Humberto permaneció inmóvil dentro de la despensa.
Afuera, Nicolás soltó una risa.
—¿Estás segura de la dosis?
—Completamente —respondió Isabela—. Esta mañana apenas tomó café. Por eso no funcionó.
Humberto sintió que el estómago se le cerraba.
Aquella mañana había dejado la taza casi intacta porque recibió una llamada urgente.
Isabela continuó:
—Esta noche cenará aquí. Me aseguraré de que termine todo.
—¿Y después?
—Después parecerá una complicación médica. Lleva semanas diciendo que está agotado.
Los pasos comenzaron a alejarse.
Patricia esperó casi un minuto antes de apartar la mano de la puerta.
Humberto la miró.
—¿Desde cuándo sabes esto?
—Tres semanas.
—¿Y no me dijiste nada?
Patricia tragó saliva.
—Lo intenté.
Sacó un teléfono viejo del bolsillo del delantal.
La pantalla estaba rota.
—Le envié mensajes desde otro número. La señora Isabela los encontró antes que usted.
Humberto recordó varios mensajes extraños que su esposa había borrado diciendo que eran publicidad.
—¿Qué están haciendo?
Patricia bajó la voz.
—No sé todo. Pero encontré cosas.
Lo condujo por un corredor de servicio hasta su pequeña habitación.
Debajo del colchón sacó una bolsa.
Dentro había fotografías.
Frascos.
Copias de documentos.
Y una memoria USB.
—La señora me ordenó limpiar su despacho hace un mes. Encontré uno de estos frascos detrás de unos libros.
Humberto lo tomó sin abrirlo.
—¿Qué contiene?
—No lo sé. Pero después comenzaron sus mareos.
Humberto recordó las últimas semanas.
Dolores de cabeza.
Náuseas.
Cansancio.
Isabela siempre aparecía con agua, café o medicamentos.
Él había interpretado aquello como preocupación.
Patricia colocó frente a él una fotografía.
Nicolás e Isabela aparecían dentro del despacho de Humberto.
Sobre la mesa había documentos.
—¿Cuándo fue esto?
—Hace ocho días.
—Yo estaba en Houston.
Patricia asintió.
—Entraron casi todas las noches mientras usted viajaba.
Humberto miró la memoria USB.
—¿Qué hay aquí?
—Grabaciones de las cámaras internas.
—No tenemos cámaras dentro del despacho.
—Usted no.
Aquella respuesta lo hizo levantar la mirada.
—¿Quién las instaló?
—Don Ernesto.
Humberto sintió un escalofrío.
Ernesto Salcedo.
Su padre.
Muerto hacía cuatro años.
—Eso es imposible.
—Su padre desconfiaba de alguien.
Patricia conectó la memoria a una computadora vieja.
Aparecieron decenas de archivos.
Humberto abrió el más reciente.
Isabela estaba sentada frente a su escritorio.
Nicolás caminaba detrás.
—Cuando Humberto ya no esté —decía ella—, el consejo necesitará estabilidad.
—Las acciones pasarán según el fideicomiso —respondió Nicolás.
—No si activamos la cláusula.
Humberto pausó el video.
—¿Qué cláusula?
Patricia negó.
Siguieron escuchando.
Isabela levantó un documento.
—Incapacidad o fallecimiento antes de los cincuenta años. El control temporal pasa al administrador designado.
Nicolás sonrió.
—Yo.
Humberto cerró los ojos.
No querían solamente su dinero.
Querían Grupo Salcedo.
Una compañía construida por tres generaciones.
—Necesito llamar a la policía.
Patricia lo agarró del brazo.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque ya vino un policía.
Humberto se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—La semana pasada. Entró por el garaje. Habló con su hermano durante cuarenta minutos.
Patricia buscó otra grabación.
Un hombre apareció entrando en la casa.
Humberto lo reconoció.
Comandante Ricardo Lozano.
Un viejo amigo de Nicolás.
—Por eso necesitaba que usted escuchara primero —dijo Patricia—. No sé en quién puede confiar.
Humberto sintió una calma peligrosa instalarse dentro de él.
—Entonces no haremos nada todavía.
Patricia parpadeó.
—¿Qué?
—Voy a cenar.
—Señor…
—Ellos creen que no escuché nada.
—Pero quieren hacerle daño.
—Precisamente.
Humberto guardó una copia de la memoria.
—Necesito que sigan creyendo que controlan la situación.
A las ocho, bajó al comedor.
Isabela llevaba un vestido negro.
Nicolás ya estaba sentado.
—Llegaste temprano —comentó su hermano.
—Se canceló la reunión.
