Parte 2: LA DEUDA DE LA GUITARRA

Y si Mauricio descubre quién es realmente el niño, no sólo perderemos la casa. Va a empezar a preguntar por Isabel.

Verónica Salgado sintió que el teléfono se volvía pesado entre sus dedos.

—Ofelia, eso ocurrió hace muchos años.

—Precisamente por eso debe seguir enterrado.

La llamada terminó.

A las seis cuarenta de la mañana, Verónica cruzó las puertas de la residencia Cárdenas. Encontró a Alma preparando el desayuno mientras la vieja guitarra descansaba sobre una silla.

Verónica se quedó inmóvil al verla.

No había duda.

Era la misma guitarra.

—¿De dónde la sacaste? —preguntó.

Alma se volvió lentamente.

—Era de mi esposo.

—¿Cómo se llamaba?

El rostro de Alma se endureció.

—Gabriel Reyes.

Verónica perdió el color.

En ese momento apareció Ofelia.

—Recoge tus cosas —ordenó—. Estás despedida.

Alma apretó el paño que tenía entre las manos.

—¿Por traer a mi hijo una noche?

—Por entrar a esta familia con mentiras.

—Yo nunca mentí.

Ofelia señaló la guitarra.

—Entonces explícame eso.

Alma miró el instrumento y después a la anciana.

Por primera vez, su expresión no fue la de una empleada asustada. Fue la de una mujer que llevaba demasiado tiempo esperando aquel enfrentamiento.

—Pensé que usted no la reconocería.

El silencio cayó como una piedra.

Verónica cerró los ojos.

—Alma, por favor…

—No —respondió ella—. Ya guardé silencio suficiente.

Ofelia dio un paso hacia la guitarra.

—Dámela.

Alma se interpuso.

—Era de Gabriel.

—Tu marido está muerto.

—Y usted sabe perfectamente por qué.

Antes de que Ofelia respondiera, una voz infantil llegó desde el corredor.

—¿Mamá?

Emiliano estaba allí.

Detrás de él apareció Renata, todavía en pijama.

—Abuela, ¿por qué estás gritando?

Ofelia cambió inmediatamente de expresión.

—Nada, cariño. Alma y Emiliano se marchan.

Renata abrió los ojos.

—¿Qué?

Corrió hacia Emiliano y le sujetó la mano.

—Papá dijo que podía volver.

—Tu padre no conoce toda la situación.

—Entonces pregúntale.

—Renata…

¡No quiero que se vaya!

El grito estremeció la cocina.

Mauricio apareció segundos después.

Había bajado al escuchar las voces.

—¿Qué está pasando?

Ofelia respondió primero.

—Descubrimos que esta mujer ocultó información durante su contratación.

Mauricio miró a Alma.

—¿Qué información?

Nadie contestó.

Entonces vio la guitarra.

Verónica había intentado cubrirla con un abrigo, pero parte de la madera seguía visible.

—¿Por qué están hablando de esa guitarra?

Ofelia respiró hondo.

—Mauricio, vuelve arriba. Yo solucionaré esto.

Él soltó una risa seca.

—Tengo cuarenta y dos años, madre. No necesito que me mandes a mi habitación.

Tomó la guitarra.

En la parte posterior había una inscripción casi borrada.

G.R. — Para que algún día alguien escuche la verdad.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Quién era Gabriel Reyes?

Alma lo miró directamente.

—Mi esposo.

—¿Y qué tiene que ver con mi familia?

Ofelia golpeó el suelo con su bastón.

—Nada.

—Entonces ¿por qué quieres recuperar su guitarra?

Aquella pregunta dejó a Ofelia sin respuesta.

Mauricio miró a Verónica.

—Tú sabes algo.

La administradora bajó los ojos.

—Trabajaba para su padre cuando ocurrió.

—¿Cuando ocurrió qué?

Verónica abrió la boca.

Ofelia la interrumpió.

—Gabriel Reyes era contratista de una empresa del grupo. Hubo un accidente. Murió. Eso es todo.

Alma soltó una risa amarga.

—¿Accidente?

Emiliano apretó la mano de su madre.

Mauricio comprendió que los niños no debían escuchar aquello.

—Renata, lleva a Emiliano al jardín.

—Pero…

—Por favor.

