El elevador descendió en silencio.
Cuando las puertas se abrieron, Mariana entró en una habitación que parecía pertenecer a otra casa.
Trajes perfectamente ordenados. Zapatos italianos. Documentos guardados bajo llave. Una pantalla mostraba en tiempo real los movimientos financieros de varias empresas.
En el centro había una fotografía de don Ernesto Castañeda, su abuelo.
El hombre que le había enseñado que el verdadero poder no necesitaba presumirse.
Mariana abrió el armario y eligió un vestido negro de líneas sencillas. Se recogió el cabello, cubrió la pequeña cortada de su dedo y tomó una carpeta.
Su teléfono vibró.
—Presidenta —dijo una voz—, el Consejo completo ya está en la gala. ¿Confirmamos su asistencia?
Mariana contempló su reflejo.
—Confírmala.
—¿Desea entrada privada?
Pensó en Diego entrando orgullosamente con Valeria del brazo.
—No. Esta noche entraré por la puerta principal.
El antiguo palacio estaba iluminado como si esperara a la realeza.
Diego caminaba entre empresarios con Valeria aferrada a su brazo.
—Señor Alvarado —lo saludó un inversionista—. Escuché que busca financiamiento para expandirse a Sudamérica.
Diego sonrió.
—Estamos negociando con gente importante.
Lo que no dijo era que su empresa tenía problemas.
Dos proyectos habían fracasado, un crédito vencía en pocas semanas y necesitaba desesperadamente la inversión del Consejo Castañeda.
Por eso aquella gala era tan importante.
Valeria sonrió.
—Diego sabe conseguir lo que quiere.
Doña Leonor, detrás de ellos, parecía encantada.
—Mi hijo siempre estuvo destinado a grandes cosas. Solo necesitaba rodearse de las personas correctas.
Claudia levantó su copa.
—Y deshacerse de ciertos lastres.
Los tres rieron.
Entonces el presentador subió al escenario.
—Damas y caballeros, esta noche tenemos el privilegio de recibir por primera vez públicamente a la presidenta del Consejo Castañeda.
Diego enderezó la espalda.
—Por fin.
Valeria le acomodó el saco.
—Esta es nuestra oportunidad.
Las puertas principales se abrieron.
Primero entraron dos miembros del Consejo.
Después apareció Mariana.
Diego dejó de sonreír.
Valeria retiró lentamente la mano de su brazo.
Doña Leonor casi dejó caer la copa.
—¿Qué hace ella aquí?
Mariana avanzó bajo los enormes candelabros.
Nadie la detuvo.
Al contrario.
El director de la gala caminó personalmente hacia ella.
—Señora Castañeda, bienvenida.
Diego parpadeó.
—¿Señora… qué?
El director besó respetuosamente la mano de Mariana.
Las cámaras comenzaron a disparar.
—Es un honor recibirla finalmente, presidenta.
El rostro de Diego perdió todo color.
—Debe haber un error —murmuró.
Un empresario cercano lo escuchó.
—¿Error? Mariana Castañeda lleva años dirigiendo el Consejo.
Diego lo miró incrédulo.
—Ella se apellida Alvarado.
—Socialmente, quizá. Pero es nieta de Ernesto Castañeda.
Valeria se volvió hacia Diego.
—¿Nunca supiste quién era tu esposa?
Diego no respondió.
Porque no podía.
Durante ocho años había repetido que Mariana no tenía nada antes de conocerlo.
Y ahora descubría que estaba casado con la heredera de una familia cuya fortuna hacía parecer pequeña la suya.
Mariana llegó hasta ellos.
Doña Leonor reaccionó primero.
—Mariana, cariño…
Aquella palabra sonó grotesca después de años de desprecio.
Mariana levantó una ceja.
—¿Cariño?
Leonor tragó saliva.
—Debiste decirnos que vendrías.
—Diego decidió que yo no tenía suficiente presencia para acompañarlo.
Varias personas alrededor escucharon.
Diego se puso rojo.
—Mariana, podemos hablar en privado.
Ella miró a Valeria.
—¿Interrumpo algo?
Valeria soltó inmediatamente el brazo de Diego.
—Esto es estrictamente profesional.
Mariana sonrió.
—Claro. El beso frente a mi casa también debió ser parte de relaciones públicas.
Valeria palideció.
Claudia bajó el celular.
—Cuñada, estás haciendo un espectáculo.
—Todavía no.
Aquellas tres palabras hicieron que Diego sintiera verdadero miedo.
Un hombre mayor se acercó entonces con una carpeta.
—Presidenta, necesitamos su firma antes del anuncio.
Diego reconoció inmediatamente el documento.
Era su solicitud de inversión.