Durante una fracción de segundo, Isabela y Nicolás se miraron.
Humberto lo vio.
Sonrió.
—¿Pasa algo?
—Nada —respondió Isabela rápidamente.
Patricia comenzó a servir la cena.
Cuando llegó el vino, Isabela tomó personalmente la botella.
—Déjame hacerlo.
Sirvió la copa de Humberto.
Patricia palideció.
Humberto levantó el cristal.
Nicolás observaba.
Isabela también.
—Por la familia —dijo Humberto.
—Por la familia —repitió Nicolás.
Humberto acercó la copa a los labios.
Pero no bebió.
La dejó sobre la mesa.
—Antes quiero enseñarles algo.
Sacó el teléfono.
Isabela se tensó.
—¿Qué cosa?
—Una noticia.
Mostró un correo.
—El consejo aprobó adelantar la reunión extraordinaria.
Nicolás frunció el ceño.
—¿Qué reunión?
—La sucesión.
El tenedor de Isabela chocó contra el plato.
—¿Sucesión?
Humberto sonrió.
—Estoy pensando en reorganizar mis acciones.
Nicolás intentó parecer indiferente.
—¿Por qué?
—Últimamente he comprendido que debería asegurarme de que la empresa quede en manos de alguien en quien confíe.
Isabela tomó su mano.
—Amor, no hables así.
Humberto miró sus dedos.
La misma mano que quizá había preparado su café aquella mañana.
—Tienes razón.
Retiró suavemente la suya.
—Comamos.
Durante el resto de la cena fingió beber.
Cada vez que Isabela miraba hacia otro lado, vertía pequeñas cantidades en una planta decorativa situada junto a su silla.
Después guardó discretamente una muestra de la copa.
A las diez anunció que estaba cansado.
Subió.
Cerró la puerta.
Esperó.
A las 11:16 escuchó pasos.
Isabela entró.
—¿Cómo te sientes?
—Mareado.
La sonrisa que intentó ocultar confirmó demasiado.
—Duerme.

Le besó la frente.
—Mañana estarás mejor.
Cuando salió, Humberto esperó diez minutos.
Después bajó por la escalera de servicio.
Patricia lo esperaba.
—Tenemos que salir.
Pero antes de alcanzar el garaje, escucharon un golpe.
Después otro.
Venían del despacho de Ernesto, una habitación cerrada desde su muerte.
Humberto abrió.
Nicolás estaba allí.
Sostenía una carpeta.
Al verlo, se quedó blanco.
—Tú deberías estar dormido.
Humberto miró los documentos.
—Y tú deberías explicar qué haces en el despacho de papá.
Nicolás retrocedió.
Un sobre cayó al suelo.
Patricia lo recogió.
En la portada aparecía:
PRUEBA DE PATERNIDAD CONFIDENCIAL.
Humberto frunció el ceño.
—¿De quién?
Nicolás se lanzó hacia ella.
Humberto se interpuso.
—No la toques.
Patricia abrió el sobre.
Leyó.
Su rostro perdió el color.
—Señor Humberto…
—Dámelo.
Tomó el informe.
Había dos nombres.
Uno era Ernesto Salcedo.
El otro…
Nicolás Salcedo.
Resultado:
PATERNIDAD BIOLÓGICA EXCLUIDA.
Humberto levantó lentamente la mirada.
Nicolás ya no parecía arrogante.
Parecía aterrorizado.
—Papá sabía que no eras su hijo.
—Cállate.
—¿Por eso quería quitarme la empresa?
Nicolás soltó una risa amarga.
—Todavía no entiendes nada.
Entonces Patricia encontró una segunda hoja.
Esta vez apareció el nombre de Humberto.
Leyó la conclusión.
Y dejó escapar un suspiro.
—¿Qué dice? —preguntó Humberto.
Patricia no respondió.
Él le arrebató el documento.
ERNESTO SALCEDO: PATERNIDAD BIOLÓGICA EXCLUIDA.
El mundo se detuvo.
Humberto miró a Nicolás.
—¿Ninguno de los dos?
Su hermano negó lentamente.
—Por eso Isabela necesita que desaparezcas antes de que el consejo abra el testamento completo.
—¿Qué tiene que ver mi sangre con el testamento?
Nicolás sonrió sin alegría.
—Porque Ernesto no dejó Grupo Salcedo a sus hijos.
Humberto sintió un escalofrío.
—Entonces ¿a quién?
Una voz femenina respondió desde la puerta.
—A su único descendiente biológico.
Isabela estaba allí.
Ya no sonreía.
Y sostenía en la mano una tercera prueba de ADN.
—A Patricia.