A las ocho de la mañana siguiente, Alonso despertó convencido de que había ganado.
Yo estaba sentada en una cafetería de Polanco frente a Tomás, mi abogado, revisando una carpeta que podía destruir esa ilusión en menos de diez minutos.
—La supuesta cesión es falsa —dijo—. Y cometieron otro error.
—¿Cuál?
Tomás deslizó una copia hacia mí.
—Intentaron registrar la operación ayer por la tarde.
Miré la firma que supuestamente era mía.
—Entonces ya no pueden decir que solo era una broma familiar.
—Exactamente.
Tomás cerró la carpeta.
—La solicitud de inscripción quedó bloqueada. La notaría tendrá que explicar cómo apareció tu firma en un documento que nunca autorizaste.
Mi teléfono vibró.
ALONSO.
No contesté.
Llegó un mensaje.
Tus cosas estarán en la entrada hasta las doce. Después las tiramos.
Tomás leyó mi expresión.
—¿Quieres que solicitemos medidas sobre la casa?
—Sí.
—Abril, legalmente él nunca pudo venderla.
—Lo sé.
Guardé el teléfono.
—Pero todavía no quiero que lo sepa.
Tomás sonrió.
—Entonces tenemos otro asunto.
Sacó una segunda carpeta.
En la portada aparecía el nombre de la empresa donde Alonso trabajaba.
VÉRTICE CAPITAL INMOBILIARIO.
—La adquisición se firma hoy —dijo.
—¿El consejo aprobó todo?
—Por unanimidad.
Durante tres meses, mi grupo familiar había negociado la compra de una participación mayoritaria de Vértice mediante sociedades que Alonso jamás había relacionado conmigo.
Él sabía que mi apellido era Cárdenas.
Lo que nunca se molestó en investigar era qué significaba.
Para Alonso, yo siempre había sido Abril, la mujer discreta de Querétaro que tuvo suerte de casarse con él.
Nunca preguntó por qué mi padre recibía llamadas de bancos internacionales.
Nunca quiso conocer realmente mi trabajo.
Y cuando le dije que administraba inversiones familiares, se rio.
—Entonces ya está —dije.
Tomás asintió.
—A partir del mediodía, tu familia controla Vértice.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un número desconocido.
Contesté.
—¿Señora Cárdenas?
—Sí.
—Habla Regina Soto.
Tomás levantó las cejas.
Activé el altavoz.
—¿Qué necesitas, Regina?
Su voz ya no tenía la arrogancia de la noche anterior.
—Mi cuenta está bloqueada.
—¿Y?
—El banco dice que existe una revisión relacionada con una operación patrimonial.
—Entonces deberías hablar con tu banco.
—¡Alonso dice que tú hiciste esto!
—Alonso dice muchas cosas.
Silencio.
—Devuélveme mi dinero.
—Yo no tengo tu dinero.
—No puedo usar mis tarjetas.
—Entonces quizá no debiste aceptar una propiedad mediante documentos cuestionables.
Regina respiró con fuerza.
—¿Me estás amenazando?
—No.
Miré a Tomás.
—Te estoy aconsejando que consigas un abogado.
Colgué.
Tomás soltó una pequeña carcajada.
—Eso fue rápido.
—Ella todavía cree que este problema es una cuenta bancaria.
No lo era.
El verdadero problema estaba sentado en una sala de juntas en Santa Fe.
A las doce y cinco, Alonso entró en aquella reunión esperando presentar las cifras trimestrales.
En cambio, encontró al presidente de Vértice acompañado por varios abogados.
Y una pantalla con un nuevo logotipo.
GRUPO CÁRDENAS.
—¿Qué significa esto? —preguntó Alonso.
El presidente acomodó sus papeles.
—La adquisición se completó esta mañana.
Alonso sonrió.
—Excelente. Entonces conoceremos a los nuevos inversionistas.
—No exactamente.
La puerta se abrió.
Entré.
La expresión de Alonso fue inolvidable.
—¿Abril?
No respondí inmediatamente.
Tomé asiento al otro extremo de la mesa.
Tomás se sentó a mi derecha.
—¿Qué haces aquí?
El presidente intervino.
—Señor Valdés, la señora Cárdenas representa al accionista controlador.
Alonso soltó una risa.
Nadie lo acompañó.
—¿Ella?
Me miró.
—Esto es ridículo.
Abrí una carpeta.
—Buenos días, Alonso.
—Deja de jugar.
—No estoy jugando.
Deslicé un documento hacia él.
Leyó el nombre de la sociedad.
Luego mi nombre.
Después el porcentaje de participación.
Su rostro comenzó a cambiar.
—¿Desde cuándo?
—La operación empezó hace meses.
—¿Tú compraste Vértice?
—Mi grupo adquirió el control.
