Parte 2: LAS DIECISIETE LLAMADAS

Alejandro encontró a Camila inconsciente al pie de la escalera.

No perdió tiempo preguntándose dónde estaba Mateo.

Mientras los médicos estabilizaban a Camila, Alejandro sostuvo el teléfono que ella había dejado caer. En la pantalla seguía abierto el historial.

Diecisiete llamadas a Mateo.

Diecisiete intentos.

Ninguna respuesta.

—Nos vamos —ordenó Alejandro.

La ambulancia privada salió hacia el hospital mientras su equipo avisaba al obstetra de guardia.

Alejandro subió detrás.

Durante el trayecto, Camila recuperó la conciencia apenas unos segundos.

—Mi bebé…

—Los médicos están haciendo todo lo posible.

Ella abrió los ojos con dificultad.

—¿Mateo?

Alejandro no quiso mentir.

—No está aquí.

Una lágrima escapó de Camila.

Después volvió a perder el conocimiento.


A las tres de la madrugada, Alejandro permanecía frente al quirófano cuando recibió la primera noticia.

—Tenemos que hacer una intervención de emergencia —explicó el médico—. La prioridad es estabilizar a ambos.

Alejandro asintió.

—Hagan todo lo necesario.

—¿Es familiar?

La pregunta lo atravesó.

—No.

El médico lo miró.

—Necesitamos localizar al esposo.

Alejandro sacó su teléfono.

Llamó a Mateo.

Modo avión.

Otra vez.

Nada.

Finalmente llamó a uno de sus antiguos contactos.

—Encuéntralo.

Veinte minutos después recibió una fotografía.

Mateo estaba en el club.

Valeria sentada sobre sus piernas.

Una botella sobre la mesa.

Alejandro cerró los ojos.

Mientras Camila luchaba por sobrevivir, Mateo celebraba.

No volvió a llamarlo.


Mateo despertó casi al mediodía.

Tenía la cabeza pesada y a Valeria dormida a su lado en una suite del hotel conectado al club.

Encendió el teléfono.

Las notificaciones aparecieron de golpe.

17 llamadas perdidas de Camila.

9 de números desconocidos.

4 de Alejandro.

Hospital San Gabriel.

Su sonrisa desapareció.

Abrió el último mensaje.

“Su esposa fue ingresada esta madrugada. Comuníquese urgentemente.”

Mateo saltó de la cama.

—¿Qué pasa? —preguntó Valeria.

—Camila.

—Seguro está exagerando otra vez.

Mateo ya estaba vistiéndose.

—Tengo diecisiete llamadas.

Valeria se incorporó.

—Mateo, si sales corriendo cada vez que ella hace un drama, jamás vas a terminar esa relación.

Él no respondió.

Porque por primera vez recordó la última llamada.

La había rechazado mientras todos se reían.


Cuando Mateo llegó al hospital, encontró a Alejandro sentado frente a una habitación privada.

Tenía la camisa arrugada y llevaba más de diez horas despierto.

Mateo se detuvo.

—¿Qué haces aquí?

Alejandro levantó lentamente la mirada.

—Lo que tú debiste hacer.

Mateo avanzó.

—¿Dónde está mi esposa?

Alejandro se puso de pie.

—Ahora te acuerdas de que tienes esposa.

—No empieces.

—Te llamó diecisiete veces.

—No sabía qué estaba pasando.

—Precisamente por eso se contesta el teléfono.

Mateo apretó los puños.

—Quítate.

—No.

—Es mi familia.

Alejandro lo miró con una frialdad aterradora.

—Anoche no parecía importarte.

Mateo intentó pasar.

Una enfermera salió de la habitación.

—¿Señor Salazar?

—Soy el esposo.

La mujer vaciló.

—Su esposa está despierta.

Mateo soltó el aire.

—¿Y mi hijo?

La enfermera bajó la voz.

—El bebé está bajo vigilancia médica intensiva. Las próximas horas serán importantes.

Mateo palideció.

—Quiero verla.

La enfermera regresó a la habitación.

Segundos después salió.

—La señora Camila pidió que usted no entre.

Mateo quedó inmóvil.

Alejandro no dijo nada.

No necesitaba hacerlo.

—Está confundida —murmuró Mateo—. Soy su marido.

La puerta se abrió nuevamente.

Esta vez fue Camila quien habló desde la cama.

Su voz era débil.

Pero perfectamente clara.

—Déjalo entrar.

Mateo pasó.

Camila parecía diminuta entre los cables y las sábanas blancas.

—Mi amor…

—No me llames así.

Mateo se detuvo.

Camila tenía su teléfono sobre la cama.

—¿Dónde estabas?

—En una reunión.

Ella giró la pantalla.

Había una fotografía.

