—Isabella… ¿no piensas casarte conmigo?
Miré a Adrian durante varios segundos.
Por primera vez en diez años, aquella pregunta no consiguió acelerar mi corazón.
—La prenda pertenece a mi familia —respondí—. Si tú quieres recuperar la tuya, yo también quiero recuperar la mía.
—Eso no responde mi pregunta.
—No tengo nada más que responderte.
Mia tiró suavemente de su manga.
—Adrian, quizá está enfadada. No hagamos una escena antes de la boda.
Él respiró profundamente.
Entonces volvió a sonreír.
—Está bien. Te devolveré el colgante después.
Se inclinó hacia mí.
—Cuando dejes de hacer este berrinche.
Los vi marcharse.
Incluso entonces seguía convencido de que yo era incapaz de abandonarlo.
No sabía que la boda comenzaría en menos de tres horas.
Y mucho menos quién ocuparía su lugar.
La ceremonia se celebró en el salón principal del complejo militar.
Cuando llegué, había oficiales, familiares y viejos amigos de ambas familias.
Los murmullos comenzaron inmediatamente.
—¿Dónde está Adrian?
—¿Por qué no ha llegado?
—¿Otra vez cancelará la boda?
Escuché todo.
Esta vez no bajé la cabeza.
Mi madre apretó mi mano.
—Todavía podemos irnos.
—No, mamá.
Miré hacia las puertas.
—Hoy sí voy a casarme.
Entonces el salón quedó en silencio.
Victor Shaw apareció.
No llegó en silla de ruedas como los rumores aseguraban.
Caminaba con ayuda de un bastón negro, lentamente, con una ligera dificultad en una pierna.
Llevaba uniforme de gala.
Su rostro era severo y una cicatriz fina desaparecía bajo el cuello.
Pero lo que más me sorprendió fueron sus ojos.
No había lástima.
No había burla.
Había respeto.
Se detuvo frente a mí.
—Isabella Hayes.
—Victor Shaw.
—Todavía puedes arrepentirte.
Casi sonreí.
Era curioso.
El hombre con quien apenas había hablado me ofrecía una salida mientras Adrian llevaba diez años cerrándome todas.
—¿Y usted?
Victor sostuvo mi mirada.
—Yo firmé sabiendo exactamente con quién iba a casarme.
Sentí un pequeño golpe en el pecho.
—Entonces yo también.
Firmamos.
Sin retrasos.
Sin apuestas.
Sin octavo rechazo.
Cuando estampé mi nombre junto al suyo, una tranquilidad extraña descendió sobre mí.
Después de diez años esperando a Adrian, tardé menos de diez minutos en convertirme legalmente en esposa de Victor Shaw.
El funcionario acababa de cerrar el registro cuando las puertas se abrieron violentamente.
—¡ISABELLA!
Adrian entró casi corriendo.
Mia venía detrás.
Su rostro estaba rojo.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Todos se giraron.
Adrian llegó hasta la mesa y vio el certificado.
Su expresión cambió.
Victor Shaw e Isabella Hayes.
—Esto es imposible.
—¿Por qué? —pregunté.
—¡Ese informe era una broma!
Varias personas comenzaron a murmurar.
Victor levantó la mirada.
—¿Una broma?
Adrian palideció.
Había olvidado quién estaba delante de él.
—Tío, puedo explicarlo.
Victor apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Explícame entonces por qué modificaste un documento oficial sin consentimiento de Isabella.
—Yo…
—Y procura que sea una buena explicación.
Mia intervino.
—Señor Shaw, fue culpa mía. Perdimos una apuesta y Adrian sólo quería…
Victor la miró.
Ella dejó de hablar.
—¿Mi sobrino convirtió el matrimonio de una mujer que lo esperó diez años en el premio de una apuesta?
Nadie se rio ahora.
Adrian me agarró del brazo.
—Vamos. Lo arreglaremos.
Antes de que pudiera reaccionar, Victor sujetó su muñeca y apartó su mano de mí.
—No vuelvas a tocar a mi esposa sin permiso.
Mi esposa.
Adrian quedó completamente inmóvil.
—Ella no es tu esposa.
Victor señaló el certificado.
—El gobierno parece discrepar.
—¡Isabella me ama!
Esta vez fui yo quien respondió.
—Te amaba.
Adrian se giró.
—¿Qué?
—Te esperé diez años.
Mi voz permaneció tranquila.
—Presenté siete informes. Soporté siete humillaciones. Y la octava vez decidiste cambiar el nombre porque habías perdido una apuesta con Mia.
—No significaba nada.
—Exactamente.
Lo miré directamente.
