Adrian Wells apartó la mirada primero.
Fue un movimiento pequeño.
Casi imperceptible.
Pero después de leer su diario en mi vida anterior, yo sabía exactamente qué significaba.
Estaba nervioso.
Mi padre señaló el sofá.
—Nina, llegaste justo a tiempo. Adrian vino para hablar de un asunto entre nuestras familias.
—Lo sé.
Ambos hombres me miraron.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Cómo que lo sabes?
Me senté frente a Adrian.
—Me lo imaginé.
Adrian mantenía la expresión tranquila, aunque sus dedos se habían cerrado ligeramente alrededor de la taza.
En el diario había una entrada sobre aquel día.
“Fui a su casa para pedir permiso para cortejarla. Cuando escuché sus pasos en el corredor, olvidé durante unos segundos todo lo que había preparado.”
Recordarlo hizo que me doliera el pecho.
Aquel hombre había muerto creyendo que yo nunca lo había amado.
Esta vez no permitiría que ocurriera.
—Papá —dije—, ¿puedo hablar con Adrian a solas?
Mi padre casi dejó caer la taza.
Adrian levantó la mirada.
—¿Conmigo?
Sonreí.
—¿Hay otro Adrian aquí?
Cinco minutos después estábamos en el jardín.
Él caminaba medio paso detrás de mí, manteniendo una distancia exageradamente correcta.
—Señorita Nina…
Me detuve.
—Nina.
—¿Perdón?
—Puedes llamarme Nina.
Adrian guardó silencio.
Las puntas de sus orejas se pusieron rojas.
Tuve que contener una sonrisa.
¿Este era el hombre frío que yo había recordado durante años?
No.
Probablemente nunca había sido frío.
Yo simplemente jamás me había molestado en conocerlo.
—¿Por qué viniste hoy?
Adrian tardó unos segundos.
—Nuestros padres consideran que una alianza matrimonial podría beneficiar a ambas familias.
Exactamente la respuesta que había dado en mi vida anterior.
Formal.
Distante.
Perfectamente diseñada para esconder sus sentimientos.
—¿Y tú qué quieres?
Sus ojos se encontraron con los míos.
—No aceptaría un matrimonio que tú no quisieras.
—Eso tampoco responde.
Por primera vez perdió la compostura.
—Nina…
—¿Quieres casarte conmigo?
El silencio pareció tragarse todo el jardín.
Adrian me miró como si temiera que aquello fuera una broma.
Finalmente respondió:
—Sí.
Una sola palabra.
Pero yo conocía los nueve años escondidos detrás de ella.
Entonces mi teléfono comenzó a sonar.
Ethan.
Rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
La rechacé otra vez.
Adrian bajó la mirada.
—Si tienes algo que resolver con el señor Shaw, puedo esperar.
Aquella frase me atravesó.
Porque eso era exactamente lo que había hecho durante años.
Esperar.
—No.
Apagué el teléfono.
—Ya terminé con Ethan.
Adrian levantó bruscamente la cabeza.
—¿Terminaste?
—Sí.
Por primera vez vi algo parecido a esperanza en sus ojos.
Pero desapareció inmediatamente.
—No deberías tomar decisiones importantes estando enfadada.
Solté una pequeña risa.
Incluso teniendo la oportunidad delante, seguía protegiéndome.
—Entonces no decidamos nada hoy.
Extendí la mano.
—Empecemos por conocernos.
Adrian miró mi mano durante varios segundos antes de estrecharla.
Sus dedos temblaron.
Durante las semanas siguientes descubrí al hombre que había ignorado en mi primera vida.
Adrian recordaba que yo odiaba el café demasiado dulce.
Sabía que me daban miedo las tormentas desde que tenía quince años.
Cuando salíamos, siempre caminaba del lado de la calle.
Nunca intentaba decidir por mí.
Nunca convertía un favor en una deuda.
Y jamás mencionaba a Ethan.
Pero Ethan sí comenzó a mencionarlo.
Primero fueron mensajes.
“Nina, deja de comportarte como una niña.”
