Parte 2: EL PRECIO DE MI ASIENTO

—¿Celos? —repitió mi padre.

La palabra cayó sobre la mesa como una copa rompiéndose.

Adrian pareció darse cuenta demasiado tarde de a quién acababa de hablarle y dónde estaba. Sin embargo, en lugar de disculparse, enderezó los hombros.

—Señor Wen, no quise decirlo de esa manera. Olivia y Mia han tenido algunos malentendidos antes.

—No sabía que mi hija necesitaba tu permiso para sentirse humillada en el cumpleaños de su propio padre.

Mi madre bajó la mirada.

Conocía esa expresión de papá.

No estaba furioso.

Todavía no.

Y eso era peor.

Mia se levantó otra vez.

—Tío, por favor, no discutan por mí. Yo me voy.

Esta vez nadie la detuvo.

Nadie excepto Adrian.

La sujetó suavemente del brazo.

—Siéntate.

Entonces lo miré y sentí algo extraño.

No dolor.

No celos.

Claridad.

Durante tres años había interpretado cada gesto suyo de la manera que menos pudiera lastimarme. Cuando cancelaba nuestros planes porque Mia necesitaba ayuda, me decía que era generoso. Cuando abandonó una cena conmigo para llevarla al hospital por una fiebre, pensé que era responsable. Cuando olvidó mi cumpleaños porque estaba ayudándola con una entrevista, terminé disculpándome yo por haberme enfadado.

Pero aquella noche ya no podía seguir mintiéndome.

Adrian no estaba atrapado entre Mia y yo.

Había elegido hacía mucho tiempo.

Solo que esperaba que yo aceptara seguir ocupando el segundo lugar.

Me acerqué a la silla.

Mia me miró nerviosa.

Por un instante, Adrian pareció creer que finalmente iba a obedecer.

Pero yo tomé la tarjeta con mi nombre del respaldo.

—Puedes quedarte con la silla.

Adrian exhaló.

—Gracias. Sabía que podrías comportarte con madurez.

Sonreí.

—No he terminado.

Me volví hacia mi madre.

—Mamá, ¿puedes darme el sobre rojo?

Su expresión cambió.

Adrian también lo vio.

—¿Qué sobre?

Mi madre permaneció inmóvil unos segundos antes de sacar de su bolso el sobre grueso que había preparado para él.

Los ojos de Adrian se iluminaron.

Conocía demasiado bien esa mirada.

Era la misma que tenía cada vez que hablaba de su empresa, de inversores, de la ronda de financiación que llevaba meses intentando cerrar.

Extendió la mano.

—¿Es para mí?

Mi madre no se lo entregó.

Me lo dio a mí.

Sentí el peso del sobre entre mis dedos.

—Lo era.

La sonrisa de Adrian desapareció.

Mi padre me observó sin intervenir.

Yo abrí el sobre.

Saqué primero la tarjeta bancaria.

Después, el documento.

Adrian reconoció el logotipo de Wen Holdings en la primera página y se quedó completamente quieto.

—¿Qué es eso?

—Un borrador de cooperación.

El silencio se volvió absoluto.

—Papá llevaba semanas haciendo revisar tu proyecto —continué—. Pensaba invertir a través de una de sus compañías.

Adrian palideció.

—Olivia…

—No hables todavía.

Era la primera vez en tres años que lo interrumpía y no sentía culpa.

Levanté el documento.

—¿Sabes por qué iba a hacerlo?

No respondió.

—Por mí.

Mi padre habló entonces.

—Mi hija dijo que eras ambicioso, trabajador y digno de confianza.

Sus ojos se clavaron en Adrian.

Parece que al menos una de esas tres cosas estaba equivocada.

Mia dejó escapar un pequeño sollozo.

—Todo esto está pasando por mi culpa…

—No —dije.

Ella levantó la mirada.

—Está pasando porque Adrian tomó una decisión. Tú solo aceptaste sentarte.

Por primera vez, la expresión frágil de Mia vaciló.

Apenas un segundo.

Pero lo vi.

Y mi madre también.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Olivia, estás exagerando. Mia perdió a sus padres. Sabes lo difícil que ha sido para ella.

—¿Y eso significa que debe ocupar mi lugar?

—¡Es una silla!

