Emiliano no apartó los ojos de las pantallas.
Patricia seguía frente a Rosa, rígida, con una expresión que él jamás había visto.
—Recuerda quién paga tu salario —dijo.
Rosa bajó la mirada.
—El señor Duarte.
La respuesta cayó como una bofetada.
Patricia dio un paso hacia ella.
—Yo voy a casarme con él. Esta casa también será mía.
—Pero las niñas no.
Patricia se quedó inmóvil.
En la sala de monitoreo, el jefe de seguridad miró a Emiliano.
Rosa acababa de decir en voz alta lo que nadie parecía haberse atrevido a decir durante meses.
Patricia actuaba como si también hubiera adquirido autoridad absoluta sobre sus hijas.
—Suban a su habitación —ordenó Patricia.
Daniela tomó la mano de Martina.
Rosa intervino.
—Todavía no han desayunado bien.
—He dicho arriba.
Las niñas obedecieron inmediatamente.
Aquello volvió a destrozar algo dentro de Emiliano.
Daniela ni siquiera discutió.
Y Daniela discutía por todo.
Antes.
Antes de Patricia.
Cuando las niñas desaparecieron por las escaleras, Patricia se acercó a Rosa.
—Te estás volviendo demasiado valiente.
Rosa no respondió.
—¿Crees que porque ellas te quieren puedes competir conmigo?
—Nunca he competido con usted.
—Entonces deja de hacerte indispensable.
Patricia tomó su bolso del sofá.
—Y recuerda nuestro acuerdo.
Emiliano se inclinó hacia la pantalla.
¿Acuerdo?
Rosa palideció.
—No tenemos ningún acuerdo.
Patricia sonrió.
—Claro que sí. Tú guardas silencio y conservas tu trabajo.
Sacó algo del bolso.
Era una pulsera.
Emiliano la reconoció inmediatamente.
La misma joya que Patricia había afirmado que Rosa había robado.
Patricia la dejó sobre la mesa.
—La próxima vez no será una pulsera. Pondré algo en tu habitación que pueda enviarte directamente a prisión.
Emiliano se levantó de golpe.
—Hija de…
Su jefe de seguridad lo detuvo con una mirada.
—Señor, si entra ahora, sabremos esto. Si espera, quizá descubramos cuánto más ha ocurrido.
Fue una de las decisiones más difíciles de su vida.
Volvió a sentarse.
En la pantalla, Rosa miró la pulsera.
—¿Por qué hace esto?
Patricia se acercó hasta quedar frente a ella.
—Porque él confía en ti.
—Trabajo para él.
—No. Él te escucha.
Patricia señaló las escaleras.
—Y ellas te aman.
Por primera vez apareció algo diferente bajo su crueldad.
Miedo.
—Cuando me case con Emiliano, esas niñas irán a un internado.
Rosa levantó bruscamente la cabeza.
—No puede hacer eso.
—Puedo convencerlo.
—Nunca aceptará.
Patricia sonrió.
—Emiliano acepta muchas cosas cuando cree que la idea fue suya.
Aquella frase le dolió más que Emiliano quería admitir.
Porque funcionaba.
Ella había conseguido que sospechara de Rosa.
Lo había llevado a instalar cámaras.
Lo había convertido en espectador secreto de su propia familia.
Entonces escucharon un ruido arriba.
Martina lloraba.
Rosa corrió hacia las escaleras.
Patricia no la siguió.
Simplemente tomó su teléfono.
—Ya casi está —dijo cuando alguien respondió—. Después de la boda tendré acceso completo.
Emiliano sintió que el aire cambiaba.
¿Acceso a qué?
Patricia continuó:
—No. Él todavía no sospecha nada.
Pausa.
—Las niñas son el único problema.
El jefe de seguridad comenzó a grabar aquella cámara por separado.
—Necesitamos identificar la llamada.
Patricia bajó la voz.
—Si Rosa habla, nos ocuparemos de ella.
Colgó.
Emiliano ya no sentía celos ni sospechas.
Sentía miedo.
No por su dinero.
Por sus hijas.
En otra pantalla apareció Rosa entrando en el dormitorio de Martina.
La pequeña estaba sentada en el suelo.
Daniela intentaba consolarla.
—¿Qué pasó? —preguntó Rosa.
Martina señaló debajo de la cama.
Rosa se agachó y sacó una pequeña caja metálica.
