Parte 2: EL SEGUNDO SOBRE

Daniel miró el sobre como si contuviera una sentencia.

Claire seguía sentada frente a mí, con una mano sobre el vientre y el rostro completamente pálido.

—¿Qué hay ahí? —preguntó Daniel.

No respondí inmediatamente.

Durante ocho semanas había esperado aquel momento.

Pero ahora que finalmente había llegado, no sentía satisfacción.

Sólo una calma extraña.

—Antes de abrirlo —dije—, quiero escucharla.

Miré a Claire.

—¿Quién es el padre?

Ella empezó a llorar otra vez.

—Te juro que nunca quise hacerte daño.

—No te pregunté eso.

—Claire… —murmuró Daniel.

Ella levantó la cabeza hacia él.

Y entonces comprendí algo.

Daniel estaba asustado de lo que ella pudiera decir.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

Claire cerró los ojos.

—Seis meses.

Daniel reaccionó inmediatamente.

—¡Eso no es verdad!

Ella se levantó.

—¿Ahora vas a mentir?

—¡Dijiste que no ibas a contarle!

Silencio.

Daniel se quedó inmóvil.

Acababa de confesarse solo.

Solté una pequeña risa.

—Siete años de matrimonio y ni siquiera necesitaba contratar un detective para conseguir una confesión.

Claire se cubrió el rostro.

—Empezó después de mi cumpleaños.

Recordé aquella noche.

Yo había preparado una cena para ella.

Daniel insistió en acompañarla a casa porque había bebido demasiado.

Regresó casi dos horas después.

Me dijo que había ayudado a cambiar una rueda pinchada.

Qué fácil resultaba reconocer las mentiras cuando dejabas de querer creerlas.

—¿Y el bebé?

Claire negó lentamente.

—No lo sé.

Daniel la miró.

—¿Cómo que no lo sabes?

Ella bajó las manos.

—Porque tú no eres el único.

Aquello sí consiguió romper su arrogancia.

—¿Qué acabas de decir?

—Daniel…

—¿CON QUIÉN MÁS ESTUVISTE?

Lo observé durante unos segundos.

Era extraordinario.

El hombre que había engañado a su esposa estaba furioso porque su amante podía haberlo engañado a él.

—Baja la voz —dije.

Daniel me miró como si acabara de recordar que yo estaba allí.

Entonces señaló el sobre.

—¿Qué contiene?

Lo empujé hacia él.

—Ábrelo.

Rasgó el borde.

Sacó varias páginas.

La primera era un estado bancario.

Su expresión cambió.

Pasó a la segunda.

Después a la tercera.

—¿De dónde sacaste esto?

—De nuestra cuenta conjunta.

—Eso es imposible.

—No. Lo imposible era que pensaras que nunca revisaría nuestros movimientos.

Durante meses Daniel había realizado pequeñas transferencias hacia una cuenta que yo no reconocía.

Hoteles.

Restaurantes.

Un alquiler.

Una joyería.

Incluso pagos médicos.

Cuarenta y ocho mil dólares en total.

Claire miró a Daniel.

—¿Cuarenta y ocho mil?

Aquello me llamó la atención.

—¿No lo sabías?

Ella negó.

Daniel apretó los documentos.

—Puedo devolverte el dinero.

—No se trata del dinero.

—Entonces ¿qué quieres?

Lo miré.

—Que entiendas que mientras tú creías que yo estaba esperando una confesión, yo estaba preparando mi salida.

Saqué otro documento.

La solicitud de divorcio.

Ya firmada por mí.

Daniel pareció dejar de respirar.

—No.

—Sí.

—Podemos arreglar esto.

—No quiero arreglarlo.

—Siete años, ¿y vas a tirar todo por un error?

Claire soltó una risa incrédula.

—¿Un error? Llevas seis meses acostándote conmigo.

Daniel se volvió furioso.

—¡Cállate!

—No vuelvas a hablarle así en mi casa —dije.

Ambos me miraron.

