PARTE 2: LA FOTO QUE CAMBIÓ TODA LA INVESTIGACIÓN.

El agente sostuvo la fotografía con dos dedos enguantados.

Yo no podía apartar la mirada.

Natalie estaba sentada en una silla de madera.

Tenía las muñecas sujetas.

El cabello desordenado.

Y los ojos clavados directamente en la cámara.

En la esquina inferior aparecía una fecha.

La noche anterior.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Eso no tiene sentido —susurré.

Samuel se acercó.

—Emma, no la toques.

—Pero ella me llamó anoche.

El detective que dirigía la inspección levantó la vista.

—¿A qué hora?

Busqué el registro.

—A las once y cuarenta y siete.

El agente tomó nota.

—¿Cuánto duró?

—Casi dos minutos.

—¿Le dijo dónde estaba?

—Dijo que estaba marchándose del apartamento.

La habitación quedó en silencio.

Volví a mirar la fotografía.

Natalie no parecía alguien que acabara de limpiar una casa antes de irse tranquilamente.

Parecía alguien intentando sobrevivir el tiempo suficiente para dejar una pista.

—¿Dónde encontraron esto exactamente? —pregunté.

—Dentro del desagüe del baño.

Samuel frunció el ceño.

—Entonces alguien quiso ocultarla.

El detective negó.

—O alguien quiso que la encontráramos.

Aquello me produjo un escalofrío.

Uno de los técnicos apareció desde el dormitorio.

—Detective.

Le entregó una bolsa transparente.

Dentro había un pequeño botón negro.

—Lo encontramos bajo la cama.

El agente lo observó.

—¿De qué es?

—Parece de una chaqueta masculina.

Mi mente volvió inmediatamente a Adrian.

Su voz tranquila por teléfono.

“Últimamente está muy inestable.”

“Si aparece, avísame.”

Demasiado rápido había intentado convertirme en testigo de que Natalie tenía problemas.

—Quiero llamar a Adrian —dije.

El detective negó.

—No todavía.

—Es su prometido.

—Precisamente.

Se acercó.

—Señorita Emma, a partir de este momento no contacte con nadie relacionado con Natalie sin avisarnos.

Asentí.

Pero mi teléfono vibró en ese instante.

Miré la pantalla.

ADRIAN COLE.

Todos lo vieron.

El detective levantó una mano.

—Conteste.

—¿Qué digo?

—La verdad mínima.

Deslicé el dedo.

—Hola.

—Emma.

Adrian parecía agitado.

—¿Encontraste a Natalie?

Miré al detective.

—No.

Silencio.

—¿Estás en el apartamento?

Mi respiración se detuvo.

Yo nunca le había dicho que estaba allí.

—¿Por qué preguntas?

Una pausa.

Demasiado larga.

—Porque dijiste que ibas a buscar el contrato.

No.

Yo tampoco le había dicho eso.

Solo le había preguntado si Natalie estaba con él.

El detective comenzó a escribir rápidamente.

—Adrian —dije despacio—. ¿Cómo sabes que vine aquí?

—Natalie me comentó que necesitabas recoger algo.

Era posible.

Pero su respuesta llegó demasiado tarde.

—Tengo que irme.

Colgué.

El detective extendió la mano.

—Necesito su teléfono unos minutos.

Se lo entregué.

Samuel me miró.

—Él sabía.

—No sabemos nada todavía.

Pero yo también lo sentía.

Algo estaba mal.


Durante las siguientes tres horas, la policía convirtió mi apartamento en una escena de investigación.

Encontraron más rastros ocultos bajo una capa reciente de pintura.

Una pata de la mesa estaba rota y pegada.

La funda del sofá había sido lavada con productos demasiado fuertes.

Y en el baño apareció algo todavía más extraño.

Un segundo teléfono.

No era el de Natalie.

Estaba envuelto en plástico detrás del depósito del inodoro.

El detective consiguió encenderlo.

No tenía contactos.

Solo grabaciones.

La primera duraba cuarenta y tres segundos.

Reconocí inmediatamente la voz de Natalie.

—Adrian, dame mi teléfono.

Después la voz de un hombre.

Distorsionada.

—Deja de hacer preguntas.

—Sé lo del dinero.

—No sabes nada.

Hubo un ruido.

Después Natalie volvió a hablar.

—Emma tiene copias.

Sentí que el corazón se me detenía.

El detective pausó el audio.

—¿Copias de qué?