Daniela cerró rápidamente la puerta.
—Papá dijo que no podíamos contar secretos —susurró Martina—. Pero papá no está.
Rosa abrió la caja.
Dentro había fotografías.
Emiliano reconoció algunas.
Patricia hablando con un hombre junto a la puerta lateral.
Patricia entrando de noche en su despacho.
Una fotografía borrosa de documentos sobre la mesa.
—¿De dónde sacaron esto? —preguntó Rosa.
Daniela respondió:
—De la cámara de mamá.
Emiliano se quedó helado.
La madre de las niñas había muerto tres años atrás.
—¿Qué cámara? —murmuró él.
Daniela sacó una pequeña cámara digital antigua.
—La encontramos entre las cosas de mamá.
Rosa revisó las imágenes.
Su rostro cambió.
Entonces llegó a una fotografía que hizo que se sentara.
—Dios mío.
Emiliano amplió la pantalla de vigilancia.
La imagen mostraba a Patricia junto a un hombre.
El jefe de seguridad reconoció primero el rostro.
—Señor…
—Lo veo.
Era Víctor Salcedo, antiguo director financiero de una empresa que Emiliano había llevado a los tribunales años atrás por desviar millones.
Había desaparecido antes del juicio.
¿Qué hacía con Patricia?
Daniela señaló otra fotografía.
—También tenemos esto.
Era un documento fotografiado apresuradamente.
En la parte superior aparecía el nombre de una compañía vinculada al grupo Duarte.
Debajo figuraban transferencias por millones.
Y al final…
la firma digital de Emiliano.

—Yo nunca autoricé eso —susurró.
Rosa pareció comprender lo mismo.
—Niñas, escúchenme. No pueden decirle a Patricia que tienen esto.
—Queríamos enseñárselo a papá —dijo Martina.
—Lo harán. Pero cuando vuelva.
Daniela comenzó a llorar.
—¿Y si papá no nos cree?
Emiliano sintió que esas cinco palabras le atravesaban el pecho.
Su propia hija dudaba de que él fuera a creerle.
Rosa la abrazó.
—Tu papá las ama.
—Pero cree a Patricia.
Rosa no respondió.
Porque era verdad.
Entonces la puerta del dormitorio se abrió.
Patricia estaba allí.
Había escuchado.
Sus ojos bajaron hacia la cámara.
Después hacia las fotografías.
Su rostro perdió todo color.
—¿Qué tienen ahí?
Rosa se levantó inmediatamente y colocó a las niñas detrás de ella.
—Nada.
Patricia cerró la puerta.
Y giró la llave.
Emiliano ya estaba de pie.
—Se acabó.
Su jefe de seguridad tomó la radio.
Pero en la pantalla ocurrió algo inesperado.
Patricia no avanzó hacia Rosa.
Retrocedió.
Sacó su teléfono.
—Víctor —dijo con voz temblorosa—. Tenemos un problema.
Emiliano se detuvo.
Patricia escuchó la respuesta.
—Las niñas encontraron la cámara.
Pausa.
—Sí. También las fotografías.
Otra pausa.
Entonces su rostro cambió.
—¿Qué quieres decir con que ya estás aquí?
El jefe de seguridad miró inmediatamente las cámaras exteriores.
Una de ellas estaba negra.
Luego otra.
Después una tercera.
—Señor Duarte…
Las pantallas comenzaron a apagarse una tras otra.
Jardín.
Garaje.
Entrada lateral.
Portón principal.
Alguien estaba desconectando el sistema desde dentro de la propiedad.
Emiliano tomó su teléfono.
Entonces vio movimiento en la última cámara exterior activa.
Un automóvil negro avanzaba lentamente por el camino de servicio.
Se detuvo detrás de la mansión.
Tres hombres descendieron.
Y Víctor Salcedo salió del asiento del acompañante.
Pero no estaba mirando hacia la casa.
Miraba directamente hacia la cámara oculta.
Como si supiera exactamente dónde estaba.
Sonrió.
La pantalla quedó negra.
En ese mismo instante, el teléfono de Emiliano vibró.
Número desconocido.
Un único mensaje apareció:
“No debiste fingir que te ibas a Europa.”
Emiliano levantó la vista hacia su jefe de seguridad.
Y desde el piso superior de la mansión escuchó a Martina gritar:
—¡PAPÁ!