—Entonces ¿por qué era tan importante que fuera ella quien se sentara?

No pudo responder.

Mi primo apartó discretamente su teléfono.

Mi tía acababa de llegar y permanecía junto a la puerta, sin comprender del todo lo ocurrido.

Adrian se pasó una mano por el cabello.

—Hablaremos en casa.

—No.

—Olivia.

—No hay ninguna casa donde puedas darme órdenes.

Su rostro se endureció.

—Somos pareja.

—Precisamente.

Miré el anillo de compromiso que todavía no era oficialmente un anillo de compromiso.

Adrian me lo había dado en privado dos semanas antes, diciendo que anunciaríamos todo después de obtener la aprobación de mi familia.

Me lo quité lentamente.

Mia dejó de llorar.

Adrian miró el anillo en mi palma.

—No hagas algo de lo que te arrepientas.

—Curioso. Pensaba decirte exactamente lo mismo.

Mi madre respiró hondo.

Pero antes de que pudiera dejar el anillo sobre la mesa, Mia se levantó de golpe.

—¡No!

Todos la miramos.

Su rostro estaba blanco.

Demasiado blanco.

—No pueden romper por mi culpa.

Se volvió hacia Adrian.

—Senior, díselo.

Él se quedó rígido.

Sentí un escalofrío.

—¿Decirme qué?

Mia negó con la cabeza, como si acabara de comprender que había hablado demasiado.

—Nada.

—Mia —dije—. Termina la frase.

Adrian intervino inmediatamente.

—Está alterada.

Mi padre entrecerró los ojos.

—Entonces deja que ella misma explique por qué.

Mia comenzó a recoger su bolso.

—Tengo que irme.

Al hacerlo, su teléfono cayó sobre la mesa.

La pantalla se encendió.

Nadie habría prestado atención si no fuera porque apareció una notificación.

Yo estaba justo enfrente.

Y alcancé a leerla.

Era de una clínica privada.

“Señorita Hayes: su cita de control prenatal ha sido confirmada para el lunes a las 9:30.”

Sentí que el salón entero desaparecía.

Miré a Mia.

Después a Adrian.

Él ya no parecía molesto.

Parecía aterrorizado.

Mia tomó el teléfono con manos temblorosas.

—Olivia, puedo explicarlo.

—¿Estás embarazada?

Nadie respiró.

Mia cerró los ojos.

Adrian dio un paso hacia ella.

Ese movimiento fue suficiente.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

Mi padre se puso de pie.

—Adrian —dijo con una calma que heló la mesa—. ¿Ese hijo tiene algo que ver contigo?

—Señor Wen, esto no es lo que parece.

Mi padre soltó una risa seca.

—Entonces debería ser muy fácil responder.

Adrian abrió la boca.

Pero Mia comenzó a llorar.

—No lo obligues.

Lo miré.

—¿Obligarlo a qué?

Ella apretó el teléfono contra su pecho.

Adrian murmuró:

—Mia, cállate.

Demasiado tarde.

Porque ella levantó la cabeza y dijo entre lágrimas:

—A elegir otra vez.

El corazón me golpeó contra las costillas.

—¿Otra vez?

Mia comprendió su error.

Adrian se abalanzó sobre su bolso.

Pero mi primo fue más rápido.

De él había caído una pequeña carpeta azul.

La recogió.

—Olivia…

Adrian intentó quitársela.

Mi padre se interpuso.

Mi primo abrió la carpeta.

Dentro había varios documentos médicos.

Y entre ellos, una hoja doblada con dos nombres impresos en la parte superior.

El de Mia.

Y el de Adrian.

Mi primo levantó lentamente los ojos hacia mí.

—Prima…

—Léelo.

—Olivia, no —dijo Adrian.

—Léelo.

Mi primo tragó saliva.

Pero antes de pronunciar una sola palabra, mi padre arrancó el documento de sus manos.

Lo leyó.

Su rostro perdió todo color.

Después miró a Adrian.

Luego a Mia.

Y finalmente a mí.

—Olivia…

Nunca había escuchado miedo en la voz de mi padre.

Hasta aquella noche.

Extendí la mano.

—Dámelo.

Pero Adrian se movió de repente.

Y trató de arrancarle el documento antes de que yo pudiera descubrir qué habían estado ocultándome.
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