Mateo y Valeria en el club.

Marcaba las 12:47.

La hora de la llamada número catorce.

Mateo perdió el color.

—Puedo explicarlo.

—¿También puedes explicar las otras dieciséis?

—Camila…

—Pensé que iba a morir.

Su voz se quebró.

—Pensé que nuestro bebé iba a morir mientras tú presionabas “rechazar”.

Mateo intentó tomar su mano.

Camila la retiró.

—Vete.

—No voy a abandonarte ahora.

Ella soltó una risa amarga.

—Ya lo hiciste.


Tres días después, Camila seguía hospitalizada.

El bebé permanecía bajo observación, pero los médicos habían logrado estabilizarlo.

Mateo intentó visitarla cada día.

Camila rechazó todas las visitas.

Alejandro, en cambio, nunca se alejaba demasiado.

Eso convirtió la culpa de Mateo en rabia.

—Estabas esperando esto —le dijo una tarde en el pasillo—. Siempre quisiste quitarme lo que tengo.

Alejandro lo miró.

—No tuve que quitarte nada.

Se acercó.

—Tú lo abandonaste.

Pero Mateo todavía no comprendía hasta dónde llegaban las consecuencias.

Aquella tarde llegó un hombre de traje gris.

Era Ricardo Fuentes, abogado de la familia de Camila.

Entró en la habitación llevando una carpeta.

—Hay algo que debemos revisar.

Camila frunció el ceño.

—¿Ahora?

—Su padre dejó instrucciones específicas relacionadas con el nacimiento de su primer hijo.

Mateo, que había logrado entrar acompañado por una enfermera, escuchó desde la puerta.

El padre de Camila había muerto dos años antes.

Un empresario discreto cuya fortuna siempre había sido motivo de discusiones.

Ricardo abrió la carpeta.

—Existe un fideicomiso.

Mateo dio un paso.

—¿Qué fideicomiso?

El abogado lo ignoró.

—Su valor actual supera los ochenta millones de pesos.

Camila abrió los ojos.

Ella tampoco lo sabía.

—¿Por qué nunca me dijeron?

—Su padre estableció condiciones.

Ricardo pasó una página.

—El patrimonio debía liberarse cuando naciera su primer hijo, siempre que usted conservara capacidad plena para decidir quién administraría los bienes en caso de emergencia.

Mateo recuperó inmediatamente la voz.

—Soy su esposo. Evidentemente me corresponde.

El abogado levantó la mirada.

—No necesariamente.

Sacó otro documento.

—Anoche, cuando la señora Camila recuperó la conciencia, modificó la designación provisional.

Mateo miró a Camila.

—¿Qué hiciste?

Ella permaneció en silencio.

Ricardo continuó.

—Hasta que Camila se recupere completamente, el administrador de emergencia será la persona que ella eligió.

Mateo sintió que algo se hundía dentro de él.

—¿Quién?

La puerta se abrió.

Alejandro entró.

Ricardo colocó el documento sobre la mesa.

El nombre de Alejandro aparecía al final.

Mateo perdió el control.

—¡No puedes entregarle mi dinero!

Camila lo miró.

—Nunca fue tuyo.

—¡Soy tu esposo!

—Eras el hombre al que llamé diecisiete veces.

El silencio cayó sobre la habitación.

Pero Ricardo todavía no había terminado.

—Hay otra cuestión.

Sacó un segundo sobre.

—Mientras revisábamos el fideicomiso encontramos movimientos realizados durante los últimos once meses desde empresas vinculadas al señor Mateo Salazar.

Mateo dejó de respirar.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Movimientos de qué tipo?

Ricardo miró directamente a Mateo.

—Transferencias.

—Eso es absurdo —respondió Mateo.

—Entonces seguramente podrá explicar por qué 4.6 millones de pesos pertenecientes a una sociedad de Camila terminaron en una cuenta relacionada con Valeria Montes.

Camila se quedó completamente inmóvil.

Mateo retrocedió.

—No sabes de qué estás hablando.

Ricardo colocó sobre la cama una copia bancaria.

Camila reconoció inmediatamente la firma autorizada.

Era la de Mateo.

Pero debajo había algo más.

Una segunda firma.

Camila acercó el documento.

Su expresión cambió.

—No…

Alejandro se inclinó para mirar.

Mateo corrió hacia la cama.

—Camila, escúchame.

Ella levantó los ojos.

Ya no había tristeza en ellos.

Había miedo.

—Ricardo… ¿de dónde obtuviste esta segunda autorización?

El abogado cerró lentamente la carpeta.

—Ese es precisamente el problema.

Miró a Alejandro.

Luego a Mateo.

—Porque oficialmente, la persona que firmó este documento lleva muerta casi dos años.

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