PARTE 2: EL HOMBRE QUE PIDIÓ EL DIVORCIO Y DESPUÉS NO SOPORTÓ PERDERME.

Sebastian no soltó mi muñeca.

Isabella permanecía al otro lado de la ventanilla, con el rostro completamente blanco.

—Sebastian —repitió—. Abre.

Él seguía mirándome.

—Evelyn, espera.

Su voz ya no sonaba fría.

Sonaba desesperada.

Yo bajé la mirada hacia su mano.

—Ya estamos divorciados.

Sus dedos se aflojaron lentamente.

Abrí la puerta.

Isabella retrocedió.

Cuando salí, me observó de arriba abajo, deteniéndose en mi vientre.

—¿Cuántos meses?

—Casi cuatro.

Sus labios temblaron.

Después miró a Sebastian.

—Me dijiste que nunca había ocurrido nada entre ustedes.

Sebastian salió del automóvil.

—Isabella, no aquí.

—¿Dónde entonces?

Su voz se quebró.

—Volví porque dijiste que todavía me esperabas.

Él cerró los ojos.

Yo permanecí en silencio.

No necesitaba intervenir.

Las mentiras empezaban a destruirse solas.

Isabella señaló mi vientre.

—¿Y eso también forma parte de un acuerdo?

Sebastian no respondió.

Ella soltó una risa amarga.

—Claro.

Después me miró.

—¿Sabías de mí?

—Sabía que existías.

—¿Y aun así te casaste con él?

La pregunta habría dolido meses atrás.

Ahora solo me pareció triste.

—Él fue quien me pidió matrimonio.

Isabella giró hacia Sebastian.

Su expresión cambió.

—Tú dijiste que ella necesitaba una alianza entre familias.

Silencio.

—Dijiste que no la querías.

Sebastian finalmente habló.

—En aquel momento…

—No termines esa frase.

Isabella comenzó a llorar.

—Siempre tienes un “en aquel momento”.

Me alejé unos pasos.

Sebastian volvió a sujetarme, esta vez por el codo.

—¿Adónde vas?

—A mi cita.

—Voy contigo.

Isabella lo miró como si acabara de recibir una bofetada.

—¿Vas a dejarme aquí?

Sebastian se quedó inmóvil.

Era casi irónico.

El hombre que había dividido su vida con absoluta precisión ahora estaba atrapado entre dos mujeres y no sabía hacia quién moverse.

Yo sí sabía lo que quería.

—No necesito que vengas.

—Estoy hablando de nuestra hija.

—Mi hija.

Sus ojos se oscurecieron.

—Nuestra.

Lo miré directamente.

—Hace dos días firmaste documentos para empezar una vida diferente.

—Eso no cambia que sea el padre.

—Entonces comportarte como padre será un asunto separado.

Sebastian perdió el color.

Creo que hasta ese momento había imaginado el divorcio como una modificación administrativa.

Yo desaparecería de su dormitorio.

Isabella ocuparía mi lugar.

Pero él seguiría teniendo acceso a mí.

A mi embarazo.

A mi tiempo.

A mi obediencia.

No.

Entré sola en la clínica.

Dos horas después, cuando salí, Sebastian seguía esperando.

Isabella ya no estaba.

Él se acercó inmediatamente.

—¿Cómo está?

—Bien.

—¿Y la bebé?

—Bien.

Sus hombros se relajaron.

—Necesito hablar contigo.

—Yo no.

—Evelyn.

Seguí caminando.

—Dije que conservaras a la niña.

Me detuve.

Giré lentamente.

—No decides eso.

Sebastian quedó rígido.

—Soy su padre.

—Y yo soy la persona que está embarazada.

Mi voz fue tranquila.

—No vuelvas a hablar como si pudieras darme permiso para conservarla.

Su expresión cambió.

Por primera vez vi algo parecido a vergüenza.

—No quise decirlo así.

—Pero así sonó.

Subí a un taxi.

Esa misma tarde llamé a mi abogado.

No quería modificar el acuerdo de divorcio.

No quería más propiedades.

Ni más acciones.

Solo quería dejar completamente claros los asuntos relacionados con mi hija.

También pedí que revisara cada cláusula del patrimonio que Sebastian había transferido.

Dos días después me llamó.

—Evelyn, hay algo extraño.

—¿Qué?

—Sebastian añadió personalmente varias disposiciones después de que firmaste la primera versión.

—Lo sé. Dijo que quería compensarme.

—No es solo compensación.

Abrí el documento desde mi computadora.

Mi abogado señaló varias cláusulas.

Había un fideicomiso para mi hija.

Otro a mi nombre.

Participaciones con voto.

Propiedades que yo ni siquiera sabía que pertenecían al Grupo Song.

—¿Por qué haría esto?

—No puedo saberlo.

Yo sí.

Culpa.

Pero había algo más.

Sebastian me había dado suficiente poder financiero para no necesitarlo nunca.

Quizá creyó que así podría irse sin sentirse como su padre.

Qué ironía.

Me había entregado libertad para aliviar su conciencia.

Y ahora esa libertad era exactamente lo que le impedía controlarme.

Durante las semanas siguientes, Isabella volvió a aparecer públicamente junto a él.

