PARTE 2: LA PERSONA QUE TODOS TEMÍAN.

El golpe en la puerta volvió a escucharse.

Esta vez nadie se rio.

Raul se levantó tan rápido que la silla cayó detrás de él.

—Victor… baja ese bastón.

Victor lo miró sorprendido.

—¿Qué?

—¡Bájalo!

Nora dejó de grabar por primera vez.

Helena caminó hacia la ventana, apartó apenas la cortina y retrocedió inmediatamente.

—Hay hombres por todas partes.

Victor apretó el bastón.

—Entonces llamamos a la policía.

Raul lo miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

—No entiendes.

Su voz temblaba.

—Si ella llamó a quien creo que llamó, la policía será el menor de nuestros problemas.

Yo seguía en el suelo.

Una mano protegía mi vientre.

La otra apenas podía sostener mi peso.

Entonces escuché una voz desde afuera.

—Victor Salazar.

Silencio.

—Abre la puerta.

Raul cerró los ojos.

Reconoció aquella voz.

—Dios mío…

Victor lo agarró del brazo.

—¿Quién es?

Su padre no respondió.

La puerta se abrió segundos después.

No hizo falta derribarla.

Raul mismo quitó el seguro.

Tres hombres entraron primero.

Después apareció ella.

Abrigo oscuro.

Cabello plateado.

Espalda recta.

Caminaba con la tranquilidad de alguien que no necesitaba levantar la voz para ser obedecida.

Amalia Vega.

Mi abuela.

Helena palideció.

—Esto es un asunto familiar.

Amalia ni siquiera la miró.

Sus ojos me encontraron en el suelo.

Se detuvo.

Por primera vez, su expresión cambió.

—Camila.

Intenté incorporarme.

—Abuela…

Aquella palabra destruyó la seguridad de Victor.

—¿Abuela?

Amalia llegó hasta mí y se arrodilló.

Vio mi rostro.

Mis brazos.

Después miró mi vientre.

—¿El bebé se mueve?

Asentí débilmente.

—Creo que sí.

—El médico está afuera.

Hizo una señal.

Dos paramédicos entraron inmediatamente.

Mientras me examinaban, Amalia se levantó.

Ya no parecía una abuela preocupada.

Parecía la mujer que la familia Salazar llevaba años evitando mencionar.

Victor intentó recuperar su arrogancia.

—Señora Vega, su nieta y yo estamos casados. Usted no puede entrar aquí y…

Amalia levantó una mano.

Victor calló.

—Nora.

Mi cuñada dio un pequeño salto.

—¿Sí?

—Dame el teléfono.

—¿Por qué?

Amalia la miró.

Nora obedeció.

Mi abuela revisó la pantalla.

La grabación seguía allí.

Todo había quedado registrado.

Las burlas.

Las órdenes.

El momento en que yo caía.

Y la participación de cada persona presente.

Raul comprendió lo mismo.

—Nora, ¿eres idiota?

—¡Tú me dijiste que grabara!

El silencio cayó sobre la cocina.

Nora se cubrió la boca.

Acababa de traicionar a su propio padre.

Amalia entregó el teléfono a uno de sus hombres.

—Haz tres copias.

Victor avanzó.

—¡Ese teléfono es propiedad privada!

Uno de los hombres se interpuso.

Victor se detuvo.

Amalia lo observó.

—Durante tres años me pregunté por qué Camila dejó de visitarme.

Sentí que las lágrimas me ardían.

—Me dijeron que usted no quería verme.

Amalia giró lentamente hacia Helena.

La mujer retrocedió.

—Nosotros jamás dijimos eso.

—Sí lo hicieron —susurré.

Miré a mi abuela.

—Victor decía que usted había dicho que yo era una vergüenza.

Amalia cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado.

—Camila, nunca dije eso.

Victor empezó a hablar.

—Ella está confundida.

—No.

Mi voz salió débil, pero firme.

—Ya no.

Los paramédicos colocaron una camilla junto a mí.

Uno de ellos dijo:

—Necesitamos llevarla al hospital para revisar al bebé.

Amalia tomó mi mano.

—Voy contigo.

Victor reaccionó.

—¡Es mi esposa! Yo voy.

Lo miré.

Durante años esas palabras habían bastado para detenerme.

Esta vez no.

—No quiero que se acerque.

Victor quedó inmóvil.

El paramédico asintió.

—Entonces no se acercará.

Cuando comenzaron a sacarme, Helena corrió detrás.

—Camila, piensa bien lo que haces. ¡Vas a destruir esta familia!

Volví la cabeza.

—No.

Respiré con dificultad.

—Yo solo dejé de protegerla.

En el hospital confirmaron que el bebé seguía estable, pero los médicos decidieron mantenerme bajo observación.

Amalia permaneció sentada junto a mi cama.

—¿Por qué no me llamaste antes?

Miré mis manos.

—Porque me enseñaron a tenerte miedo.

—¿Quién?

—Todos ellos.

Amalia permaneció callada.

Finalmente abrió su bolso.

Sacó un sobre.

—Entonces necesitas saber por qué.

Dentro había documentos financieros.

Reconocí el nombre de Raul.

Después el de Victor.

—¿Qué es esto?

—Hace cuatro años, Raul me pidió dinero para salvar sus empresas.

Leí las cifras.

Eran enormes.

—Me negué.

—¿Por qué?

—Porque descubrí irregularidades.

Amalia señaló varias transferencias.

—Desde entonces, la familia Salazar necesitaba mantenerte lejos de mí.

No entendía.

—¿Qué tengo yo que ver?

Mi abuela sacó otro documento.

Era un fideicomiso.

Mi nombre aparecía en la primera página.

—Tu abuelo dejó una parte considerable de su patrimonio para ti.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—Nunca lo supe.

—Porque los Salazar no querían que lo supieras.

Pasé las páginas.

Entonces encontré algo peor.

Había una solicitud para modificar la administración del fideicomiso.

La firma parecía mía.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé.

Amalia respiró profundamente.

—Victor intentó conseguir control sobre tu patrimonio utilizando tu matrimonio como acceso.

Recordé todas las veces que me había obligado a firmar documentos sin dejarme leerlos.

Sentí náuseas.

—Entonces nunca fue solo por mí.

—No.

Amalia tomó mi mano.

—Pero todavía no sabemos hasta dónde llegaron.

La puerta de la habitación se abrió.

Entró uno de sus abogados.

Su expresión era grave.

—Señora Vega, encontramos algo.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

—Revisamos los documentos presentados por Victor durante el último año.

Amalia abrió la carpeta.

Su rostro se endureció.

—¿Qué significa esto?

El abogado me miró.

—Hace dos meses, su esposo contrató una póliza relacionada con usted.

Sentí frío.

—¿Una póliza?

El hombre asintió.

—Y Victor figura como beneficiario principal.

Amalia levantó la mirada.

—¿Cuándo entraba plenamente en vigor?

El abogado tardó un segundo en responder.

—Después del nacimiento del bebé.

Nadie habló.

Entonces mi abuela pasó a la última página.

Su expresión cambió por completo.

—Camila…

—¿Qué?

Giró el documento hacia mí.

Había otra firma.

Otro beneficiario.

Un nombre que jamás habría esperado encontrar allí.

Y comprendí que Victor no había planeado todo aquello solo.

Alguien de mi propia familia había firmado junto a él.

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