PARTE 2: LA GEMELA QUE DEBIÓ ESTAR MUERTA

No dormí aquella noche.

Esperé a que la finca quedara en silencio, conté los pasos del guardia del ala norte y saqué el escáner oculto de mi abrigo.

Durante tres semanas había reunido contratos, movimientos bancarios y copias de documentos notariales. Pero aquella noche tenía algo mucho más importante.

El informe genético demostraba que Alba Ferrer y yo éramos hermanas gemelas.

Y también demostraba otra cosa.

Vega compartía conmigo más ADN del que cualquier desconocida debería compartir.

Era mi sobrina.

La hija de la hermana que durante treinta y cuatro años me habían hecho creer que no existía.

A las dos de la madrugada envié un mensaje cifrado a la fiscal Marta Ibáñez.

«Confirmado. Alba era mi hermana. Beatriz sospecha. Intentarán echarme mañana».

La respuesta llegó menos de un minuto después.

«No salgas sin la documentación. Creemos que alguien dentro está destruyendo pruebas».

Miré hacia la puerta.

Demasiado tarde.

Alguien ya estaba intentando destruirme a mí.

A la mañana siguiente, Beatriz me esperaba en el vestíbulo con mi maleta.

—Tu coche llegará en veinte minutos.

—No tengo coche.

—Entonces caminarás hasta la carretera.

Sonrió.

—Las mujeres como tú siempre encuentran la manera de sobrevivir.

Adrián apareció detrás de ella.

Traje oscuro. Rostro cansado.

—Beatriz, déjanos solos.

Ella se volvió.

—¿Perdón?

—He dicho que nos dejes solos.

Por primera vez vi algo parecido a miedo en sus ojos.

Pero obedeció.

Cuando desapareció por el corredor, Adrián se acercó.

—¿Quién eres?

—Elena Ruiz.

—No.

Su voz fue apenas un murmullo.

—Ayer, cuando Vega te llamó mamá, pensé que era una casualidad. Después recordé tu cara.

Mi respiración se detuvo.

—¿Dónde me había visto?

Adrián abrió una gaveta de la consola.

Sacó una fotografía.

Alba.

Era casi idéntica a mí.

No solo parecida.

Era como mirar una fotografía de mí misma tomada en otra vida.

—Alba tenía una cicatriz detrás de la oreja —dijo Adrián—. Tú no.

Guardé silencio.

—Así que pregunto otra vez. ¿Quién eres?

No tenía sentido mentir.

—Lucía Ferrer.

Adrián cerró los ojos.

—Dios mío.

—¿Conocías ese nombre?

Tardó demasiado en responder.

—Sí.

El mundo pareció inclinarse.

—Entonces sabías que Alba tenía una hermana.

—Lo descubrí después de su muerte.

—¿Cómo?

Adrián miró hacia la escalera.

—En sus documentos.

—¿Qué documentos?

—Los mismos por los que creo que murió.

Aquellas palabras cambiaron todo.

—Me dijiste que murió por tu culpa.

—Porque la noche que murió me llamó.

Su voz se quebró.

—Me pidió que fuera a buscarla. Dijo que había descubierto algo sobre la herencia de nuestra madre. Yo estaba en una reunión. Le dije que dejara de imaginar conspiraciones.

Bajó la mirada.

—Dos horas después, estaba muerta.

Sentí dolor, pero lo convertí en una pregunta.

—¿Accidente?

—Eso dijeron.

—¿Y tú lo creíste?

—Durante tres días.

Adrián me condujo hasta su despacho y cerró la puerta.

Sacó una caja metálica escondida detrás de varios libros.

Dentro había un cuaderno.

Reconocí inmediatamente la letra de Alba por las muestras que había estudiado durante meses.

En la primera página había una frase:

«Si me ocurre algo, Beatriz sabe por qué».

Levanté la vista.

—¿Y aun así vas a casarte con ella?

Adrián pareció avergonzado.

—No era así al principio.

—Eso no responde.

