Alejandro llegó al despacho de Ricardo antes de las ocho.
No había dormido.
—Dime dónde está Mariana.
Ricardo cerró la puerta.
—Siéntate.
—No quiero sentarme. Quiero a mi hijo.
—Entonces vas a escucharme.
Sobre el escritorio había una carpeta gris.
Ricardo la abrió.
—Mariana vino a verme hace tres semanas.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No sabía que yo era tu abogado personal. Solicitó una consulta sobre protección patrimonial y custodia.
—¿Custodia?
—Tenía miedo de que intentaras quitarle a Mateo si te dejaba.
Alejandro soltó una risa incrédula.
—Ella no tiene dinero para enfrentarme.
Ricardo lo miró con una expresión extraña.
—Ese es precisamente uno de tus problemas. Nunca supiste realmente con quién estabas casado.
Sacó varias fotografías.
Alejandro reconoció inmediatamente a Valeria.
Hotel.
Restaurante.
Estacionamiento.
Incluso una imagen de ambos besándose dentro de su automóvil.
—¿Me siguió?
—Durante seis semanas.
Alejandro lanzó las fotografías sobre el escritorio.
—Una infidelidad no le da derecho a desaparecer con mi hijo.
—Esto no se trata únicamente de Valeria.
Ricardo colocó otro documento frente a él.
Era un estado de cuenta de Grupo Santillán.
Alejandro sintió un vacío en el estómago.
—¿Dónde consiguió esto?
—Explícamelo tú.
Había transferencias hacia una empresa llamada MR Consultores.
Una.
Dos.
Once.
En total, casi nueve millones de pesos.
—Son gastos empresariales.
—La empresa está registrada a nombre de Valeria Rivas.
Silencio.
Ricardo continuó:
—Y Mariana encontró algo todavía peor.
Sacó una copia de un correo electrónico.
Alejandro reconoció su propia dirección.
También reconoció el mensaje enviado cuatro meses antes a su contador:
“Mueve las propiedades antes de que Mariana descubra cuánto tenemos realmente. Si alguna vez pide el divorcio, quiero que legalmente parezca que no poseo nada.”
Alejandro sintió que el cuello de la camisa lo ahogaba.
—Eso está fuera de contexto.
—No existe un contexto favorable para esa frase.
—¿Qué quiere Mariana?
—Seguridad.
—¿Dinero?
Ricardo negó.
—No.
Eso lo desconcertó más.
—Entonces ¿qué?
—Que no puedas usar tu dinero para aplastarla.
Alejandro caminó hacia la ventana.
—Voy a encontrarla.
—No te recomiendo hacerlo.
—Es mi esposa.
—Era tu esposa cuando dormías con Valeria.
Alejandro giró furioso.
—¡Tú trabajas para mí!
—Precisamente por eso te estoy diciendo que cierres la boca y escuches.
Ricardo abrió la última sección.
—Ayer Mariana presentó formalmente la solicitud de divorcio.
Alejandro sintió un golpe seco en el pecho.
Aunque había pasado meses engañándola, nunca había imaginado que ella pudiera ser quien terminara el matrimonio.
—También pidió medidas provisionales respecto a Mateo.
—Voy a pelear la custodia.
—Puedes hacerlo.
Ricardo juntó las manos.
—Pero primero deberías saber que documentó prácticamente todo.
Consultas pediátricas a las que nunca asististe.
Noches en que no regresaste.
Mensajes ignorados mientras Mateo tenía fiebre.
Pagos del hotel.
Transferencias.
Fotografías.
—Llevaba semanas construyendo el expediente.
Alejandro recordó la casa silenciosa.
La nota.
El armario vacío.
Mariana no había huido. Había ejecutado una salida.
Su teléfono vibró.
Valeria.
Rechazó la llamada.
Ricardo lo notó.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Las transferencias.
—Ya hablamos de eso.
—No de todas.
Ricardo giró la computadora.
Una operación de dos millones y medio había salido de una cuenta que Alejandro reconocía perfectamente.
—Esa cuenta es de Mateo.
—Exactamente.
Alejandro palideció.
Era un fondo que habían creado después del nacimiento.
—Yo iba a devolverlo.
—¿Mariana lo sabía?
No respondió.
Ricardo se recostó.
—Entonces deja de preguntarme por qué se fue.
A las once, Alejandro regresó a casa.
Por primera vez entendió lo vacía que estaba.
Abrió el refrigerador.
Habían desaparecido la leche materna almacenada, las medicinas del bebé y los pequeños recipientes que Mariana etiquetaba cuidadosamente.
