PARTE 2: EL HOMBRE QUE SABÍA QUE SOLO ME QUEDABAN TRES DÍAS.

El desconocido me apartó de la ventana y la cerró detrás de nosotros.

No levantó la voz.

No hizo preguntas inútiles.

Simplemente acercó una silla y se sentó frente a mí.

—Mi nombre es Alexander Reed.

Reconocí el apellido.

Reed Medical Group.

La familia propietaria de tres de los hospitales más importantes de la ciudad.

—¿Qué quiere de mí?

Alexander dejó una carpeta sobre la mesa.

—Quiero que vivas esas setenta y dos horas como tú decidas.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabe cuánto tiempo me queda?

—Porque el médico que te dio el diagnóstico trabaja para mi familia.

Sentí un escalofrío.

—Eso es confidencial.

—Lo sé.

Su mandíbula se tensó.

—Y por eso ya está suspendido.

Lo miré sin comprender.

Alexander abrió la carpeta.

—Emma, tu familia solicitó que tu pronóstico no fuera comunicado a Adrian hasta después de la boda.

El aire desapareció de mis pulmones.

—¿Mi familia sabía?

—Desde ayer.

Cerré los ojos.

Entonces todo tuvo sentido.

Las miradas.

La prisa.

Los guardias.

No tenían miedo de que arruinara la boda.

Tenían miedo de que Adrian descubriera que la mujer a la que estaba abandonando iba a morir en tres días.

—¿Por qué harían eso?

Alexander deslizó otro documento hacia mí.

—Porque tu accidente tampoco fue exactamente como te dijeron.

Levanté la cabeza.

—¿Qué significa eso?

—Significa que llevo seis meses investigándolo.

Antes de que pudiera preguntar más, escuchamos pasos en el pasillo.

Lucas entró furioso.

—¿Quién demonios es usted?

Alexander ni siquiera se levantó.

—La persona que acaba de cancelar la orden que mantenía encerrada a Emma.

Mi hermano palideció.

—Adrian autorizó esa seguridad.

—Adrian no tiene autoridad médica sobre ella.

Lucas me miró.

—Emma, no hagas ninguna estupidez.

Sonreí con cansancio.

—Curioso.

—¿Qué?

—Llevas horas tratándome como un problema y ahora finges preocupación.

—Somos tu familia.

—No.

Lo miré directamente.

—Solo compartimos sangre.

Lucas apretó los dientes.

Alexander se puso de pie.

—Puedes marcharte.

—No recibo órdenes tuyas.

—Entonces recíbelas del hospital.

Dos miembros de seguridad aparecieron detrás de Lucas.

Esta vez no estaban allí para detenerme a mí.

Mi hermano tuvo que salir.

Cuando desapareció, miré a Alexander.

—Quiero ir a la boda.

Él guardó silencio.

—¿Para detenerla?

—No.

Me levanté lentamente.

—Para despedirme de la persona que fui antes de despertar.

Una hora después llegué al hotel.

No llevaba vestido de gala.

Solo ropa sencilla y un abrigo.

Alexander caminaba a mi lado.

Cuando entramos, la ceremonia ya había terminado.

Adrian y Olivia estaban recibiendo felicitaciones.

Mi madre fue la primera en verme.

Su copa casi se le cayó.

—Emma.

Mi padre se levantó.

Lucas apareció detrás de ellos.

—Te dije que no debía venir.

Adrian giró.

Cuando me vio, su sonrisa desapareció.

—¿Cómo saliste?

Aquella pregunta me confirmó todo.

—Eso es lo primero que quieres saber.

—Emma, no quería que te hicieras daño viendo esto.

—Entonces quizá no debiste casarte el día que desperté.

Olivia agarró su brazo.

—Por favor, no hagamos una escena.

La miré.

—Tranquila.

Saqué una pequeña caja de mi bolso.

—Traje un regalo.

Todos permanecieron en silencio.

Dentro estaba el anillo de compromiso que Adrian me había dado años atrás.

Lo coloqué sobre la mesa.

—Ahora sí es completamente tuyo.

Adrian palideció.

—Emma…

—No me interrumpas.

Mi voz ya no temblaba.

—Me dijeron que ustedes se amaban antes de mi accidente.

Olivia bajó la mirada.

Adrian no lo negó.

—Entonces solo quiero preguntarte una cosa.