Había pasado cuatro meses intentando conseguir aquella reunión.
—Mariana…
Ella abrió la carpeta.
Grupo Alvarado solicitaba 40 millones de dólares.
Mariana pasó lentamente las páginas.
—Curioso.
—Puedo explicarlo —dijo Diego.
—¿Qué parte?
—La expansión.
—No me interesa la expansión.
Sacó otro documento.
—Me interesa esto.
Diego dejó de respirar.
Era un reporte financiero.
Valeria retrocedió.
—¿De dónde sacaste eso?
Mariana la miró.
—De una empresa que controla el banco donde ustedes solicitaron refinanciamiento.
Doña Leonor frunció el ceño.
—¿Qué significa?
Mariana cerró la carpeta.
—Que Grupo Alvarado no necesita dinero para expandirse.
Miró directamente a Diego.
—Necesita dinero para sobrevivir.
El murmullo se extendió.
Diego la tomó del brazo.
—Baja la voz.
Mariana miró su mano.
—Suéltame.
Él obedeció inmediatamente.
—Podemos arreglarlo.
—¿Arreglar qué? ¿Tu empresa? ¿Tu amante? ¿O los ocho años diciéndome que todo lo que tenía te lo debía a ti?
—Soy tu esposo.
—Precisamente.
El presentador pidió atención.
La ceremonia principal comenzaría.
Mariana caminó hacia el escenario.

Diego la siguió.
—Mariana, espera.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
Su voz cambió.
Ya no había arrogancia.
—Necesito esa inversión.
—Lo sé.
—Miles de empleados dependen de nosotros.
—No los utilices para esconder tus decisiones.
Diego apretó la mandíbula.
—Si rechazas el acuerdo por problemas matrimoniales, demostrarás que no eres profesional.
Mariana sonrió.
—¿Quién dijo que pienso rechazarlo por nuestro matrimonio?
Subió al escenario.
El salón quedó en silencio.
—Durante años —comenzó— decidí mantener mi identidad fuera de los medios porque creía que una persona debía ser juzgada por sus acciones, no por su apellido.
Diego la observaba desde abajo.
—Esta noche nuestro Consejo anunciará nuevas inversiones.
Valeria le susurró:
—Tal vez todavía firme.
Entonces Mariana abrió la carpeta.
—También anunciamos una auditoría extraordinaria relacionada con una compañía que solicitó cuarenta millones de dólares.
Diego se quedó inmóvil.
—Hemos encontrado transferencias que requieren explicación.
Valeria comenzó a caminar hacia la salida.
Mariana la vio.
—Señorita Ríos.
Valeria se detuvo.
—Le recomiendo quedarse.
Dos abogados aparecieron junto a las puertas.
Mariana levantó otro documento.
—Porque algunas transferencias fueron autorizadas desde su cuenta corporativa.
Valeria miró a Diego.
—Me dijiste que nadie descubriría eso.
El salón entero pareció contener el aliento.
Diego giró hacia ella.
—¡Cállate!
Demasiado tarde.
Mariana sintió que algo encajaba.
Aquello era más grande que una infidelidad.
—¿Qué no debía descubrir nadie? —preguntó.
Valeria comenzó a llorar.
Diego intentó acercarse.
—No digas nada.
Entonces uno de los abogados entregó a Mariana un sobre.
—Presidenta, esto llegó hace veinte minutos. Es sobre Grupo Alvarado.
Mariana lo abrió.
Dentro había fotografías, contratos y una copia de una transferencia.
Pero fue el nombre del beneficiario lo que hizo que sus manos comenzaran a temblar.
No era Valeria.
No era Diego.
Era doña Leonor.
Mariana levantó lentamente la mirada hacia su suegra.
Leonor ya no parecía sorprendida.
Sonreía.
—Por fin lo descubriste —dijo.
Diego la miró desconcertado.
—Mamá… ¿qué hiciste?
Leonor dejó su copa sobre una mesa.
—Lo que tú nunca tuviste el valor de hacer.
Mariana bajó la vista hacia el último documento.
Y entonces comprendió por qué la fecha le resultaba familiar.
La primera transferencia había sido realizada exactamente tres días antes de su boda con Diego.
Pero debajo aparecía algo todavía peor.
Una cláusula relacionada con su matrimonio.
Una cláusula que Mariana jamás había firmado.
Levantó los ojos.
—¿Quién falsificó mi firma?
Leonor sonrió.
—Esa no es la pregunta correcta.
—Entonces dime cuál es.
Su suegra dio un paso hacia ella.
—Pregúntale a tu esposo por qué se casó contigo.
Mariana giró hacia Diego.
Él estaba completamente pálido.
Y por primera vez en ocho años, no pudo sostenerle la mirada.