—Para ti nunca significó nada.
Adrian sacó apresuradamente algo del bolsillo.
El colgante de peces gemelos.
—Toma. Te lo devuelvo. Ahora deja de actuar así.
Extendí la mano.
Pero Victor habló primero.
—Dáselo.
Adrian apretó el jade.
—Esto significa que nuestro compromiso terminó.
—Sí —dije.
Sus ojos se llenaron de incredulidad.
—Terminó.
Soltó el colgante en mi palma.
Luego sacó el anillo que yo le había devuelto horas antes.
—Entonces toma esto también.
No extendí la mano.
—No me pertenece.
—¡Lo llevaste diez años!
—Y ya fueron suficientes.
Mia observaba el anillo.
Entonces Adrian hizo algo que finalmente dejó claro para quién lo había recuperado.
Miró a Mia.

Luego al jade.
Luego a mí.
No dijo nada.
No necesitaba hacerlo.
Esa noche llegué a la residencia de Victor.
Esperaba habitaciones separadas, silencio incómodo y un matrimonio puramente administrativo.
Victor dejó su bastón junto al sofá.
—La habitación del este es tuya.
Asentí.
—Gracias.
—Tus pertenencias llegarán mañana.
Me sorprendí.
—¿Cómo lo sabe?
—Tu madre llamó.
Hubo un pequeño silencio.
—También me contó lo de los siete informes.
Sentí vergüenza.
Victor debió notarlo.
—No bajes la cabeza.
Lo miré.
—No hiciste nada vergonzoso.
Aquellas palabras casi consiguieron hacerme llorar.
Entonces Victor sacó una carpeta de un cajón.
—Hay algo que necesitas saber.
La colocó frente a mí.
Dentro estaban mis siete solicitudes anteriores.
Todas llevaban el mismo sello:
RECHAZADA.
—Ya las conozco.
—Mira las firmas.
Las revisé.
La primera había sido rechazada por un superior.
La segunda también.
Pero desde la tercera hasta la séptima aparecía la misma autorización.
Sentí que se me helaban los dedos.
Victor Shaw.
Levanté la cabeza.
—¿Usted rechazó mis solicitudes?
—Sí.
Me puse de pie.
—¿Por qué?
Victor permaneció sentado.
—Porque Adrian me lo pidió.
El dolor volvió de golpe.
—Entonces usted también participó.
—Al principio, sí.
—¿Al principio?
Victor abrió otra carpeta.
Había informes disciplinarios.
Fotografías.
Registros de hoteles.
Mia aparecía en varios.
Y Adrian también.
Las fechas comenzaban hacía cuatro años.
—Descubrí que mi sobrino llevaba años retrasando el matrimonio deliberadamente —dijo Victor—. Cada vez encontraba una excusa nueva porque quería mantenerte esperando mientras hacía su vida.
Me faltó el aire.
—¿Por qué no me lo dijo?
Victor cerró los ojos.
—Porque pensé que no me creerías.
Entonces deslizó hacia mí un último documento.
Era mi octava solicitud.
La que Adrian había modificado.
Pero debajo había una nota escrita por Victor:
APROBACIÓN INMEDIATA. SIN DERECHO A MODIFICACIÓN POSTERIOR.
—Cuando vi mi nombre —dijo— comprendí que Adrian finalmente había ido demasiado lejos.
—¿Por eso aceptó casarse conmigo?
Victor me miró durante mucho tiempo.
—No.
Mi corazón dio un golpe extraño.
—Entonces ¿por qué?
Antes de responder, alguien llamó violentamente a la puerta.
Un asistente entró.
—General Shaw, tenemos un problema.
—¿Qué ocurre?
El hombre me miró.
—El mayor general Adrian Shaw acaba de presentar una denuncia formal solicitando anular el matrimonio.
Victor no pareció sorprendido.
—¿Con qué argumento?
El asistente tragó saliva.
—Afirma que la señorita Hayes ya estaba legalmente casada con él desde hace seis años.
Me quedé paralizada.
—Eso es imposible.
El asistente dejó otro certificado sobre la mesa.
Mi nombre estaba allí.
También el de Adrian.
Y abajo aparecía una firma idéntica a la mía.
Pero yo jamás había firmado aquel documento.
Victor lo examinó.
Su rostro se volvió de hielo.
—Isabella, hay algo peor.
Señaló la fecha del certificado.
Era exactamente el día en que mi tercera solicitud había sido rechazada.
Y junto al sello oficial aparecía el nombre del funcionario que había autorizado el registro secreto.
Victor levantó lentamente la mirada.
—Ese hombre murió hace cinco años.