PARTE 2: EL VIDEO QUE RENATA TEMÍA

Diego no preguntó qué había querido decir Lucía.

Todavía no.

La prioridad era sacarla de aquella casa.

Durante el camino al hospital, la niña permaneció abrazada a su conejo de peluche, mirando las luces de Guadalajara pasar detrás de la ventana. Cada vez que un automóvil se acercaba demasiado, Lucía volteaba asustada.

—Papá…

—Aquí estoy.

—¿Mamá puede ir por mí al hospital?

Diego apretó el volante.

—Nadie va a llevarte a ningún lugar donde tú no estés segura.

Lucía bajó la mirada.

Aquella respuesta pareció tranquilizarla, pero solo un poco.

En urgencias, Diego explicó lo ocurrido sin exagerar ni ocultar nada. Después de revisar a Lucía, la doctora confirmó que necesitaban documentar la lesión y activar el protocolo correspondiente.

Diego sintió rabia.

Pero también culpa.

¿Cuántas veces había viajado confiando en Renata?

¿Cuántas veces Lucía había dicho que no quería quedarse sola con ella y él lo había interpretado como una simple etapa?

Mientras esperaba afuera del consultorio, su celular comenzó a vibrar.

Renata.

Diego rechazó la llamada.

Llegó otra.

Después otra.

Finalmente apareció un mensaje.

“Estás destruyendo nuestra familia por una mentira de una niña.”

Diego tomó una captura.

Segundos después llegó otro.

“Si metes autoridades en esto, vas a arrepentirte.”

También lo guardó.

Entonces recibió una llamada de un número desconocido.

—¿Bueno?

—Diego, soy Elvira. La vecina.

Reconoció inmediatamente aquella voz.

—Doña Elvira.

La mujer respiraba agitadamente.

—Necesito enseñarte algo.

Diego se puso de pie.

—¿Qué cosa?

Hubo varios segundos de silencio.

—Un video.

Sintió un escalofrío.

—¿De qué?

—De Renata.

El pasillo pareció quedarse sin sonido.

—¿Qué aparece en ese video?

—No quiero decírtelo por teléfono. Pero tienes que verlo antes de volver a esa casa.

Diego miró hacia la puerta detrás de la cual atendían a Lucía.

—¿Cuándo lo grabó?

—Ayer.

—¿Por qué no me llamó?

La voz de Elvira se quebró.

—Porque tuve miedo. Pero cuando te vi salir cargando a tu niña entendí que callarme me convertía en parte del problema.

Una hora después, Diego salió del hospital con Lucía. No regresaron a casa.

Fueron directamente a casa de su hermana Marcela.

Cuando Lucía finalmente se quedó dormida, Diego condujo hasta la casa de Elvira.

La mujer lo esperaba detrás de la reja.

—Pasa.

No encendió las luces de la sala.

Las cortinas estaban cerradas.

—¿Por qué tanto miedo?

Elvira tomó su teléfono.

—Porque Renata sabe que vi cosas.

—¿Qué cosas?

La mujer abrió la galería.

—Mi cámara del patio apunta parcialmente hacia el corredor lateral de tu casa. La puse después de que intentaron meterse a robar.

Buscó un archivo.

—Ayer escuché a Lucía llorando.

Diego sintió que se le cerraba el estómago.

Elvira reprodujo el video.

La imagen mostraba una parte del patio de Diego. No se veía todo, pero el audio era claro.

Primero apareció Lucía.

Después Renata.

Se escuchó una discusión por algo derramado.

Luego la voz de Renata, fría y furiosa.

—Eres igual que ella. Igualita.

Diego frunció el ceño.

Lucía preguntó:

—¿Igual que quién?

Renata respondió algo que hizo que Diego dejara de respirar.

—Como Valeria.

—Párelo.

Elvira detuvo el video.

—¿Quién es Valeria? —preguntó.

Diego no respondió.

Conocía ese nombre.

Años atrás, cuando apenas comenzaba su relación con Renata, había encontrado una fotografía dentro de una caja vieja.

Renata aparecía junto a una adolescente.

Cuando preguntó quién era, ella respondió:

“Mi prima Valeria. Murió hace muchos años.”

Diego nunca volvió a preguntar.

—Continúe.

Elvira reprodujo el resto.

La cámara no mostraba claramente lo ocurrido dentro de la casa, pero minutos después Renata apareció nuevamente en el patio hablando por teléfono.

—No puedo seguir haciendo esto —decía—. Diego está empezando a notar cosas.

Pausa.

—No, Lucía no sabe nada.

