Parte 2: EL TESTAMENTO QUE CAMBIÓ TODO

Ernesto observó cómo los agentes colocaban las esposas en las muñecas de Daniel.

Durante años había esperado descubrir una razón concreta para desconfiar de su yerno.

Ahora la tenía frente a él.

O eso creyó.

—¡Papá, no dejes que se lo lleven sin revisar a mamá! —gritó Mariana desde la escalera—. ¡Daniel perdió el control!

Daniel tenía sangre bajándole desde la mejilla hasta el cuello de la camisa.

No forcejeó.

No insultó a Mariana.

Solo buscó los ojos de Ernesto.

—Señor Salgado, revise mi teléfono.

Ernesto endureció el rostro.

—No quiero escuchar tus mentiras.

—Entonces no me crea. Lea los mensajes.

Uno de los paramédicos pasó junto a ellos cargando a Teresa en una camilla.

Ernesto olvidó todo lo demás.

—¡Teresa!

Corrió hacia ella.

Su esposa respiraba, pero seguía inconsciente.

—Tiene que dejarnos trabajar —dijo un paramédico—. La llevaremos al hospital.

Ernesto quiso acompañarla, pero una agente lo detuvo.

—Necesitamos hacerle unas preguntas.

Mariana bajó lentamente.

Tenía lágrimas en las mejillas.

—Papá, mamá descubrió que Daniel había perdido nuestro dinero. Discutieron. Yo escuché el golpe y cuando llegué… ella estaba abajo.

Daniel levantó la cabeza.

—Eso es mentira.

—¡Cállate! —gritó Mariana.

—¿Dónde están las tijeras?

La pregunta hizo que Mariana se quedara inmóvil.

El agente que sujetaba a Daniel frunció el ceño.

—¿Qué tijeras?

Daniel señaló su herida.

—Ella me hizo esto cuando intenté llamar a emergencias.

—¡Se cortó solo!

Entonces una voz llegó desde la entrada.

—Eso no fue lo que escuché.

Don Julián estaba junto al portón.

Todos lo miraron.

—Escuché a Mariana gritarle a su madre —continuó—. Después escuché a un hombre decir que llamaría a la policía.

Mariana palideció.

—Usted estaba afuera. No vio nada.

—No. Pero escuché suficiente para llamar al 911 antes de que tu padre llegara.

El ambiente cambió.

Ya no parecía un caso sencillo.

Uno de los policías pidió revisar la casa mientras otro recogía el teléfono de Daniel.

Mariana intentó acercarse.

—Ese teléfono contiene información privada de mi matrimonio.

—Precisamente por eso puede ser importante —respondió la agente.

Daniel dio el código de desbloqueo.

Minutos después, encontraron la conversación.

“Ya no voy a encubrirte.”

“Mañana hablaré con tus padres.”

“Necesitas tratamiento.”

Después aparecieron capturas de transferencias, créditos y movimientos bancarios.

Ernesto sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué significa esto?

Daniel respiró profundamente.

—Mariana lleva años apostando.

Ernesto miró a su hija.

—¿Apostando?

—Papá, él está manipulando todo.

—¿Cuánto?

Daniel tardó en responder.

—La última pérdida fue de 2.8 millones de pesos.

Ernesto soltó una risa breve, incrédula.

—Nosotros no tenemos 2.8 millones.

—Mis padres nos ayudaron. Yo vendí mi coche. Pedí préstamos. Intenté cubrir las primeras deudas porque creí que podía ayudarla.

Mariana comenzó a llorar.

—¡Él también gastaba!

Pero la agente continuó revisando el teléfono.

Entonces encontró algo peor.

Fotografías de documentos.

Credenciales.

Solicitudes de crédito.

Una de ellas llevaba el nombre de Teresa.

Otra llevaba el de Ernesto.

Él tomó aire.

—¿Por qué aparece mi identificación ahí?

Daniel cerró los ojos.

—Porque también usó sus datos.

Ernesto miró a Mariana.

Su propia hija evitó sus ojos.

Y esa pequeña reacción fue suficiente para sembrar la primera duda verdadera.

En ese momento, uno de los policías apareció desde la cocina sosteniendo una bolsa transparente.

Dentro había unas tijeras de podar manchadas.

—Las encontramos detrás del refrigerador.

Mariana retrocedió.

—Daniel pudo ponerlas ahí.

—Estaba esposado desde que entramos —respondió el agente.

El silencio fue brutal.

Ernesto sintió náuseas.

De pronto recordó las palabras del vecino:

“Siéntate y escucha.”

Había llegado preparado para defender a su hija.

