Parte 2: CUANDO DEJÉ DE SER SU SIRVIENTA

Gu Fang seguía hablando desde el salón.

—Su Nian, ya no eres tan joven. ¿Por qué todavía no has tenido hijos? ¿No será que tienes algún problema de salud?

Yo cerré los ojos.

Durante tres años había escuchado aquellas frases y fingido que no dolían.

Pero esa noche no sentí tristeza.

Sentí alivio.

Porque, por primera vez, ya tenía una fecha de salida.

Dos días después, durante el desayuno, esperé a que toda la familia estuviera presente.

Mi suegro le daba de comer al menor de los tres niños mientras mi suegra intentaba impedir que los otros dos corrieran alrededor de la mesa.

Gu Fang miraba el teléfono.

Gu Chen acababa de bajar.

Me serví una taza de leche.

—Tengo algo que anunciar.

Todos levantaron la cabeza.

—Mi empresa anterior me ofreció participar en un proyecto internacional.

Gu Chen frunció el ceño.

—¿Tu empresa anterior?

—Sí.

—¿Desde cuándo sigues en contacto con ellos?

No respondí a eso.

—El proyecto dura dos años y medio.

Dejé la taza sobre la mesa.

—Acepté. Me voy pasado mañana.

El comedor quedó completamente en silencio.

La primera en reaccionar fue mi suegra.

—¿Qué dijiste?

—Que trabajaré fuera durante dos años y medio.

Gu Fang soltó una carcajada.

—¿Y quién te dio permiso?

La miré.

—No necesito permiso.

Su expresión se congeló.

Gu Chen dejó los palillos.

—Su Nian, no hagas bromas.

—No estoy bromeando.

—¿Y la casa?

—¿Qué pasa con ella?

Mi suegra levantó la voz.

—¿Quién va a cocinar? ¿Quién llevará a los niños? ¿Quién limpiará?

La miré con sorpresa fingida.

—Papá dijo que no necesitaban que yo cuidara de ellos.

Mi suegro tosió.

—Claro que no necesitamos que los cuides.

—Perfecto.

Sonreí.

—Entonces no habrá problema.

Gu Fang dejó el teléfono.

—Espera. Mis hijos tienen colegio. El mayor entra a las siete y media. La pequeña necesita que le preparen comida especial.

—Entonces deberías organizarte.

—Estoy buscando trabajo.

—Yo también.

Su rostro cambió.

—Pero tú eres parte de esta familia.

—Tú también.

Mi suegra golpeó la mesa.

—¡Basta!

Se volvió hacia mí.

—No puedes marcharte así. ¿Qué pensará la gente si una nuera abandona su casa durante dos años?

—Pensarán que tengo trabajo.

Gu Chen me agarró del brazo cuando me levanté.

—Ven conmigo.

Me llevó al dormitorio y cerró la puerta.

—¿Qué estás intentando demostrar?

—Nada.

—¿Esto es por los niños de Fang?

—No.

Y era verdad.

Aquello no había empezado con los niños.

Había empezado tres años atrás.

Solo que yo había tardado demasiado en aceptarlo.

—Entonces rechaza el proyecto.

—Ya firmé.

Gu Chen me miró como si acabara de cometer una traición.

—¿Sin consultarme?

—Tú tampoco me consultaste cuando tu familia decidió que yo debía renunciar a mi carrera.

—Eso fue diferente.

—Claro.

Me solté.

—Siempre es diferente cuando soy yo quien pierde algo.

Aquella tarde hice mi maleta.

Gu Chen pensó que estaba intentando asustarlo.

Mi suegra también.

Hasta que llegó un automóvil negro enviado por la empresa.

Entonces empezaron a ponerse nerviosos.

Mi suegra apareció en la entrada.

—Su Nian, podemos hablar.

—Ya hablamos durante tres años.

—No puedes irte dejando la casa así.

—La casa está limpia.

—¡No me refiero a eso!

Por primera vez la vi perder su elegancia.

Miró hacia los tres niños.

El menor estaba llorando.

El mayor había derramado leche.