Las revistas empresariales hablaron de “un amor que sobrevivió al tiempo”.

Yo no comenté nada.

Me mudé de la villa.

No porque Sebastian me obligara.

La propiedad ya era mía.

Simplemente no quería seguir viviendo entre recuerdos.

Compré un apartamento más pequeño, cerca de un parque.

La primera noche dormí ocho horas seguidas.

Sebastian se enteró al día siguiente.

Llegó sin avisar.

—¿Vendiste la villa?

—No.

—Entonces ¿por qué te fuiste?

—Porque podía.

Aquella respuesta pareció irritarlo.

—Ese lugar estaba preparado para el bebé.

—Mi nueva casa también.

—Yo contraté al diseñador.

—Yo contraté otro.

—Había una habitación infantil.

—También aquí.

Cada respuesta eliminaba una pequeña parte de su importancia.

Finalmente preguntó:

—¿Me estás castigando?

Lo miré.

—No.

—Entonces ¿por qué haces todo sin mí?

—Porque ya no somos matrimonio.

Sebastian apretó la mandíbula.

—Podemos seguir siendo una familia.

—No puedes tener a Isabella como pareja y pedirme que actúe como esposa.

—No te estoy pidiendo eso.

—Entonces define “familia”.

No pudo.

Semanas después, Isabella me llamó.

No sabía cómo había conseguido mi número.

—Necesito verte.

—No.

—Se trata de Sebastian.

—Entonces habla con Sebastian.

—Se trata de por qué se divorció de ti.

Aquello consiguió mi atención.

Nos encontramos en una cafetería.

Isabella parecía agotada.

—Él no me ama como antes.

No respondí.

—Creí que cuando regresara todo sería igual.

Jugó con su taza.

—Pero cada vez que suena el teléfono, mira si eres tú.

—Eso no es asunto mío.

—Tú sigues siendo su prioridad.

Solté una breve risa.

—Si fuera su prioridad, no habría firmado el divorcio.

Isabella negó.

—No entiendes.

Sacó su teléfono.

Me mostró mensajes.

Sebastian le había escrito durante meses antes de su regreso.

Pero había algo extraño.

Nunca decía “te amo”.

Nunca prometía dejarme.

Solo hablaba de culpa.

De una promesa antigua.

De una deuda.

—¿Qué significa esto?

Isabella bajó la mirada.

—Cuando éramos jóvenes, mi padre salvó la vida de Sebastian.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—Después de la muerte de su madre, hubo una investigación interna en la familia Song. Mi padre escondió documentos que habrían permitido a su madrastra destruirlo.

Sentí un escalofrío.

—¿Y qué tiene eso que ver contigo?

—Antes de morir, mi padre le pidió que cuidara de mí.

Todo encajó de una manera completamente distinta.

Isabella continuó.

—Sebastian siempre creyó que me debía una vida.

—¿Entonces pidió el divorcio por obligación?

—No lo sé.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pero sí sé que cuando regresé le dije que si realmente respetaba la deuda con mi padre, debía demostrarlo.

—¿Pidiéndome el divorcio?

Asintió.

Sentí frío.

No por dolor.

Por claridad.

Sebastian no había elegido entre dos mujeres.

Había convertido nuestro matrimonio en una moneda para pagar una deuda emocional.

Me levanté.

Isabella también.

—Evelyn, espera.

—Gracias por decirme la verdad.

—¿Qué vas a hacer?

La miré.

—Dejar de intentar entender decisiones que nunca me consultaron.

Tres meses después nació mi hija.

La llamé Rose.

Sebastian estuvo presente porque yo lo permití.

Cuando la sostuvo por primera vez, algo en su rostro se quebró.

Lloró en silencio.

Después me miró.

—Evelyn.

—No.

Sabía lo que iba a decir.

—No conviertas este momento en una conversación sobre nosotros.

Bajó la cabeza.

—Entiendo.

Pensé que por fin todo estaba terminado.

Hasta que una semana después mi abogado llegó a casa con una carpeta.

—Encontramos algo durante la revisión final del fideicomiso.

—¿Qué cosa?

—El acuerdo de divorcio no fue la primera versión preparada por Sebastian.

Fruncí el ceño.

—¿Había otra?

Asintió.

La colocó frente a mí.

Era un borrador fechado seis meses antes del regreso de Isabella.

Mucho antes de aquella llamada en el automóvil.

En la primera página aparecía mi nombre.

En la segunda, una cláusula que me dejó completamente inmóvil.

Sebastian ya había comenzado a preparar nuestro divorcio antes de que Isabella regresara.

Levanté la vista.

—Entonces ella no fue la razón.

Mi abogado negó.

—Eso parece.

Pasé a la última página.

Había una nota escrita por Sebastian.

Solo cinco palabras.

“Evelyn debe estar lejos antes.”

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Antes de qué?

Mi abogado abrió otra carpeta.

Dentro había registros financieros, nombres de empresas y una investigación privada.

—Eso es lo que necesitamos descubrir.

Y en ese instante comprendí que quizá Sebastian no me había abandonado para recuperar a su primer amor.

Tal vez me había apartado porque sabía que algo mucho más peligroso estaba a punto de ocurrir.

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