PARTE 2: CUANDO DECIDÍ DEJARLO IR.

La mujer junto a la carretera levantó la mano.

Sebastian frenó inmediatamente.

Aquello respondió todas las preguntas que todavía no había hecho.

Ella se acercó al automóvil y sonrió al verlo.

—Sebastian.

Él permaneció inmóvil.

—Camille.

Así que tenía nombre.

Camille Laurent.

La mujer por la que mi esposo acababa de terminar nuestro matrimonio.

Sus ojos pasaron de Sebastian hacia mí y finalmente descendieron hasta mi vientre.

Su sonrisa vaciló.

—No sabía que venías acompañado.

—Evelyn acaba de salir del registro conmigo —respondió Sebastian.

Camille comprendió inmediatamente.

—Entonces ya está hecho.

Sebastian no respondió.

Ella sonrió otra vez.

—Sabía que cumplirías tu promesa.

Aquellas palabras dolieron más de lo que esperaba.

No había regresado simplemente a recuperar un antiguo amor. Sebastian llevaba tiempo esperando su regreso.

Abrí la puerta.

—Evelyn, ¿qué haces? —preguntó él.

—Tomaré un taxi.

—Te llevaré a casa.

Miré a Camille.

—Tienes asuntos más importantes.

Sebastian frunció el ceño.

—No decidas por mí.

Casi sonreí.

Resultaba extraño escucharlo decir eso después de haber decidido terminar nuestro matrimonio sin preguntarme nada.

—Ya no tengo derecho a decidir por ti, señor Monroe.

Su rostro se endureció.

Salí.

Antes de cerrar la puerta, Sebastian me sujetó la mano.

—Lo que dijiste sobre el bebé…

—Tengo cita mañana.

—¿Para qué?

Lo miré directamente.

—Para decidir qué voy a hacer.

Su expresión cambió.

—Cancélala.

Camille permanecía junto al automóvil.

—Sebastian…

Él ni siquiera la miró.

—Evelyn, cancela esa cita.

Retiré mi mano.

—Ya estamos divorciados.

Cerré la puerta.

Por primera vez fui yo quien lo dejó atrás.

A la mañana siguiente, Sebastian llegó a la villa antes de las ocho.

Yo estaba empacando.

—¿Dónde vas?

—A mi apartamento.

—Esta casa ya es tuya.

—Precisamente. La pondré en venta.

Me miró como si hubiera cometido una locura.

—¿Por qué?

—No necesito una casa con siete habitaciones.

Su mirada cayó sobre las cajas.

—¿Y la habitación del bebé?

Seguí doblando ropa.

—No habrá habitación.

Sebastian cruzó la estancia y cerró mi maleta de golpe.

—Te dije que conservaras al bebé.

Levanté lentamente la vista.

—Y yo no recuerdo haberte preguntado.

Sus ojos se oscurecieron.

—También es mi hijo.

—Curioso.

Mi voz permaneció tranquila.

—Ayer estabas dispuesto a comenzar otra vida sin pensar demasiado en él.

—El divorcio no significa que vaya a abandonar a mi hijo.

—Pero significa que elegiste a Camille antes de que naciera.

Eso consiguió silenciarlo.

El timbre sonó.

Era Camille.

Entró sosteniendo una pequeña caja.

—Espero no interrumpir.

La expresión de Sebastian se volvió todavía más fría.

—¿Por qué estás aquí?

—Tu asistente dijo que habías venido.

Después me miró.

—Quería hablar con Evelyn.

—No tenemos nada que hablar —respondí.

Camille dejó la caja sobre la mesa.

—Sé que debes odiarme.

—No te conozco lo suficiente para odiarte.

La respuesta pareció incomodarla.

—Sebastian y yo estuvimos juntos antes de que tú aparecieras.

—Lo sé.

—Nos separaron nuestras familias.

—También lo sé.

—Entonces comprenderás que nuestro regreso no pretende hacerte daño.

Finalmente la miré.

—Pediste a un hombre casado que se divorciara de su esposa embarazada.

—No necesitas fingir que te preocupaba hacerme daño.

Camille palideció.

Sebastian intervino.

—Basta.

No supe si intentaba defenderla o detenerme.

Ya no me importaba.