—No lo sé.

Samuel me miró.

—¿Alguna vez Natalie te dio documentos?

Negué.

Entonces recordé el contrato que había ido a buscar.

—Espera.

Todos me miraron.

—El original que vine a recoger hoy.

—¿Qué contrato?

—Uno antiguo de la compra del apartamento.

Fui hacia la puerta del despacho.

El detective me detuvo.

—Nosotros revisaremos.

Les indiqué el archivador.

Cinco minutos después regresaron con una carpeta azul.

Dentro estaba el contrato.

Y debajo había un sobre que nunca había visto.

Mi nombre estaba escrito con la letra de Natalie.

PARA EMMA. SOLO SI ALGO ME PASA.

Sentí frío.

El detective abrió el sobre.

Había extractos bancarios.

Transferencias.

Nombres de empresas.

Y fotografías de documentos.

Samuel señaló uno.

—Cole Investments.

Miré al detective.

—Es la empresa de la familia de Adrian.

Seguimos revisando.

Durante casi un año alguien había transferido dinero desde el estudio de Natalie hacia pequeñas sociedades relacionadas entre sí.

Las cantidades parecían discretas.

Pero sumadas superaban varios cientos de miles.

—Ella dijo que Adrian la acusaba de tomar dinero de su estudio —murmuré.

El detective me miró.

—Tal vez era al revés.

En la última página había una nota manuscrita.

“ADRIAN SABE QUE LO DESCUBRÍ. SI DICE QUE ESTOY INESTABLE, NO LE CREAS.”

Tuve que sentarme.

Todo lo que Adrian había dicho por teléfono estaba escrito allí.

Como si Natalie hubiera previsto exactamente cómo intentaría describirla.

—Entonces fue él —susurré.

El detective cerró la carpeta.

—Todavía no podemos concluir eso.

—¿Qué más necesitan?

—Saber qué ocurrió realmente en este apartamento.

Porque había un problema.

Si Natalie había sido atacada allí, ¿cómo me había llamado después?

Y si había escapado…

¿dónde estaba ahora?


A las cuatro de la tarde recibimos el primer dato importante.

Las cámaras del edificio mostraban a Natalie entrando la noche anterior a las ocho y doce.

Sola.

A las nueve y cinco apareció Adrian.

Entró usando una gorra.

Permaneció allí cuarenta minutos.

Después salió.

Solo.

A las diez y diecisiete apareció otro hombre.

El rostro estaba cubierto parcialmente por una capucha.

Entró.

Nunca apareció saliendo por la puerta principal.

Samuel observó el video.

—¿Hay otra salida?

—Estacionamiento subterráneo —respondió el agente.

Revisaron esas cámaras.

A las once y treinta y nueve, una camioneta salió del garaje.

El conductor era el segundo hombre.

En el asiento del acompañante se distinguía otra figura.

—Páralo —dijo el detective.

Ampliaron la imagen.

Era Natalie.

Estaba viva.

Mi corazón dio un salto.

—¡Entonces se fue con él!

—Parece que sí.

—¿Por voluntad propia?

Nadie respondió.

A las once y cuarenta y siete recibí la llamada.

Exactamente ocho minutos después.

Natalie ya no estaba en mi apartamento cuando habló conmigo.

Entonces el sonido de agua que había escuchado…

No provenía de mi casa.

—Necesitamos localizar esa camioneta —dijo el detective.

Uno de los agentes revisó la matrícula.

Su expresión cambió.

—Está registrada a nombre de una empresa.

—¿Cuál?

—Cole Logistics.

Miré al detective.

Esta vez nadie dijo que podía ser una coincidencia.


Adrian fue detenido para ser interrogado aquella misma tarde.

Negó todo.

Aseguró que había ido al apartamento para hablar con Natalie.

Que discutieron.

Que se marchó dejándola viva.

—¿Y las transferencias? —preguntó el detective.

—Inversiones autorizadas.

—Natalie afirma en sus notas que usted estaba desviando dinero.

—Natalie era paranoica.

Exactamente lo que había preparado desde el principio.

Entonces le mostraron la fotografía.

Por primera vez perdió la calma.

—¿Dónde encontraron eso?

El detective se inclinó.

—Curioso.

—¿Qué?

—No preguntó cuándo fue tomada.

Adrian guardó silencio.

—Preguntó dónde la encontramos.

Su rostro quedó completamente blanco.

Pero todavía no era suficiente.

