Mi jefe entró en la consulta como si realmente tuviera derecho a estar allí.
Se llamaba Marcos Valdés.
Tenía treinta y seis años, dirigía la empresa donde yo trabajaba y llevaba meses aceptando con demasiado entusiasmo las invitaciones de mi madre a cenar.
Yo siempre había pensado que era cortesía.
Evidentemente, mi madre tenía otros planes.
—Laura —dijo Marcos mientras me entregaba las flores—. Tu madre se preocupó mucho cuando supo que venías al hospital sola.
Miré el ramo.
Después lo miré a él.
—¿Y por eso te presentó como mi prometido?
Marcos sonrió con cierta incomodidad.
—Bueno… quizá se adelantó un poco.
Detrás de mí se escuchó el sonido seco de una carpeta cerrándose.
Daniel.
—¿Un poco? —preguntó.
Marcos lo miró.
—¿Y usted es?
—Su médico.
La respuesta fue tan fría que hasta yo sentí la tensión.
Marcos extendió la mano.
—Marcos Valdés.
Daniel observó aquella mano durante un segundo.
Después la estrechó.
—Daniel Jiang.
Los dos se quedaron mirándose demasiado tiempo.
Yo cerré los ojos.
Perfecto.
Dolor en el pecho.
Mi exnovio examinándome.
Mi jefe convertido por mi madre en supuesto prometido.
¿Qué más podía salir mal?
Daniel se volvió hacia mí.
—La enfermera llevará tus órdenes para la ecografía.
—Gracias.
Intenté bajar de la camilla.
Cuando apoyé los pies en el suelo, una punzada me atravesó el pecho.
Me encogí instintivamente.
Daniel reaccionó antes que nadie.
Me sostuvo del brazo.
—Despacio.
Su mano permaneció allí apenas unos segundos.
Pero algo en aquel gesto me devolvió diez años atrás.
Daniel siempre había sido así.
Callado.
Paciente.
Cuidadoso.
Demasiado cuidadoso.
Marcos observó su mano sobre mi brazo.
—Yo puedo ayudarla.
Daniel me soltó inmediatamente.
—Entonces ayúdela.
Salí del consultorio sin atreverme a mirar atrás.
La ecografía se realizó media hora después.
Marcos insistió en quedarse.
Yo insistí en que se marchara.
Finalmente recibió una llamada y tuvo que volver a la oficina.
Cuando desapareció por el pasillo, respiré aliviada.
La técnica terminó el estudio.
—Espere aquí. El doctor revisará las imágenes.
Cinco minutos después entró Daniel.
Ya no llevaba mascarilla.
Ver su rostro completo después de tantos años me produjo una sensación extraña.
Seguía teniendo la misma expresión tranquila.
Solo parecía más cansado.
Más adulto.
Más difícil de leer.
Se sentó frente al monitor.
Yo observaba cada movimiento de sus ojos.
—¿Y?
Daniel amplió varias imágenes.
—No veo ninguna lesión sospechosa.
Solté el aire de golpe.
—Entonces estoy bien.
—No he dicho eso.
Lo miré.
—¿Qué encontraste?
—Hay signos de congestión y cambios compatibles con una alteración hormonal. Los análisis confirmarán la causa.
—Pero no es algo peligroso.
Daniel giró hacia mí.
—Por ahora, nada indica algo grave.
Mi cuerpo se relajó por primera vez desde que había llegado.
—Gracias.
Daniel no respondió.
Continuó mirando la pantalla.
Entonces preguntó:
—¿Por qué trabajas hasta la madrugada?
Parpadeé.
—Eso no tiene nada que ver con la ecografía.
—Puede tener mucho que ver con tus síntomas.
—Porque tengo trabajo.
—Siempre haces eso.
Fruncí el ceño.
—¿Hacer qué?
—Convertir agotarte en una prueba de que eres independiente.
Me quedé mirándolo.
—Han pasado diez años y todavía crees que puedes darme sermones.
—Han pasado diez años y sigues durmiendo cuatro horas.
—¿Cómo sabes cuántas horas duermo?
Daniel se quedó callado.
Demasiado callado.
Algo no encajaba.
—Daniel.
Él cerró el estudio.
—Tu madre me lo dijo.
—¿Mi madre habla contigo?
Silencio.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Desde cuándo?
Daniel apoyó las manos sobre el escritorio.
—Laura…
—¿Desde cuándo hablas con mi madre?
Finalmente respondió.
—Desde hace años.
Me puse de pie.
—¿Años?
—Siéntate.
—No.
Sentí que de pronto el dolor en el pecho era lo menos importante.

—¿Mi madre sabía que trabajabas aquí?
Daniel no contestó.
—¿Ella pidió la cita contigo?
Otra vez silencio.
Aquello fue suficiente.
Solté una risa incrédula.
—Increíble.
Tomé mi bolso.
—Todo esto fue organizado.
Daniel se levantó.
—La consulta no.
—Pero sabía que vendría contigo.
—Sí.
—¿Por qué?
Daniel se acercó.
—Porque tu madre confía en mí.
—¿Después de cómo terminamos?
Algo apareció en sus ojos.
Dolor.
—Ella sabe por qué terminamos realmente.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Daniel apretó la mandíbula.
—Nada.
—No. Acabas de decir que mi madre sabe por qué terminamos “realmente”.
