PARTE 2: EL SECRETO DE COSTA RICA

—¿Qué estaba ocultando Roberto? —pregunté.

Moisés Vargas no respondió de inmediato.

El automóvil avanzaba por una carretera rodeada de vegetación, mientras San José quedaba atrás. Yo sostenía la fotografía de Roberto y Tadeo sobre mi regazo.

—Su esposo me pidió que no le explicara nada hasta llegar —dijo finalmente.

—Mi esposo está muerto.

—Lo sé.

—Entonces deje de obedecerlo.

Moisés me miró y, por primera vez, sonrió ligeramente.

—Roberto dijo que usted respondería exactamente eso.

Sentí un nudo en la garganta.

Era una frase tan propia de él que durante un instante pude imaginarlo sentado a mi lado.

—¿Quién es Tadeo?

La sonrisa desapareció.

—Es mejor que él mismo se lo explique.

Me giré bruscamente hacia Moisés.

—¿Está vivo?

—Sí.

El resto del viaje transcurrió en silencio.

Casi una hora después, el automóvil abandonó la carretera principal y atravesó un enorme portón de hierro.

Esperaba una casa.

Encontré una propiedad que parecía extenderse hasta las montañas.

Había cafetales, caminos empedrados y una enorme construcción colonial al fondo.

—¿Dónde estamos?

—En la finca Santa Esperanza.

—¿De quién es?

Moisés detuvo el vehículo.

—Esa pregunta es más complicada de lo que parece.

Un hombre esperaba bajo el corredor.

Era anciano.

Tal vez algunos años mayor que Roberto.

Al verme bajar, apoyó ambas manos sobre su bastón.

Y entonces entendí por qué aquella fotografía me había inquietado tanto.

Tenía los ojos de mi esposo.

—Teresa —dijo.

Mi nombre salió de sus labios con una familiaridad que me hizo retroceder.

—¿Tadeo?

El hombre asintió.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—He esperado cuarenta y cinco años para conocerla.

Aquello me dolió.

—Pues yo llevo cuarenta y cinco años sin saber que usted existía.

Tadeo bajó la cabeza.

—Roberto era mi hermano.

Me quedé inmóvil.

—Roberto no tenía hermanos.

—Eso fue lo que decidió contarle.

Entramos.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas. En muchas aparecía Roberto.

Roberto adolescente.

Roberto montando a caballo.

Roberto junto a Tadeo.

Era como caminar por una vida secreta de mi marido.

—¿Por qué me mintió?

Tadeo señaló una silla.

—Porque huyó.

—¿De qué?

—De nuestra familia.

Entonces comenzó a contarme una historia que jamás habría imaginado.

Su padre había construido una empresa agrícola décadas atrás. Tierras, café, exportaciones y propiedades. Roberto era el menor de tres hermanos y el único que rechazó aquella vida.

—¿Tres?

Tadeo guardó silencio.

—Nuestra hermana murió hace muchos años.

Sentí que cada respuesta abría otra puerta.

—Roberto se fue a Estados Unidos —continuó—. Quería una vida donde nadie conociera nuestro apellido. Después la conoció a usted.

—¿Y nunca regresó?

—Regresó muchas veces.

Aquello fue peor.

Recordé supuestos viajes de trabajo. Visitas a proveedores. Semanas en las que decía necesitar encontrar mejores oportunidades.

Roberto había venido aquí mientras yo cosía para pagar medicamentos.

Me levanté.

—Quiero regresar al hotel.

—Teresa…

—¡Vivimos contando monedas!

Mi voz tembló.

—Hubo noches en que elegí qué factura pagar. Vendí mis joyas. Trabajé hasta que mis dedos sangraban. ¿Y ustedes tenían todo esto?

Tadeo cerró los ojos.

—Roberto nunca tomó dinero para sí mismo.

—Eso no mejora nada.

—Lo sé.

Moisés colocó una carpeta sobre la mesa.

—Quizá debería ver esto.

Dentro había documentos bancarios, escrituras y sociedades.

No entendía todos los números.

Pero entendía los ceros.

—¿Qué es esto?

Moisés respiró profundamente.

—Durante décadas, Roberto mantuvo aquí una participación empresarial que nunca utilizó personalmente.

—¿Cuánto?

Tadeo respondió:

—Mucho más de lo que sus hijos heredaron en Estados Unidos.

