensé que eran activos!
Serrano lo miró con incredulidad.
—Eres el director de la empresa.
—Verónica sabía.
Ahí apareció la rabia.
—Ella sabía todo.
Tomó el teléfono y marcó su número.
Verónica contestó al cuarto tono.
—¿Qué hiciste?
—Buenas tardes, Rodrigo.
—¡No juegues conmigo! ¿Qué hiciste con las propiedades?
—Nada.
—¡Están hipotecadas!
—Lo sé.
Silencio.
—¿Desde cuándo?
—Desde que tú las hipotecaste.
Rodrigo apretó los dientes.
—No puedes dejarme con esto.
—Yo no elegí quedarme con ellas.
—¡Me tendiste una trampa!
Verónica miró a Emiliano, que construía un pequeño circuito eléctrico sobre la mesa del comedor.
—No. Tú exigiste la casa, los coches, las inversiones y la empresa.
Su voz se volvió más fría.
—Yo solo respeté tus deseos.
Rodrigo colgó.
Pero aquello apenas comenzaba.
Dos horas después, alguien llamó al timbre del pequeño departamento donde Verónica y Emiliano se habían instalado temporalmente.
Era Julia.
Llevaba el rostro completamente serio.
—Tenemos un problema.
Verónica la dejó entrar.
—¿Rodrigo intentó impugnar el convenio?
—Eso esperaba.
Julia puso una fotografía sobre la mesa.
—Pero encontramos esto.
Era una imagen de Rodrigo saliendo de un restaurante con una mujer.
Verónica reconoció inmediatamente a Mariana Robles, directora financiera de la empresa.
—¿Su amante?
—Eso sería lo menos grave.
Julia abrió otra carpeta.
—Mariana autorizó parte de los préstamos.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces mira las fechas.
Verónica observó.
Algunos créditos habían sido solicitados durante viajes en los que Rodrigo aseguraba estar negociando contratos.
Pero había algo más.
Grandes cantidades terminaban enviadas a una sociedad llamada EM Holdings.
—¿Qué significa EM? —preguntó Julia.
Verónica negó.
—No lo sé.
Emiliano, que permanecía sentado cerca, levantó la cabeza.
—Yo sí.
Ambas mujeres lo miraron.
El niño señaló uno de los documentos.
—Papá tenía ese nombre en su computadora.
Verónica se acercó.
—¿Cuándo lo viste?
—Cuando preparaba mi exposición.
Emiliano pensó unos segundos.
—Había una carpeta con mi nombre.
A Verónica se le heló el pecho.
—¿Con tu nombre?
El niño asintió.
—Emiliano Montalvo.
Julia y Verónica intercambiaron una mirada.

—¿Recuerdas algo más? —preguntó Julia.
Emiliano tomó una hoja y escribió varios números.
—Esta contraseña.
Verónica reconoció inmediatamente la fecha.
Era el cumpleaños de su hijo.
Julia abrió su computadora.
Tardó varios minutos en localizar una copia de los archivos empresariales que habían conseguido durante la investigación previa al divorcio.
Introdujo la contraseña.
Una carpeta bloqueada se abrió.
Dentro había contratos.
Cuentas.
Documentos notariales.
Y un fideicomiso.
Julia dejó de respirar.
—Verónica…
—¿Qué?
Giró la pantalla.
El fideicomiso había sido creado nueve años atrás.
Exactamente tres semanas después del nacimiento de Emiliano.
Rodrigo figuraba como administrador.
Y el beneficiario aparecía claramente escrito:
Emiliano Montalvo Salgado.
Verónica sintió un escalofrío.
—Rodrigo dijo que no quería nada relacionado con su hijo.
Julia siguió leyendo.
Entonces su rostro perdió el color.
—No creó esto para protegerlo.
—¿Entonces para qué?
Julia abrió el último anexo.
Había decenas de movimientos realizados durante años.
Dinero retirado.
Acciones transferidas.
Préstamos respaldados con bienes del fideicomiso.
Todo usando el nombre de Emiliano.
Verónica se puso de pie.
—No.
—Rodrigo no solamente endeudó sus propiedades.
Julia la miró fijamente.
—También estuvo usando el patrimonio de tu hijo.
En ese instante sonó el teléfono de Verónica.
Era Rodrigo.
Contestó.
No alcanzó a decir una palabra.
La voz de su exmarido llegó desesperada.
—Verónica, escucha. No abras ninguna carpeta a nombre de Emiliano.
Ella miró la pantalla de la computadora.
—Llegaste tarde.
Al otro lado hubo un silencio.
Después Rodrigo susurró:
—Entonces tenemos un problema.
—No, Rodrigo. Tú tienes un problema.
—No entiendes.
Su voz ya no sonaba arrogante.
Sonaba aterrada.
—Ese dinero nunca fue mío.
Verónica frunció el ceño.
—¿De quién era?
Rodrigo respiró profundamente.
Y dijo algo que hizo que Julia levantara la cabeza de golpe.
—De la persona que realmente es dueña de nuestra empresa.