Me acerqué.
—Yo sé por qué terminamos.
—Laura…
—Terminamos porque nunca quisiste estar conmigo de verdad.
Daniel cerró los ojos.
Aquella frase parecía haberle golpeado.
—Eso nunca fue cierto.
Sentí que la habitación se hacía más pequeña.
—Entonces dime la verdad.
Daniel permaneció en silencio.
—Durante dos años fui tu novia. Cada vez que intentaba acercarme, me rechazabas. Nunca me explicaste nada.
—Porque no podía.
—¿No podías o no querías?
Daniel me miró directamente.
—No podía tocarte porque tenía miedo de que te quedaras conmigo por culpa.
Fruncí el ceño.
—¿Culpa de qué?
Él caminó hasta un archivador.
Abrió el último cajón.
Sacó una carpeta vieja.
Demasiado vieja para pertenecer a aquel hospital.
La dejó frente a mí.
En la portada estaba mi nombre.
LAURA LIN.
Fecha: diez años atrás.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué es esto?
—Un expediente que jamás debiste necesitar.
Abrí la carpeta.
Había análisis.
Informes.
Resultados genéticos.
No entendía casi nada.
Hasta que vi el nombre del paciente principal.
No era yo.
Era Daniel.
—¿Qué estoy leyendo?
Su voz se volvió baja.
—Cuando éramos novios descubrí que tenía una condición hereditaria.
Lo miré.
—¿Qué condición?
—Una que podía afectar seriamente a mis futuros hijos.
Mi respiración se detuvo.
—¿Por eso?
Daniel asintió lentamente.
—Tú hablaban todo el tiempo de formar una familia.
Recordé aquellas conversaciones.
Una casa.
Dos hijos.
Un perro.
Planes ingenuos de universidad.
—Yo tenía veinticuatro años —continuó—. Pensé que si te decía la verdad abandonarías tus planes por mí.
—¡Era mi decisión!
—Lo sé.
—¡Entonces no tenías derecho!
—Lo sé.
Su respuesta tranquila me hizo enfurecer aún más.
—¿Y decidiste rechazarme hasta que me cansara?
Daniel bajó la mirada.
—Sí.
Sentí ganas de golpearlo.
Y también de llorar.
—Te odié durante años.
—Era más fácil que vieras a un cobarde.
—¡Eras un cobarde!
—Sí.
La sinceridad me dejó sin palabras.
Daniel abrió otra página.
—Seis meses después de que terminamos, descubrí que el primer diagnóstico estaba equivocado.
Lo miré fijamente.
—¿Qué?
—La mutación no tenía el riesgo que me habían dicho.
Mis dedos comenzaron a temblar.
—Entonces volviste a buscarme.
—Fui a tu casa.
—Nunca viniste.
—Sí fui.
Daniel tragó saliva.
—Tu madre me abrió.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué te dijo?
—Que estabas reconstruyendo tu vida.
No pude respirar.
—Eso no fue todo, ¿verdad?
Daniel negó.
—Me pidió que no regresara.
Retrocedí un paso.
—Mi madre…
—Pensaba que yo ya te había lastimado demasiado.
—¿Y simplemente obedeciste?
—Creí que tenía razón.
Solté una risa amarga.
—Los dos decidieron mi vida por mí.
Daniel no intentó defenderse.
—Sí.
Tomé mi bolso.
Necesitaba salir.
Necesitaba aire.
Pero antes de alcanzar la puerta, Daniel habló.
—Hay otra cosa.
Me detuve.
—¿Qué?
Su expresión cambió completamente.
Volvió a ser el médico.
—Tus análisis hormonales preliminares llegaron mientras estabas en la ecografía.
El miedo regresó inmediatamente.
—¿Hay algo malo?
Daniel tomó una hoja.
—Encontramos una alteración que no coincide únicamente con estrés.
—¿Qué significa?
—Necesitamos repetir pruebas.
—Daniel, deja de hablarme como médico y dime qué pasa.
Me sostuvo la mirada.
—Hay niveles hormonales que pueden aparecer por varios motivos.
—¿Cuáles?
Dudó.
Eso me asustó.
—Uno de ellos es embarazo.
Me reí nerviosamente.
—Eso es imposible.
Daniel no sonrió.
—¿Seguro?
—Completamente.
—Entonces tendremos que investigar las otras causas.
Tomé la hoja.
En ese momento mi teléfono comenzó a sonar.
Era mi madre.
Contesté furiosa.
—Mamá, tenemos que hablar.
Pero no escuché su voz.
Escuché la de Marcos.
—Laura, no cuelgues.
Mi sangre se heló.
—¿Por qué tienes el teléfono de mi madre?
Daniel se acercó inmediatamente.
Al otro lado se oyó una puerta cerrándose.
Después Marcos habló muy despacio.
—Porque tu madre acaba de contarme algo que creo que deberías saber antes de seguir hablando con el doctor Jiang.
Miré a Daniel.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué cosa?
Marcos respiró.
—Que Daniel no fue el único hombre al que tu madre obligó a desaparecer de tu vida.
Se produjo un silencio.
Y después añadió:
—Laura, pregúntale por qué tiene guardado desde hace diez años un expediente médico que contiene resultados genéticos tuyos que tú jamás autorizaste.