En el dormitorio encontró algo que no había visto.
Una segunda nota dentro del cajón.
No estaba dirigida a él.
Decía:
“Para Mateo, cuando seas mayor.”
Alejandro extendió la mano.
Pero antes de tocarla, escuchó la puerta principal.
Valeria entró usando su propia llave.
—Tenemos un problema.
Alejandro miró la llave.
—¿Desde cuándo tienes eso?
—Tú me la diste.
Lo había olvidado.
—Mariana sabe de las transferencias.
Valeria se quedó blanca.
—¿Cuáles?
Aquella respuesta hizo que Alejandro levantara la cabeza.
—¿Cuántas hay?
—Alejandro…

—¿Cuántas?
Valeria cerró la puerta.
—Tenemos que salir del país unos días.
—¿Qué hiciste?
—Lo que tú me pediste.
—Te pedí mover dinero de la empresa.
—Y eso hice.
—¿Entonces por qué estás asustada?
Valeria guardó silencio.
Alejandro avanzó hacia ella.
—¿Qué sabe Mariana?
—Más de lo que debería.
—¿Qué significa eso?
Valeria abrió el bolso y sacó el teléfono.
—Anoche recibí esto.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Sé quién autorizó realmente las transferencias. Tienes 48 horas para decir la verdad.”
Debajo había una fotografía.
Alejandro la amplió.
Era una imagen tomada desde el interior de un banco.
Valeria aparecía frente a una ventanilla.
A su lado había un hombre.
Alejandro lo reconoció.
—¿Mi padre?
Valeria bajó la mirada.
Don Ernesto Santillán llevaba tres años muerto.
—Explícame esto.
—No puedo.
—¡Mi padre murió antes de que comenzara nuestra relación!
—Nuestra relación sí.
Valeria levantó lentamente los ojos.
—Los negocios no.
Alejandro retrocedió.
—¿Conocías a mi padre?
Ella no respondió.
Entonces sonó el timbre.
Dos hombres esperaban fuera.
Uno llevaba un sobre.
—¿Señor Santillán?
—Sí.
—Notificación judicial.
Alejandro firmó.
Abrió el sobre.
Divorcio.
Custodia.
Preservación de activos.
Y una orden que prohibía retirar fondos de varias cuentas.
Pero había otro documento.
Una solicitud para investigar transferencias realizadas desde el patrimonio de Mateo.
—¿Qué demonios…?
Valeria miró por encima de su hombro.
Y de pronto dejó caer el bolso.
—No.
Alejandro la miró.
—¿Qué?
Ella señaló un número de cuenta.
—Esa cuenta no debería aparecer ahí.
—¿Por qué?
Valeria comenzó a retroceder.
—Porque Mariana no debería saber que existe.
Alejandro sintió que algo se le helaba por dentro.
—¿Qué hay en esa cuenta?
Valeria negó.
—Pregúntale a tu madre.
—Mi madre murió cuando yo tenía doce años.
Valeria lo miró con una mezcla de miedo y lástima.
—Eso es lo que te dijeron.
El teléfono de Alejandro sonó.
Era Ricardo.
—¿Qué pasa ahora?
—Encontramos a Mariana.
Alejandro apretó el aparato.
—¿Dónde?
—No puedo darte la dirección.
—¡Es mi hijo!
—Mateo está bien. Pero hay algo que necesitas saber antes de intentar acercarte.
—¿Qué?
Ricardo tardó unos segundos.
—Mariana no se llevó únicamente al bebé.
Alejandro miró hacia el cajón donde estaba la carta para Mateo.
—¿De qué estás hablando?
—Esta mañana entregó a las autoridades una caja de documentos que llevaba semanas reuniendo.
—¿Qué documentos?
La voz de Ricardo cambió.
—Documentos que pertenecían a tu padre.
Alejandro levantó lentamente la mirada hacia Valeria.
Ella ya estaba llorando.
—¿Cómo consiguió Mariana cosas de mi padre?
Ricardo respondió:
—Porque aparentemente alguien se las entregó.
—¿Quién?
Antes de que Ricardo pudiera contestar, Valeria susurró desde el otro lado de la habitación:
—Alejandro…
Él se giró.
Valeria sostenía la fotografía del banco.
Su dedo señalaba a una tercera persona reflejada en el cristal detrás de don Ernesto.
Una mujer.
Alejandro se acercó.
Sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
La mujer tenía el rostro de su madre.
Y la fecha impresa en la fotografía correspondía a apenas siete meses atrás.