Después:
“Claire está llorando porque cree que rompimos por su culpa.”
Finalmente apareció frente a mi casa.
—Necesitamos hablar.
—No tenemos nada que hablar.
—Cuatro años no desaparecen porque estés enfadada durante una semana.
Lo miré.
En mi vida anterior habría sentido dolor.
Ahora solo sentía cansancio.
—Tienes razón.
Ethan pareció relajarse.
—Entonces…
—Cuatro años no desaparecen.
Lo interrumpí.
—Por eso recuerdo perfectamente cuántas veces me pediste que cediera por Claire.

Su rostro se endureció.
—Otra vez con eso.
—No. Nunca más con eso.
Me di la vuelta.
Ethan me agarró de la muñeca.
Antes de que pudiera reaccionar, otra mano sujetó su brazo.
Adrian.
—Suéltala.
Ethan lo miró con desprecio.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
Adrian no levantó la voz.
—Ella dijo que no quiere hablar contigo.
Ethan me soltó.
Después sonrió.
—Así que era esto.
Me miró.
—¿Ya encontraste reemplazo?
—No.
Di un paso hacia Adrian.
—Encontré una salida.
Ethan palideció.
A partir de entonces dejó de buscarme durante un tiempo.
Tres meses después, Adrian me pidió oficialmente que saliera con él.
Acepté.
No porque sintiera que le debía algo por aquella otra vida.
Lo elegí porque, por primera vez, estaba mirando realmente al hombre que tenía delante.
Pero el pasado todavía no había terminado.
Una tarde recibí un mensaje de Claire.
“Necesito hablar contigo sobre Ethan.”
Lo eliminé.
Llegó otro.
“Estoy embarazada.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Recordaba perfectamente las fechas.
En mi primera vida, ese niño había sido presentado cuatro años después como hijo de Ethan.
Todo estaba ocurriendo nuevamente.
Solo que esta vez yo ya estaba fuera.
Esa noche cenaba con Adrian cuando Ethan apareció en el restaurante.
Tenía los ojos rojos.
—Nina.
Adrian se levantó.
Yo le toqué la mano.
—Está bien.
Miré a Ethan.
—Habla.
—Claire está embarazada.
—Felicidades.
Su expresión se quebró.
—No sabes de quién es.
—Sí lo sé.
Ethan quedó inmóvil.
—¿Qué?
Me levanté.
—Y también sé que llevas meses diciéndome que entre ustedes no existen límites porque son “familia”.
Su rostro perdió el color.
—Nina, escúchame…
—No necesito hacerlo.
Tomé mi bolso.
—Tu vida ya no es asunto mío.
Ethan me miró como si recién entonces comprendiera que realmente me había perdido.
Salí junto a Adrian.
Dos años después nos casamos.
Esta vez nuestro matrimonio no duró un año.
Y Adrian no tuvo que amarme desde lejos.
Sin embargo, había algo que todavía me atormentaba.
Su muerte.
En mi vida anterior Adrian había fallecido pocos años después de nuestro divorcio.
El diario nunca explicaba claramente cómo.
Solo contenía una última frase:
“Si pudiera elegir otra vez, volvería a conocerla aunque supiera cómo termina.”
Por eso, cuando se acercó la fecha aproximada de su muerte, empecé a vivir con miedo.
Hasta que una noche encontré un sobre dentro de su despacho.
Reconocí inmediatamente la letra.
Era idéntica a la del diario.
Mis manos comenzaron a temblar.
—Adrian.
Él apareció detrás de mí.
Al ver el sobre, su expresión cambió.
—Nina, puedo explicarlo.
—¿Qué es esto?
No respondió.
Abrí el sobre.
Dentro había documentos médicos fechados años atrás.
Y entonces comprendí algo aterrador.
La muerte de Adrian en mi primera vida no había sido un accidente.
Levanté la mirada.
—Tú ya sabías que ibas a morir.
Adrian cerró lentamente los ojos.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Su respuesta me dejó sin respiración.
—Desde antes del día en que fui a tu casa para pedirle a tu padre permiso para casarme contigo.