Se levantó.

—¡Soy director comercial de esta empresa!
—Por ahora.
Aquellas dos palabras lo hicieron sentarse.
—No puedes despedirme por problemas matrimoniales.
—Correcto.
Abrí otra carpeta.
—Por eso no hablaremos de nuestro matrimonio.
Los abogados distribuyeron documentos.
Había facturas.
Comisiones.
Pagos.
Operaciones aprobadas por Alonso.
Su arrogancia desapareció.
—¿Qué es esto?
—Una auditoría preliminar.
El presidente habló.
—Detectamos irregularidades en varias operaciones comerciales bajo su dirección.
—¡Eso es mentira!
—Entonces podrá explicarlas.
Alonso me señaló.
—Ella está haciendo esto por venganza.
—No —respondí—. Si quisiera vengarme, habría entrado anoche al comedor y te habría dicho quién era.
Me incliné ligeramente.
—Preferí dejar que terminaras de cometer tus propios errores.
La reunión concluyó con Alonso suspendido mientras se realizaba una auditoría formal.
Cuando salimos, me siguió hasta el elevador.
—Abril.
Continué caminando.
—¡Abril!
Me tomó del brazo.
Tomás dio un paso adelante.
Alonso me soltó inmediatamente.
—Tenemos que hablar.
—Habla con mi abogado.
—Soy tu marido.
Lo miré.
—Ayer parecía que eso te daba vergüenza.
Las puertas del elevador se abrieron.
Antes de entrar, Alonso murmuró:
—La casa sigue siendo de Regina.
Saqué la moneda de un peso del bolso.
La sostuve entre dos dedos.
—No.
—Firmé la venta.
—Vendiste algo que nunca fue tuyo.
Su rostro se congeló.
—¿Qué?
—Compré esa propiedad cuatro años antes de conocerte. Está dentro de una estructura patrimonial separada. Nunca formó parte de nuestros bienes matrimoniales.
—Pero los documentos…
—¿Mi firma?
Sonreí.
—Precisamente.
Alonso palideció.
Aquella tarde regresé a Lomas de Chapultepec acompañada por Tomás y un notario.
Regina estaba en el salón.
Había llevado seis maletas.
Gloria bebía café en mi sofá.
Paulina revisaba mis cuadros como si estuviera escogiendo cuáles llevarse.
Cuando entré, todos guardaron silencio.
Regina se levantó.
—¿Qué haces aquí?
Dejé la moneda sobre la mesa.
—Vengo por mi casa.
Gloria se rio.
—Alonso te la quitó.
Tomás entregó una copia certificada de la escritura.
Gloria leyó.
Su sonrisa desapareció.
—Esto tiene que ser falso.
—No lo es.
Regina miró a Alonso.
—Me dijiste que era tuya.
—Yo creía…
—¿Creías?
Entonces sonó el timbre.
Dos personas esperaban afuera.
Una era funcionaria de la notaría.
El otro hombre mostró su identificación y pidió hablar con Alonso sobre la documentación presentada para transferir la propiedad.
Regina comenzó a llorar.
—Yo no falsifiqué nada. Alonso me dijo que Abril había firmado.
Alonso la miró con furia.
—Cállate.
—¡No voy a meterme en problemas por ti!
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Regina corrió hacia una de sus maletas.
Sacó una computadora portátil.
—Tengo pruebas.
Alonso perdió el color.
—Regina.
Ella retrocedió.
—Tengo mensajes. Correos. Todo.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Sé que no voy a cargar con esto sola.
Regina abrió la computadora.
—Abril, la casa no era lo único que Alonso quería poner a mi nombre.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué más?
Regina buscó una carpeta.
Alonso avanzó hacia ella, pero Tomás se interpuso.
La pantalla mostró una lista de sociedades.
Reconocí inmediatamente dos.
Pertenecían a Grupo Cárdenas.
Sentí un escalofrío.
—¿De dónde sacó Alonso estos nombres?
Regina negó con la cabeza.
—No fue Alonso quien me los dio.
—Entonces ¿quién?
Miró hacia Gloria.
Mi suegra dejó lentamente la taza sobre la mesa.
Regina tragó saliva.
—Ella.
Todos miramos a Gloria.
Pero Gloria no parecía sorprendida.
Sonrió.
—Ya era hora de que Abril descubriera que este matrimonio nunca empezó por amor.
Sentí que el aire abandonaba la habitación.
—¿Qué estás diciendo?
Gloria me sostuvo la mirada.
—Alonso no te conoció por casualidad.
Y entonces comprendí que la infidelidad, la casa y la firma falsificada quizá solo eran la superficie.
Alguien había entrado en mi vida seis años atrás sabiendo exactamente quién era yo y cuánto valía mi familia.