Parte 2: EL SECRETO DEL COBERTIZO

Ethan tragó con dificultad.

El monitor seguía acelerado mientras su pequeño dedo apuntaba hacia mi madre.

Me acerqué a la cama.

—Cariño, estoy aquí.

Sus ojos buscaron los míos.

Entonces susurró:

—Abuela dijo que el otro niño no podía salir.

Nadie se movió.

El detective Harris fue el primero en reaccionar.

—¿Qué otro niño, Ethan?

Mi madre dio un paso hacia la cama.

—Está confundido. Está medicado.

Harris levantó una mano.

—No se acerque.

—¡Es mi nieto!

—Entonces debería preocuparle lo que está diciendo.

Chloe miró a nuestra madre.

No fue una mirada de confusión.

Fue miedo.

Lo vi.

—¿Qué hay en ese cobertizo? —pregunté.

—Nada —respondió mamá inmediatamente.

Demasiado rápido.

Ethan comenzó a agitarse.

—No… mamá…

Tomé su mano con cuidado.

—No tienes que hablar más.

Pero él insistió.

—La puerta…

Respiró con dificultad.

—La puerta de abajo.

El detective Harris me miró.

—¿El cobertizo tiene sótano?

Negué.

—No que yo sepa.

Mi madre empezó a caminar hacia la salida.

Otro agente bloqueó la puerta.

—¿Estoy detenida?

—Todavía no.

—Entonces quiero irme.

Harris se acercó.

—Tenemos una orden para registrar su propiedad.

El rostro de Chloe se descompuso.

Mi madre permaneció inmóvil.

Y entonces cometió un error.

—No pueden abrir esa puerta.

Harris entrecerró los ojos.

—¿Qué puerta?

Mi madre comprendió demasiado tarde.

Dos horas después, yo estaba sentada junto a Ethan cuando Harris me llamó desde Oak Cliff.

—Sarah, encontramos una trampilla bajo una estantería.

Se me heló la sangre.

—¿Qué hay debajo?

—Todavía estamos entrando.

Escuché voces.

Después silencio.

—Detective…

—Espere.

Los segundos parecieron eternos.

Finalmente regresó.

Su voz había cambiado.

—Necesito que venga a la comisaría cuando pueda.

—¿Encontraron otro niño?

Una pausa.

—Encontramos pruebas de que hubo niños aquí.

Niños.

Plural.

Miré a Ethan.

—¿Qué clase de pruebas?

—Ropa. Colchones. Juguetes. Fotografías. Registros con nombres y fechas.

Tuve que apoyar una mano contra la pared.

—¿Mi madre hacía esto?

—Todavía no sabemos exactamente qué ocurrió.

—Mi hijo sí.

Ethan abrió los ojos.

Parecía haber escuchado.

Horas después, cuando los médicos confirmaron que estaba estable, Harris regresó al hospital con una bolsa de evidencia.

Dentro había un dinosaurio de plástico verde.

Lo reconocí.

—Ese es de Ethan.

—Lo encontramos abajo.

Sentí náuseas.

Ethan había estado dentro.

Quizá más de una vez.

—Hay algo más —dijo Harris.

Sacó una fotografía.

Mostraba a Ethan junto a un niño que parecía un poco mayor.

Estaban sentados sobre el suelo del cobertizo.

—¿Quién es?

—Eso intentamos averiguar.

Giré la fotografía.

Atrás había una fecha.

Tres meses antes.

Yo estaba en Houston aquella semana por trabajo.

Ethan se había quedado con mi madre.

—¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?

—Los registros más antiguos que encontramos tienen casi ocho años.

Ocho.

Mi respiración se detuvo.

—Pero Ethan tiene seis.

—Por eso creemos que esto empezó antes que él.

Miré hacia la habitación donde mi hijo dormía.

Toda mi infancia regresó de golpe.

Las puertas cerradas.

Las habitaciones prohibidas.

Mi madre insistiendo en que jamás entráramos al cobertizo.

—¿Dónde está Chloe?

—En interrogatorio.

—¿Y mamá?

—También.

—Quiero saber qué dicen.

Harris dudó.

—Su hermana está culpando a su madre.

No me sorprendió.

—¿Y mi madre?

—Está culpando a Chloe.

Cerré los ojos.

Por supuesto.

Entonces Harris añadió:

—Pero ambas coinciden en algo.

—¿Qué?

—Dicen que Ethan no era el objetivo.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

—No quieren explicarlo.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Era un mensaje.

“Pregúntale a tu madre por Daniel.”

Debajo había una fotografía antigua.

Una imagen de nuestra familia tomada cuando yo tenía aproximadamente nueve años.

Mamá.

Papá.

Yo.

Chloe, todavía pequeña.

Y un niño de unos siete años parado junto a mí.

Sentí que el aire desaparecía.

Reconocía aquella camiseta.

Reconocía aquel rostro.

Pero no podía recordar su nombre.

—¿Quién es Daniel? —preguntó Harris.

—No lo sé.

Y entonces algo surgió desde un rincón enterrado de mi memoria.

Una bicicleta roja.

Un dormitorio al final del pasillo.

Mi madre llorando.

Mi padre diciendo:

“Sarah nunca debe enterarse.”

Me agarré a la silla.

—Creo que…

Mi voz tembló.

—Creo que tenía un hermano.

Harris se quedó inmóvil.

—¿Cómo puede no recordarlo?

—No lo sé.

Antes de poder decir más, una enfermera salió corriendo de la habitación de Ethan.

—¡Señora Mitchell!

Entré.

Ethan estaba despierto y aterrorizado.

—Mamá.

—Estoy aquí.

—El niño de la foto…

Harris se acercó.

—¿Lo conoces?

Ethan asintió.

—Abuela decía que era malo.

—¿Dónde está?

Ethan señaló hacia el suelo.

—Abajo.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—¿En el cobertizo?

Negó lentamente.

—No.

Sus siguientes palabras me dejaron helada.

—Debajo de nuestra casa.

Harris y yo nos miramos.

—Ethan, nosotros no tenemos ningún sótano.

Mi hijo empezó a llorar.

—Sí tenemos.

—¿Quién te llevó allí?

Ethan cerró los ojos.

—Tía Chloe.

En ese instante, el teléfono de Harris sonó.

Contestó.

Escuchó durante varios segundos.

Su expresión cambió.

—¿Están seguros?

Colgó y me miró.

—Acaban de identificar al niño de la fotografía antigua.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Daniel?

Harris asintió.

—Daniel Mitchell. Su hermano mayor.

—¿Dónde está?

El detective guardó silencio.

—Sarah, oficialmente, Daniel murió hace veintisiete años.

Me quedé mirando la fotografía.

—¿Oficialmente?

Harris sacó otra evidencia encontrada en el cobertizo.

Era una fotografía reciente.

Un hombre adulto aparecía sentado frente a una pared de concreto.

En la mano sostenía un periódico fechado apenas dos semanas atrás.

Y aunque estaba mucho mayor…

era Daniel.

En la parte posterior alguien había escrito:

“SARAH ES LA SIGUIENTE.”

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