Otra pausa.

Entonces pronunció una frase que heló a Diego.

—Si descubre lo de Valeria, se acabó todo.

El video terminó.

Diego permaneció mirando la pantalla negra.

—Necesito una copia.

—Ya hice tres.

Elvira sacó una memoria USB.

—Y hay otra cosa.

—¿Qué?

—Hace dos noches vino un hombre a tu casa.

Diego levantó la mirada.

—¿Quién?

—No sé. Nunca lo había visto. Discutió con Renata afuera.

Elvira buscó otro video.

Un sedán oscuro apareció frente a la casa.

Un hombre bajó.

No se distinguía bien su rostro.

Renata salió y comenzó a discutir con él.

El audio era débil, pero una frase podía entenderse perfectamente.

—Prometiste que jamás volverías.

El hombre respondió:

—También prometiste que nunca volverías a hacerle esto a una niña.

Diego sintió un vacío en el pecho.

—¿Tiene una imagen mejor?

—Solo esta.

Diego acercó el teléfono.

El hombre parecía tener unos sesenta años.

Antes de subir al vehículo, dejó algo en las manos de Renata.

Un sobre.

—Espere.

Diego retrocedió el video.

El sobre llevaba un símbolo rojo.

Lo reconoció.

Era el logotipo de una antigua clínica privada de Guadalajara.

La misma clínica donde Renata aseguraba haber trabajado cuando tenía veinte años.

Diego regresó con Marcela cerca de la medianoche.

Lucía seguía dormida.

Marcela lo esperaba en la cocina.

—Hay algo que tienes que ver.

Sobre la mesa estaba la mochila de Lucía.

—La encontré buscando su pijama.

Sacó un cuaderno escolar.

Entre las páginas había una fotografía vieja.

Diego la tomó.

Era Renata mucho más joven.

A su lado estaba Valeria.

Pero no eran primas.

Al reverso, escrito con tinta azul, había una frase:

“Mis hijas, Renata y Valeria. 2004.”

Diego sintió que las piernas le fallaban.

—Eran hermanas.

Marcela asintió.

—Y mira esto.

Le entregó una hoja doblada.

Era una noticia impresa años atrás.

ADOLESCENTE DESAPARECE EN GUADALAJARA; FAMILIA PIDE AYUDA.

La desaparecida era Valeria Santillán.

Quince años.

Diego leyó el apellido dos veces.

—Santillán…

Su propio apellido.

Pero Renata nunca había sido Santillán antes de casarse con él.

Entonces escuchó una voz detrás.

—Papá.

Lucía estaba parada en el pasillo.

Tenía el conejo contra el pecho.

—¿Qué haces despierta?

La niña señaló la fotografía.

—Ella es la niña de la que mamá habla cuando cree que estoy dormida.

Diego se arrodilló.

—¿Qué dice sobre ella?

Lucía tragó saliva.

—Que todo empezó con Valeria.

Diego sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Qué empezó?

Antes de que Lucía pudiera responder, tocaron la puerta.

Tres golpes lentos.

Marcela miró el reloj.

12:47 de la madrugada.

Diego se acercó y miró por la mirilla.

El hombre del video de Elvira estaba afuera.

Solo.

Sostenía el mismo sobre con el logotipo de la clínica.

Diego abrió apenas la puerta.

—¿Quién es usted?

El desconocido levantó la mirada.

—Mi nombre no importa todavía.

Entonces vio a Lucía detrás de Diego.

Su expresión cambió por completo.

—Dios mío…

—¿Qué quiere?

El hombre le entregó el sobre.

—Que sepa con quién se casó.

Diego no lo tomó inmediatamente.

—¿Qué tiene que ver Valeria con mi hija?

El desconocido palideció.

—Todo.

Diego abrió el sobre.

Había documentos, una fotografía y una pulsera infantil.

Pero fue el nombre escrito en aquella pulsera lo que hizo que sus manos empezaran a temblar.

VALERIA SANTILLÁN.

Debajo aparecía una fecha.

Diego levantó la mirada.

—¿Por qué tiene mi apellido?

El hombre observó a Lucía.

Y respondió en un susurro:

—Porque Renata no eligió su apellido cuando se casó contigo, Diego. Te eligió a ti por tu apellido.

En ese instante, el teléfono de Diego vibró.

Era Renata.

Solo había enviado una fotografía.

La puerta de la casa de Elvira estaba abierta.

Y debajo de la imagen había un mensaje:

“Pregúntale a tu vecina qué pasó realmente con Valeria antes de creerle una sola palabra.”

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