PARTE 2: LA CARTA QUE LO DEJÓ SIN NADA

Patricia se marchó veinte minutos después.

Antes de cerrar la puerta, me tomó del brazo.

—Claudia, hay algo más. Esa mujer lleva meses viviendo ahí casi todos los fines de semana.

—¿Cómo se llama?

—Vanessa Robles.

Sentí un escalofrío.

Ese nombre sí lo conocía.

Corrí al estudio, abrí la carpeta verde y saqué los tres estados de cuenta.

Ahí estaba.

VANESSA ROBLES.

Armando le había transferido ciento ochenta mil pesos en cuatro meses.

Doña Rebeca apareció detrás de mí.

—No empieces con tus dramas.

Me volví lentamente.

—¿También sabías del dinero?

—Armando trabaja. Puede gastar en quien quiera.

—Ese dinero salió de una cuenta conjunta.

—Todo lo que tienes es gracias a mi hijo.

Casi me reí.

—¿Eso te dijo?

Rebeca frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

No respondí.

Tomé fotografías de todos los documentos y se las envié a Laura.

Su llamada llegó cinco minutos después.

—No firmes nada, no abandones voluntariamente ninguna propiedad y guarda los originales fuera de casa.

—¿Y las transferencias?

—Las revisaremos. Pero esa carta de Armando reconociendo el origen de los dos millones setecientos mil pesos puede ser muy importante.

Miré hacia el pasillo.

—Laura, quiero hacerlo.

—¿Estás segura?

Pensé en el sartén sobre mi almohada.

En las fotografías.

En mi cumpleaños olvidado.

En dos años escuchando que yo debía ser más paciente.

—Sí.

—Quiero el divorcio.

Aquella noche no cociné.

Pedí mi comida favorita, compré un pequeño pastel y coloqué una vela encima.

Rebeca me observó indignada.

—¿Y Armando?

—Puede pedir comida.

—¡Es tu marido!

—Por unas horas más.

Su rostro cambió.

—¿Qué dijiste?

Sonó la puerta antes de que pudiera repetirlo.

Armando entró.

Y lo primero que percibí fue el perfume.

Dulce.

Intenso.

El mismo que Patricia me había dicho que Vanessa utilizaba.

Armando dejó las llaves sobre la mesa.

—Feliz cumpleaños.

Sacó una bolsa de una tienda.

—Te traje algo.

Miré dentro.

Una bufanda.

Ni siquiera era de mi estilo.

—Gracias.

Rebeca corrió hacia él.

—Hijo, tu esposa lleva todo el día comportándose como una loca.

—Mamá…

—¡No cocinó! Y una chismosa vino con fotografías de Valle de Bravo.

Armando se quedó inmóvil.

Solo durante un segundo.

Pero lo vi.

—¿Qué fotografías?

Saqué una de la carpeta.

La puse sobre la mesa.

Él y Vanessa besándose.

—Esa.

Armando observó la imagen.

Después me miró.

—Puedo explicarlo.

—Adelante.

—Fue un error.

—¿Cuál de las veces?

—Claudia…

Puse las demás fotografías sobre la mesa.

—¿La terraza fue un error? ¿La cocina? ¿Los fines de semana? ¿Los ciento ochenta mil pesos?

Rebeca intervino.

—¡No interrogues a mi hijo como si fuera delincuente!

Armando levantó una mano.

—Mamá, déjanos solos.

—No pienso dejarte con ella así.

Lo miré.

—Que se quede.

Armando suspiró.

—Vanessa y yo atravesamos algo complicado. Tú estabas trabajando todo el tiempo.

—Soy enfermera.

—Exacto. Nunca estabas.

—Porque alguien tenía que pagar las cuentas cuando tu negocio empezó a fallar.

Su rostro se endureció.

—No metas mi empresa.

—Tú metiste nuestro dinero.

Saqué los estados de cuenta.

Entonces vi verdadero miedo.

—¿Dónde conseguiste eso?

—¿Por qué importa?

Armando intentó tomar los papeles.

Los retiré.

—Son cuentas privadas.

—Una está vinculada a dinero matrimonial.

—No entiendes de finanzas.

Aquello fue casi gracioso.

—Tal vez deberías recordar quién revisaba tus declaraciones cuando tu contador renunció.

Rebeca golpeó la mesa.

—¡Basta! Si vas a divorciarte, vete. Esta casa es de Armando.

Esperé precisamente esa frase.

Abrí la carpeta verde.

—No.

Saqué la carta.

Armando dejó de respirar.

—¿Todavía tienes eso?

Rebeca miró a su hijo.

—¿Qué cosa?