—Beatriz controla parte del fideicomiso de Vega. Si rompo el compromiso sin pruebas, puede solicitar judicialmente apartarme como tutor alegando inestabilidad.

Comprendí entonces la verdadera prisión de aquella casa.

No era Adrián quien controlaba todo.

Beatriz había construido una red donde cada persona dependía de ella.

—¿Qué descubrió Alba?

Adrián abrió el cuaderno.

Varias páginas habían sido arrancadas.

—Que alguien llevaba años moviendo bienes de la familia hacia sociedades privadas.

—¿Cuánto dinero?

—Cientos de millones.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién tenía acceso?

—Beatriz administraba las cuentas.

—Eso es motivo.

—No suficiente para probar homicidio.

—Pero sí fraude.

Adrián me observó.

—Hablas como abogada.

Error.

Pequeño.

Irreversible.

—Porque lo soy.

Sus ojos se endurecieron.

—Así que todo esto era una investigación.

Asentí.

—¿Y yo?

—Al principio eras sospechoso.

Aquello pareció dolerle más de lo que esperaba.

—¿Y ahora?

—Ahora no lo sé.

Antes de que pudiera responder, escuchamos un golpe.

La puerta.

Alguien había estado afuera.

Adrián la abrió de inmediato.

El pasillo estaba vacío.

Pero sobre el suelo había un sobre.

Sin nombre.

Dentro encontramos una fotografía.

Era yo.

Tomada tres días antes.

Entrando en las oficinas de la fiscalía de Madrid.

Mi identidad estaba descubierta.

Adrián palideció.

—Tienes que irte.

—No sin Vega.

—Vega se queda conmigo.

—Si Beatriz sabe quién soy, la niña está en peligro.

—No permitiré que le pase nada.

Lo miré fijamente.

—Alba también confió en que podrías protegerla.

El golpe fue cruel.

Pero necesario.

Adrián cerró los ojos.

Entonces escuchamos a Vega llorar desde el piso superior.

Corrimos.

La habitación estaba vacía.

La cuna también.

—¡Vega!

Adrián abrió el armario, el baño, incluso la terraza.

Nada.

Sobre la almohada había un teléfono.

Comenzó a sonar.

Adrián activó el altavoz.

La voz de Beatriz llenó la habitación.

—Sabía que tarde o temprano ibas a descubrir quién era Elena.

—¿Dónde está Vega? —gruñó Adrián.

Beatriz se rio suavemente.

—Con alguien de confianza.

—Si le haces daño…

—Siempre amenazas demasiado pronto.

Entonces habló directamente conmigo.

—Lucía Ferrer. La gemela muerta que decidió regresar.

Sentí un escalofrío.

—¿Tú falsificaste mi certificado?

Silencio.

Después:

—Yo no tenía edad suficiente cuando eso ocurrió.

Mi corazón se detuvo.

Eso significaba que la mentira había empezado décadas antes.

Mucho antes que Beatriz.

—¿Quién lo hizo?

—Ven sola y quizá te lo diga.

—¿Dónde?

—La vieja casa de los Valcárcel.

Adrián negó con la cabeza.

—No irás.

La voz de Beatriz continuó.

—Y trae el informe genético.

Después colgó.

Adrián llamó a seguridad.

Nadie respondió.

Corrió hacia las cámaras.

Todas estaban apagadas.

—Esto estaba preparado —dije.

Entonces mi teléfono recibió un archivo.

Una fotografía reciente.

Vega dormía en brazos de una mujer anciana.

Amplié la imagen.

La mujer llevaba un colgante de plata.

El mismo colgante que aparecía en la única fotografía que conservaba de la mujer que supuestamente había muerto al darme a luz.

Mi madre.

Debajo de la imagen había un mensaje.

«Alba descubrió que su madre seguía viva».

Sentí que las piernas me fallaban.

Adrián leyó por encima de mi hombro.

—Lucía…

Pero apareció un segundo mensaje.

Y esta vez solo contenía seis palabras:

«Ella eligió quedarse con Alba, no contigo».

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