La camioneta fue localizada a más de cincuenta kilómetros de la ciudad.

Vacía.

En una gasolinera abandonada.

Dentro encontraron el bolso de Natalie.

Su teléfono.

Y una tarjeta de memoria.

El detective regresó al apartamento al anochecer.

Yo seguía allí con Samuel.

—Encontramos algo.

Colocó una laptop sobre la mesa.

Insertó la tarjeta.

Había un solo video.

Natalie aparecía frente a la cámara.

Viva.

Asustada.

Pero consciente.

—Emma, si estás viendo esto, significa que conseguí salir de tu apartamento.

Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.

—Adrian descubrió que estaba investigando las cuentas.

Miró detrás de ella.

—Pero él no es la única persona involucrada.

Samuel y yo intercambiamos una mirada.

Natalie continuó.

—La sangre de tu apartamento no es mía.

Me quedé inmóvil.

El detective también.

—¿Qué?

En la grabación, Natalie respiró profundamente.

—Cuando llegué, encontré a alguien herido dentro.

—Intenté ayudar.

—Por eso limpié. Entré en pánico.

Se llevó una mano al rostro.

—Sé que fue una estupidez.

—Pero esa persona me dijo algo antes de perder el conocimiento.

Natalie miró directamente a la cámara.

—Me dijo que Adrian llevaba meses vigilándome.

—Y que mi investigación había destapado algo mucho más grande.

El video tembló.

Alguien parecía acercarse.

Natalie habló más rápido.

—Emma, mira debajo de la pintura de la pared del dormitorio.

—No por la sangre.

—Por lo que está escondido detrás.

La grabación terminó.

Samuel y yo miramos hacia el dormitorio.

La policía regresó inmediatamente a la pared.

Retiraron con cuidado una pequeña sección de yeso.

Detrás había un compartimento.

Dentro encontraron una memoria USB.

Y una fotografía antigua.

La tomé con guantes.

Aparecían Adrian.

Natalie.

Y una tercera persona.

Yo.

La fotografía tenía casi doce años.

La época en que Natalie y yo todavía estábamos en la universidad.

—No recuerdo haber conocido a Adrian entonces —susurré.

Samuel giró la fotografía.

En la parte posterior había una frase escrita.

“EMMA DONOVAN. OBJETIVO PRINCIPAL.”

Sentí que se me helaba la sangre.

El detective conectó la memoria USB.

Había decenas de carpetas.

Todas llevaban nombres de personas.

La primera era Natalie Hayes.

La segunda era Adrian Cole.

Y la tercera…

EMMA DONOVAN.

El detective abrió mi carpeta.

Dentro había fotografías mías tomadas durante años.

Mi universidad.

Mi primer trabajo.

La compra del apartamento.

Mis viajes.

Mis horarios.

Incluso imágenes de la entrada de mi casa tomadas semanas atrás.

Retrocedí.

—¿Quién hizo esto?

El detective dejó de desplazarse.

Al final de la carpeta había un documento titulado:

“FASE FINAL. PROPIEDAD DONOVAN.”

Lo abrió.

Y la primera línea cambió toda la investigación.

“NATALIE NO ES EL OBJETIVO. ES EL CEBO.”

Me quedé sin respiración.

Samuel se volvió hacia mí.

Y entonces mi teléfono, que seguía sobre la mesa como evidencia, comenzó a sonar.

Número desconocido.

El detective activó el altavoz.

Durante varios segundos nadie habló.

Después escuché la voz de Natalie.

Débil.

Urgente.

—Emma, escucha con atención.

Las lágrimas me llenaron los ojos.

—Natalie, ¿dónde estás?

—No importa.

—Claro que importa.

—¡No!

Respiró con dificultad.

—Adrian no planeaba hacerme desaparecer a mí.

Hubo un ruido al fondo.

Natalie bajó la voz.

—TODO LO QUE PASÓ EN TU APARTAMENTO FUE PREPARADO PARA QUE LA POLICÍA CREYERA QUE TÚ ERAS LA SIGUIENTE VÍCTIMA.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Entonces quién soy yo realmente para ellos?

Natalie permaneció en silencio un segundo.

Y cuando respondió, Samuel dejó caer lentamente la fotografía.

—NO ERES SU PRÓXIMA VÍCTIMA, EMMA.

—ERES LA PERSONA QUE LLEVAN DOCE AÑOS INTENTANDO ENCONTRAR.

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