Ahora ya no sabía a quién estaba mirando.

Entonces recordó algo.

—El testamento.

Mariana levantó la cabeza demasiado rápido.

—¿Qué testamento?

Daniel la observó.

—El que tenías en las manos cuando empujaste a tu madre.

—¡Mentiroso!

Pero Ernesto ya había visto miedo en el rostro de su hija.

Los agentes comenzaron a buscar.

Encontraron varias hojas rotas cerca de la escalera.

Uno de ellos recogió cuidadosamente un fragmento.

Ernesto alcanzó a leer unas palabras:

“…ocho millones de pesos…”

Sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Qué demonios es esto?

Daniel respondió:

—Pregúntele a su esposa.


En el hospital, dos horas después, Ernesto permanecía sentado frente a la habitación de Teresa cuando llegó la licenciada Sofía Barragán, abogada de su esposa.

Ernesto la reconoció inmediatamente.

Era la mujer a quien había llamado desde la camioneta después de escuchar la advertencia de Don Julián.

Sofía llevaba un portafolio negro.

—Señor Salgado, tenemos que hablar.

—¿Sobre los ocho millones?

La abogada se detuvo.

Eso confirmó todo.

—Entonces ya encontró el testamento.

—Encontré pedazos.

Sofía se sentó frente a él.

—Su esposa heredó un terreno en San Miguel de Allende. Lo vendió hace diecinueve años y administró ese dinero en secreto.

Ernesto sintió una mezcla dolorosa de incredulidad y traición.

—Cuarenta y un años casados.

Su voz se quebró.

—Y Teresa tenía ocho millones escondidos.

—Hay una razón.

—Siempre hay una razón.

Sofía abrió el portafolio.

—El testamento establece que usted es el heredero principal.

Ernesto levantó lentamente la mirada.

—¿Yo?

—Mariana solo recibiría apoyo económico condicionado a completar tratamiento por su problema con las apuestas.

Todo comenzó a encajar.

El embarazo inexistente.

La visita de Teresa.

La discusión.

El documento roto.

Pero entonces Sofía sacó otra carpeta.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Teresa me llamó hace tres días.

Ernesto sintió un escalofrío.

—¿Para qué?

—Quería modificar el testamento.

—¿Quitarme?

—No.

Sofía abrió la carpeta.

—Quería protegerlo.

Sacó varias copias de movimientos bancarios.

Ernesto reconoció inmediatamente su nombre.

Había préstamos que jamás había solicitado.

Firmas que parecían suyas.

Y transferencias hacia cuentas desconocidas.

—¿Mariana hizo esto?

La abogada negó lentamente.

—Eso creíamos.

Ernesto la miró confundido.

—¿Creíamos?

Sofía deslizó el último documento sobre la mesa.

—Ayer descubrimos que parte del dinero perdido por Mariana no terminó en las plataformas de apuestas.

—¿Entonces dónde terminó?

La abogada señaló una cuenta receptora.

—En una empresa.

Ernesto leyó el nombre.

Se quedó inmóvil.

Lo conocía.

Había escuchado ese nombre durante años en reuniones familiares.

—No puede ser.

Antes de que Sofía respondiera, la puerta de la habitación se abrió.

Un médico apareció.

—La señora Teresa está despertando.

Ernesto entró inmediatamente.

Su esposa parecía diminuta entre las sábanas.

Se acercó y tomó su mano.

—Teresa.

Los párpados de ella temblaron.

Finalmente abrió los ojos.

—Ernesto…

—Estoy aquí.

Teresa apretó débilmente sus dedos.

—Mariana…

—La policía ya está investigando. No hables todavía.

Pero Teresa negó con desesperación.

—No entiendes.

Sus ojos buscaron a Sofía detrás de él.

—El dinero… Mariana no actuaba sola.

Ernesto sintió que se le helaba la sangre.

—¿Quién la ayudó?

Teresa abrió la boca.

Pero antes de pronunciar el nombre, Sofía miró por la ventana de la habitación.

Su rostro perdió el color.

—Ernesto…

Abajo, frente a la entrada del hospital, acababa de detenerse un automóvil negro.

Un hombre descendió.

Ernesto lo reconoció inmediatamente.

Y entonces comprendió por qué el nombre de aquella empresa le había resultado tan familiar.

Era alguien que había cenado en su mesa durante más de veinte años.

Teresa comenzó a temblar.

—No dejes que suba…

Ernesto volvió la mirada hacia ella.

—¿Quién es realmente?

Teresa apretó su mano con las pocas fuerzas que le quedaban.

Y susurró:

—El hombre que sabe que esos ocho millones nunca fueron toda la herencia.

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