Lo miré.

—¿Por qué me dejaste subir a aquel coche creyendo que todavía éramos felices?

Su rostro cambió.

Ese detalle no estaba en la versión que mi familia me había contado.

Mi accidente había ocurrido cuando todos viajábamos hacia una casa de campo.

Yo conducía.

Adrian iba conmigo.

Olivia y Lucas estaban detrás.

Recordaba muy poco.

Una carretera mojada.

Un grito.

Un vehículo acercándose demasiado.

Después, oscuridad.

Alexander dio un paso adelante.

—Quizá yo pueda responder.

Mi padre se levantó bruscamente.

—Este no es el momento.

Alexander abrió la carpeta.

—Precisamente por eso vine.

Sacó varias fotografías.

—El informe original decía que Emma perdió el control.

—Eso ocurrió —dijo Lucas rápidamente.

Alexander negó.

—No.

Colocó una imagen sobre la mesa.

—El sistema de frenos había sido manipulado.

El salón quedó en silencio.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

Adrian miró a Olivia.

—¿Qué está diciendo?

Alexander continuó.

—Y alguien pagó para que esa información desapareciera del informe final.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Quién?

Alexander me miró.

—Todavía no tengo suficiente para acusar a una persona.

Entonces señaló a mi familia.

—Pero alguien en esta habitación sabía que el accidente no fue accidental.

Olivia comenzó a llorar.

—Esto es absurdo.

Adrian se volvió hacia ella.

—¿Por qué estás llorando?

—Porque está arruinando nuestro día.

Por primera vez, Adrian apartó el brazo de sus manos.

—Olivia.

Ella quedó inmóvil.

—¿Tú sabías algo?

—No.

Demasiado rápido.

Alexander sacó otro documento.

—Hay algo más.

Mi padre cerró los ojos.

—Basta.

Lo miré.

—¿Por qué quieres que se calle?

Mi padre no respondió.

Alexander me entregó una hoja.

Era la copia de una transferencia bancaria realizada dos días después de mi accidente.

Una enorme cantidad.

El beneficiario era el mecánico que había inspeccionado nuestro vehículo.

Y la cuenta desde la que salió el dinero pertenecía a una empresa familiar.

Mi empresa familiar.

—Papá…

Su rostro había perdido todo el color.

—Yo puedo explicarlo.

—Entonces explica.

No pudo.

Adrian se acercó.

—Emma, tenemos que llevar esto a la policía.

Solté una pequeña risa.

—Ahora quieres protegerme.

Él bajó la mirada.

—No sabía que…

—Nunca quisiste saber.

Aquello dolió más porque era verdad.

Alexander se colocó a mi lado.

—Emma necesita regresar al hospital.

Adrian frunció el ceño.

—¿Por qué?

Mi familia se puso rígida.

Nadie respondió.

Adrian me miró.

—¿Qué ocurre?

Entonces comprendí que realmente no sabía nada.

Miré a mi madre.

—Díselo.

Ella comenzó a llorar.

—Emma…

—DÍSELO.

Mi padre cerró los ojos.

Fue Alexander quien finalmente habló.

—El despertar de Emma no significa que esté recuperada.

Adrian dejó de respirar.

—¿Qué significa eso?

Alexander sostuvo su mirada.

—Su condición es crítica.

El rostro de Adrian se volvió blanco.

—¿Cuánto tiempo?

Nadie respondió.

Yo sí.

—Tres días.

La copa que sostenía Olivia cayó al suelo.

Adrian retrocedió.

—No.

—Sí.

—No puede ser.

Se volvió hacia mis padres.

—¿Ustedes lo sabían?

Mi madre lloraba.

Lucas miraba al suelo.

Mi padre permanecía inmóvil.

Y Adrian entendió finalmente que todos habían celebrado su boda sabiendo que yo probablemente no viviría para ver el cuarto amanecer.

Pero antes de que pudiera decir nada, Alexander recibió una llamada.

Escuchó durante varios segundos.

Su expresión cambió.

—¿Estás seguro?

Colgó.

—Emma, debemos irnos.

—¿Qué pasó?

Me miró con una intensidad que hizo que mi corazón se acelerara.

—Acaban de revisar nuevamente tus análisis.

—¿Y?

Alexander respiró profundamente.

—El diagnóstico que dice que solo te quedan tres días también fue alterado.

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