Leí:

—“Yo, Armando Salazar, reconozco que la cantidad de dos millones setecientos mil pesos utilizada para adquirir la propiedad proviene exclusivamente de recursos heredados por mi esposa Claudia…”

—Dámela —dijo Armando.

—No.

—Esa carta no significa nada.

—Entonces ¿por qué estás nervioso?

Rebeca le arrebató una copia.

Leyó rápidamente.

—Pero la escritura está a nombre de los dos.

—Precisamente por eso hablarán los abogados.

Mi teléfono vibró.

Era Laura.

“Ya revisé lo que me mandaste. No muevas dinero. Hay algo raro en una de las cuentas.”

Levanté la mirada hacia Armando.

—¿Qué hiciste?

—¿De qué hablas?

—Vanessa recibió dinero. Pero hay otros retiros mucho mayores.

Su mandíbula se tensó.

—Son asuntos de negocios.

—Entonces podrás justificarlos.

—No tienes derecho a revisar mis cosas.

—Cuando afectan nuestro patrimonio, sí tengo derecho a preguntar.

Armando comenzó a caminar por la sala.

—Escúchame. Estás alterada. Mañana hablamos.

—Mañana hablarás con Laura.

Se detuvo.

—¿Quién?

—Mi abogada.

El silencio cayó sobre la casa.

—¿Ya contrataste una abogada?

—Esta tarde.

Rebeca soltó un grito.

—¡Después de todo lo que esta familia hizo por ti!

Me puse de pie.

—¿Quieres saber qué hizo esta familia por mí?

Señalé el dormitorio.

—Esta mañana me arrojaste un sartén porque no quise cocinar el día de mi cumpleaños.

Luego señalé a Armando.

—Y él pasó el fin de semana con otra mujer en una casa que pagué con la herencia de mi abuela.

Tomé mi pastel.

—Creo que estamos a mano.

Armando se acercó.

—Claudia, piensa bien lo que estás haciendo.

—Lo hice durante dos años.

—Puedes perder mucho.

—Tú también.

Aquello lo hizo callar.

Entonces mi teléfono sonó.

Laura.

Contesté.

—Dime.

—Necesito que estés sola.

Miré a Armando.

—No puedo.

Laura guardó silencio unos segundos.

—Entonces no reacciones cuando te diga esto.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—Estoy escuchando.

—Una de las cuentas que encontraste no pertenece directamente a Armando.

—¿A quién pertenece?

—A una sociedad.

—¿Qué sociedad?

Escuché cómo Laura pasaba páginas.

—Una empresa creada hace dieciocho meses. Armando figura como administrador.

Miré a mi esposo.

Él ya sabía.

—¿Y Vanessa?

—También aparece.

Cerré los ojos.

Pero Laura continuó:

—Claudia, eso no es lo grave.

—Entonces ¿qué?

—Encontré depósitos procedentes de la venta de activos relacionados con la casa de Valle de Bravo.

Sentí frío.

—No entiendo.

—Hay documentos que indican que intentaron utilizar esa propiedad como garantía para obtener financiamiento.

Miré a Armando.

—¿Hipotecaste la casa?

Su rostro se volvió blanco.

Rebeca miró a su hijo.

—Armando…

Él no respondió.

Laura continuó:

—Necesito revisar los originales mañana. Pero hay otra cosa.

—¿Cuál?

—La firma utilizada para autorizar parte de la operación está a tu nombre.

Me quedé inmóvil.

—Yo nunca firmé nada.

—Eso pensé.

Armando retrocedió.

Y entonces comprendí por qué aquella carta le daba tanto miedo.

No se trataba solamente del divorcio.

Si mi firma había sido falsificada, las fotografías de Vanessa eran el menor de sus problemas.

—Armando —dije lentamente—, ¿qué firmaste en mi nombre?

Rebeca se volvió hacia él.

—Hijo, contéstale.

Pero Armando no me miraba.

Miraba la carpeta verde.

De pronto avanzó para arrebatármela.

Me aparté.

Los documentos cayeron al suelo.

Y de entre ellos salió una hoja que yo no recordaba haber guardado.

Armando se quedó paralizado.

La recogí.

Era una copia de un contrato.

En la última página aparecían tres nombres.

El mío.

El de Armando.

Y el de una tercera persona.

Doña Rebeca Salazar.

Levanté los ojos hacia mi suegra.

Su expresión había cambiado por completo.

—¿Qué es esto?

Rebeca no respondió.

Armando cerró los ojos.

Y entonces comprendí algo mucho peor.

Mi suegra no había estado defendiendo la infidelidad de su hijo por ignorancia.

Sabía de las cuentas.

Sabía de Vanessa.

Y, por alguna razón que todavía no entendía, también aparecía vinculada al documento que llevaba mi firma falsificada.

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