Me dejé caer lentamente en la silla.

Pensé en Rebecca sonriendo.

Diego burlándose del billete.

Costa Rica es perfecta para alguien de tu edad.

—Entonces Roberto era rico.

—Legalmente —dijo Moisés—, la situación es más interesante.

Sacó otro documento.

—Tres años antes de enfermar gravemente, Roberto reorganizó sus participaciones.

—¿A nombre de quién?

Moisés me miró.

—De usted.

No respiré.

—No.

—Sí.

—Yo nunca firmé nada.

—No necesitaba hacerlo para convertirse en beneficiaria de determinadas estructuras.

Sentí que la habitación comenzaba a girar.

—¿Cuánto?

Moisés deslizó una hoja hacia mí.

Miré la cifra.

Tuve que contar los dígitos dos veces.

Ciento ochenta y siete millones de dólares.

Solté el papel.

—Esto tiene que ser un error.

—No lo es.

Entonces recordé las últimas palabras de Roberto.

Las cosas más preciadas a veces vienen en los paquetes más pequeños.

El billete.

Mi herencia no había sido un viaje.

El viaje era la llave.

Pero algo seguía sin encajar.

—¿Por qué no me lo dijo?

Tadeo miró hacia la ventana.

—Porque Roberto tenía miedo de sus hijos.

Sentí un escalofrío.

—¿De Rebecca y Diego?

—Durante sus últimos meses, comenzaron a hacer preguntas sobre propiedades que él nunca les había mencionado.

Moisés abrió una segunda carpeta.

—También intentaron modificar ciertos documentos.

—¿Qué documentos?

—El testamento.

Mi estómago se contrajo.

—¿Está diciendo que mis hijos…?

—Estoy diciendo que Roberto sospechaba que alguien estaba buscando su patrimonio real.

Tadeo se inclinó hacia mí.

—Por eso dejó que creyeran que habían ganado.

Recordé aquellas sonrisas.

Los apartamentos.

Los autos.

La fortuna.

De repente, comprendí la crueldad brillante del plan.

Roberto les había dado suficiente dinero para que dejaran de buscar.

—¿Y ahora?

Moisés cerró la carpeta.

—Ahora debemos completar el último paso.

—¿Cuál?

—Roberto dejó una grabación para usted.

Mi corazón se detuvo.

Moisés sacó una pequeña caja fuerte de un armario y colocó una memoria sobre la mesa.

La conectó a una computadora.

La pantalla se iluminó.

Apareció Roberto.

Más delgado.

Más enfermo.

Pero vivo.

Me llevé una mano a la boca.

—Teresa —dijo la grabación—, si estás viendo esto, significa que llegaste a Costa Rica.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Perdóname.

Su voz se quebró.

—Hay muchas cosas que debí contarte. Pero antes de explicarte el dinero, necesito advertirte algo.

Moisés y Tadeo intercambiaron una mirada.

Roberto continuó.

Mi enfermedad no empezó como te dijeron.

Sentí que se me helaba la espalda.

—Meses antes de quedar postrado, descubrí que alguien estaba manipulando mis medicamentos.

Miré a Moisés.

Él no parecía sorprendido.

—Pensé que era un error —continuó Roberto—. Hasta que encontré documentos de mi patrimonio escondidos entre las cosas de alguien que visitaba nuestra casa.

La imagen tembló ligeramente.

—Teresa, si Rebecca y Diego creen que llegaste hasta aquí, no confiaría en ninguno de los dos.

Entonces sonó un teléfono.

Moisés miró la pantalla.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué pasa? —pregunté.

No respondió.

Tadeo se levantó.

—Moisés.

El abogado giró lentamente el teléfono hacia nosotros.

Era una alerta del sistema de seguridad.

Una cámara mostraba el portón principal.

Un automóvil negro acababa de detenerse afuera.

La puerta del conductor se abrió.

Primero bajó Diego.

Después Elvira.

Y finalmente apareció Rebecca.

Mis tres herederos sonrientes habían llegado a Costa Rica.

Pero no fue eso lo que hizo que Moisés cerrara inmediatamente la computadora.

Fue el cuarto pasajero.

Un hombre descendió del asiento trasero.

Tadeo dejó caer su bastón.

—No puede ser.

Miré al desconocido.

—¿Quién es?

Tadeo palideció.

El hombre que Roberto creyó muerto hace treinta años.

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