—Y precisamente sobre la casa…

Daniel palideció.

Antes de casarnos, aquella propiedad había pertenecido a mi padre.

Cuando murió, quedó exclusivamente a mi nombre.

Daniel había pagado reformas.

Muebles.

Parte de los gastos.

Pero nunca había sido propietario.

—Tienes hasta mañana por la tarde para sacar tus cosas.

—Esta también es mi casa.

—Tu abogado puede discutirlo con el mío.

Daniel caminó hacia mí.

—¿Desde cuándo tienes abogado?

—Desde tres días después de encontrar las pastillas.

Por primera vez, vi verdadero miedo en sus ojos.

Entonces Claire se levantó.

—Yo me voy.

Daniel la agarró del brazo.

—No hasta que me expliques lo del bebé.

Ella se soltó.

—No tienes derecho a exigirme nada.

—¡Podría ser mío!

—O podría no serlo.

Claire recogió su bolso.

Pero antes de llegar a la puerta, me miró.

—Lo siento.

Negué con la cabeza.

—Todavía no.

Frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Significa que hay algo que tampoco me has contado.

Saqué mi teléfono.

Abrí una fotografía.

La había recibido aquella mañana.

Se la mostré.

Claire perdió el color.

Era una imagen tomada frente a una clínica.

Ella aparecía entrando del brazo de un hombre.

No era Daniel.

—¿Quién es? —preguntó él.

Claire guardó silencio.

Amplié la fotografía.

Daniel se acercó.

Entonces lo reconoció.

Su expresión cambió por completo.

—No puede ser.

El hombre era Michael Reeves, socio de Daniel y su mejor amigo desde la universidad.

Daniel miró a Claire.

—¿Michael?

Ella comenzó a retroceder.

—Déjame explicarlo.

—¿También te acostabas con él?

—Daniel…

Él golpeó la mesa con la palma.

—¡RESPONDE!

—Sí.

La palabra cayó como una piedra.

Daniel se dejó caer en una silla.

Yo permanecí quieta.

Claire lloraba.

—Michael y yo estuvimos juntos antes que tú. Terminamos. Después ocurrió lo nuestro.

—¿Y cuándo volviste con él?

Claire no contestó.

Daniel entendió.

—Nunca terminaste.

Ella cerró los ojos.

Entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje de mi abogado.

Lo leí una vez.

Luego otra.

Algo no cuadraba.

—Claire.

Ella me miró.

—¿La clínica de esa fotografía es donde confirmaste tu embarazo?

Asintió.

—Sí.

—¿Y dijiste que estás de ocho semanas?

—Eso me dijeron.

Giré el teléfono.

Mi abogado había conseguido una copia de una factura incluida entre los gastos que Daniel había pagado desde nuestra cuenta conjunta.

Consulta obstétrica.

Fecha: once semanas atrás.

Daniel se puso de pie.

—Eso fue antes…

—Exactamente —dije.

Claire comenzó a temblar.

—No entiendo.

Pero yo sí.

La factura no estaba a nombre de Claire.

Estaba a nombre de otra mujer.

Daniel intentó quitarme el teléfono.

Lo aparté.

—¿Quién es ella?

—No sé de qué estás hablando.

Leí el nombre en voz alta.

Sophie Bennett.

Claire dejó de llorar.

Y la expresión de su rostro me hizo comprender que conocía ese nombre.

—Claire —dije lentamente—. ¿Quién es Sophie?

Ella miró a Daniel.

Después a mí.

—Pensé que tú lo sabías.

—¿Saber qué?

Daniel dio un paso hacia ella.

—No digas nada.

Demasiado tarde.

Claire respiró profundamente.

—Sophie es la mujer con la que Daniel estaba antes de empezar conmigo.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Pero Claire todavía no había terminado.

—Y hace tres meses me llamó.

—¿Para qué?

Claire señaló la factura que aparecía en mi teléfono.

—Para decirme que también estaba embarazada de Daniel.

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