Tomé mi bolso.

—Tengo una cita.

Sebastian se interpuso frente a la puerta.

—Voy contigo.

—No.

—Evelyn.

—Muévete.

No lo hizo.

Entonces Camille habló.

—Sebastian, déjala.

Él giró lentamente.

—¿Qué dijiste?

—Si no quiere conservarlo, es su decisión.

Vi cómo algo cambiaba en sus ojos.

Camille continuó:

—Además, quizá sea mejor. Nosotros podremos empezar desde cero.

Sebastian la miró como si acabara de escuchar a una desconocida.

—¿Nosotros?

Camille sonrió con inseguridad.

—Por eso te divorciaste, ¿no?

El silencio fue terrible.

Sebastian había pedido el divorcio por ella.

Sin embargo, ahora parecía incapaz de responder.

Me marché mientras ambos permanecían frente a frente.

No fui a interrumpir el embarazo.

Fui a otro obstetra.

Necesitaba asegurarme de que mi bebé estuviera bien antes de abandonar la ciudad.

El médico realizó el ultrasonido.

Un pequeño latido llenó la habitación.

Cerré los ojos.

Lloré en silencio.

Nunca había querido perder a mi hijo.

Solo necesitaba saber si Sebastian quería conservarlo porque realmente lo amaba o porque sus propias heridas no soportaban la idea de tener un hijo fuera del matrimonio.

Cuando salí, mi abogado me esperaba.

—La transferencia de propiedades está terminada.

Le entregué una carpeta.

—Venda todo.

—¿Todo?

—Todo lo que Sebastian me dio.

—¿Y después?

—Transfiera el dinero al fideicomiso del bebé.

Mi abogado asintió.

—¿El señor Monroe sabe que piensa marcharse?

—No.

Aquella noche apagué mi teléfono.

Dos días después dejé la ciudad.

Sebastian descubrió mi ausencia cuando llegó a la villa y encontró las habitaciones vacías.

Sobre la mesa había únicamente una copia del ultrasonido.

Detrás escribí una frase:

“Nuestro hijo nunca será ilegítimo, porque jamás crecerá creyendo que necesita tu apellido para tener un lugar en el mundo.”

Sebastian me llamó.

No contesté.

Después llamó a mi abogado.

—¿Dónde está Evelyn?

—No estoy autorizado a decirlo.

—Soy el padre de su hijo.

—Y ella no está impidiendo sus derechos legales. Simplemente no desea verlo.

Sebastian perdió el control.

Durante semanas intentó encontrarme.

Camille empezó a comprender que había recuperado al hombre que quería, pero no su corazón.

Una noche lo enfrentó.

—¿Por qué sigues buscándola?

Sebastian respondió sin apartar la mirada de la fotografía del ultrasonido.

—Porque está embarazada.

—Eso no responde mi pregunta.

Él permaneció en silencio.

Camille dejó su anillo sobre la mesa.

—Te esperé cinco años.

Sebastian cerró los ojos.

—Lo sé.

—Y ahora que finalmente me elegiste, estás obsesionado con la mujer de la que te divorciaste.

Él no pudo negarlo.

Tres meses después, mi abogado me llamó.

—Evelyn, ocurrió algo.

—¿Qué?

—Sebastian modificó su testamento.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué me importa?

—Porque dejó la mayor parte de sus acciones a su hijo.

Miré mi vientre.

—Eso no cambia nada.

—Hay algo más.

Su voz se volvió seria.

—Camille acaba de presentar documentos afirmando que está embarazada de Sebastian.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Y está exigiendo que ese bebé sea reconocido como el primer heredero Monroe.

Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta de mi apartamento.

Tres golpes.

Lentos.

Firmes.

Mi abogado preguntó:

—Evelyn, ¿esperas a alguien?

Me acerqué en silencio y miré por la mirilla.

El corazón se me detuvo.

Sebastian estaba al otro lado.

Pero no estaba solo.

Sostenía en una mano los supuestos resultados médicos de Camille.

Y cuando levantó la mirada hacia la puerta, pronunció unas palabras que jamás esperé escuchar.

—Evelyn, abre. Camille mintió sobre todo… y creo que nuestro divorcio también fue parte de su plan.

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