La niña pedía ayuda para encontrar un uniforme.

Gu Fang gritaba desde la cocina porque no sabía utilizar la vaporera.

Yo cerré la maleta.

—Mamá, usted dijo que yo vivía gracias a la familia Gu.

La miré directamente.

—Quiero comprobar cómo vive la familia Gu sin mí.

Me fui.

La primera semana recibí veintisiete llamadas.

No contesté ninguna.

La segunda, Gu Chen escribió:

“Mi madre está agotada.”

Después:

“Fang no sabe manejar a los niños.”

Y finalmente:

“¿Cuándo regresas?”

Respondí una sola vez.

“En dos años y medio.”

Me bloqueó durante tres días.

Después volvió a escribirme.

Dos meses más tarde, mi suegra contrató una niñera.

Duró seis días.

La segunda duró cuatro.

La tercera exigió el doble del salario después de descubrir que debía cocinar para siete personas, limpiar una casa de tres pisos y cuidar a tres niños.

Gu Fang comenzó a discutir con su madre.

Mi suegro empezó a comer fuera.

Y Gu Chen comenzó a descubrir algo que nunca había querido ver.

La comodidad de aquella familia no aparecía por arte de magia. Yo la había sostenido durante tres años.

Pero eso no fue lo más importante.

Mi proyecto también cambió.

El diseño que presenté en el extranjero fue seleccionado para una cadena internacional.

Después me ofrecieron liderar un equipo.

Mi salario superó por primera vez al de Gu Chen.

No se lo conté.

No necesitaba hacerlo.

Seis meses después regresé a Qingcheng durante tres días para renovar unos documentos.

No avisé a nadie.

Pero Gu Chen apareció en mi hotel.

—¿Por qué no viniste a casa?

—Porque ya no vivo allí.

Su rostro se endureció.

—Sigues siendo mi esposa.

—Legalmente.

—¿Qué significa eso?

Abrí la puerta de mi habitación.

—Exactamente lo que escuchaste.

Él entró detrás de mí.

—Mi madre dice que desde que te fuiste todo se volvió un desastre.

—Qué pena.

—Su Nian.

Se acercó.

—Puedes volver. Mamá prometió que Fang se llevará a los niños cuando encuentre trabajo.

Me reí.

—¿Crees que me fui por tres niños?

Gu Chen guardó silencio.

Saqué una carpeta del escritorio.

La puse frente a él.

—Me fui porque durante tres años todos ustedes me convencieron de que yo no aportaba nada.

Él miró los documentos.

Era mi contrato.

Mi cargo.

Mi salario.

Y la participación que la empresa me había ofrecido después del éxito del proyecto.

Gu Chen palideció.

—¿Cuánto ganas?

—Lo suficiente para no depender de la familia Gu.

Su mandíbula se tensó.

—Entonces esto era dinero.

—No.

Abrí otra carpeta.

Solicitud de divorcio.

—Esto era dignidad.

Gu Chen retrocedió.

—No voy a firmar.

—No necesito que quieras.

Entonces mi teléfono sonó.

Era mi abogado.

Contesté.

Su voz era extraña.

—Señora Su, encontramos algo mientras revisábamos sus bienes matrimoniales.

—¿Qué cosa?

—Hay una propiedad adquirida hace dos años a nombre de su esposo.

Miré a Gu Chen.

—¿Y?

—El pago inicial salió de una cuenta conjunta.

Sentí frío.

—Yo nunca autoricé eso.

—Lo sé.

Hubo una pausa.

—La propiedad no está ocupada por su esposo.

—¿Entonces por quién?

Mi abogado respiró hondo.

—Por su hermana Gu Fang y sus tres hijos.

Miré lentamente a Gu Chen.

Él ya no parecía enfadado.

Parecía asustado.

Y entonces entendí que la llegada de aquellos niños a mi casa nunca había sido improvisada.

Gu Chen sabía algo.

Algo que su familia había hecho con mi dinero mientras yo seguía creyendo que no aportaba nada.

—Gu Chen —susurré—.

Él evitó mis ojos.

—¿Qué más compraron con mi firma?

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