Renata obedeció a regañadientes.

Cuando desaparecieron, Alma habló.

—Gabriel era ingeniero de mantenimiento en una de sus clínicas antiguas. Descubrió irregularidades graves en una remodelación. Materiales baratos facturados como materiales médicos certificados. Sobornos. Informes modificados.

Mauricio palideció.

—Eso es imposible.

—Él pensaba lo mismo.

Alma acarició la guitarra.

—Guardaba notas dentro porque desconfiaba de los servidores de la empresa. Decía que nadie revisaría un instrumento viejo.

Mauricio giró la guitarra entre sus manos.

—¿Dentro?

Ofelia avanzó.

—Dámela.

Mauricio retrocedió.

Y aquel pequeño movimiento fue suficiente para que Alma comprendiera que, por primera vez, Ofelia había perdido el control de su hijo.

—Gabriel iba a entregar las pruebas —continuó Alma—, pero la noche anterior recibió una llamada.

—¿De quién?

Alma miró a Ofelia.

—De esta casa.

Mauricio dejó de respirar por un instante.

—¿Estás acusando a mi madre?

—Estoy diciendo que mi marido salió después de recibir esa llamada y jamás regresó.

Ofelia levantó la barbilla.

—Tu esposo murió en un accidente automovilístico.

—Sí. Y su carpeta desapareció del vehículo.

Mauricio miró la guitarra.

—Pero las pruebas…

—Nunca las encontramos.

Entonces Verónica murmuró:

—Porque Gabriel no las dejó en el coche.

Todos se volvieron hacia ella.

Ofelia quedó blanca.

—Cállate.

—Ya no puedo.

Verónica señaló el instrumento.

Las escondió ahí.

Mauricio examinó la caja de madera.

—No hay nada.

—Porque alguien abrió la guitarra después de su muerte.

Alma quedó paralizada.

—¿Qué?

—Cuando recuperaste sus pertenencias, ya había sido manipulada.

Ofelia caminó hacia Verónica.

—Una palabra más y te destruiré.

—¿Como destruyeron a Gabriel?

La voz llegó desde la puerta.

Mauricio se volvió.

Renata estaba allí.

Y detrás de ella, Emiliano sostenía una pequeña pieza rectangular envuelta en plástico envejecido.

—La guitarra sonaba raro —dijo el niño—. Papá me enseñó que cuando algo vibra adentro hay que revisar.

Alma se llevó una mano a la boca.

—Emiliano…

—Estaba detrás de una tablita.

Mauricio tomó el paquete.

Dentro había una memoria diminuta y una fotografía doblada.

La abrió.

En la imagen aparecían Gabriel Reyes, Verónica… e Isabel, la difunta esposa de Mauricio.

—¿Qué hacía Isabel con ellos?

Nadie contestó.

Mauricio volteó la fotografía.

Había una frase escrita con la letra de su esposa:

“Mauricio jamás debe saber lo que hizo su madre hasta que podamos demostrarlo.”

El mundo pareció inclinarse bajo sus pies.

—¿Isabel sabía?

Ofelia extendió la mano.

—Hijo, dame eso.

Mauricio retrocedió.

—No me llames hijo ahora.

Subió directamente a su despacho y conectó la memoria a su computadora.

Alma, Verónica y Ofelia lo siguieron.

Aparecieron varias carpetas.

Facturas.

Grabaciones.

Fotografías.

Y una carpeta con un nombre que hizo que Mauricio sintiera un frío insoportable.

ISABEL CÁRDENAS — INFORME MÉDICO REAL.

—¿Informe real? —susurró.

Ofelia se lanzó hacia la computadora.

Mauricio la detuvo.

—¿Qué me ocultaste sobre la enfermedad de mi esposa?

Ofelia comenzó a temblar.

Mauricio abrió la carpeta.

Había un archivo de audio.

Presionó reproducir.

La voz de Isabel llenó el despacho.

Mauricio, si estás escuchando esto, significa que Gabriel tenía razón… y probablemente yo ya no estoy viva.

Mauricio quedó petrificado.

Pero antes de que pudiera escuchar la siguiente frase, Ofelia susurró detrás de él:

Apágalo. Si Renata escucha lo que su madre descubrió, jamás volverá a mirarte de la misma manera.

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