Adrián permaneció en medio del pasillo mirando mis maletas.
Durante varios segundos no dijo nada.
Clara también había salido del estudio. La dulzura de su expresión desapareció en cuanto comprendió lo que estaba ocurriendo.
—Lucía —dijo Adrián finalmente—. ¿Qué significa esto?
Cerré la última caja.
—Exactamente lo que parece.
La vecina dejó los pasteles sobre la mesa y murmuró que volvería en otro momento. Cuando la puerta se cerró, Adrián avanzó hacia mí.
—¿Vas a irte por una discusión?
—No me voy por una discusión. Me voy por cinco años.
Su rostro se endureció.
—Otra vez dramatizando.
Saqué una carpeta del cajón.
Dentro estaban las copias de los documentos que había reunido durante las últimas semanas.
La solicitud para familiares autorizados.
Los registros de residencia.
Y los papeles del divorcio.
Los dejé frente a él.
Por primera vez, Adrián dejó de parecer molesto.
Pareció confundido.
—¿Divorcio?
Clara abrió mucho los ojos.
—Cuñada, no haga esto por mí. Si soy la causa, puedo marcharme.
Tomó su bolso.
Adrián la detuvo inmediatamente.
—Tú no vas a ninguna parte.
Aquellas cinco palabras terminaron de responder cualquier pregunta que todavía pudiera quedarme.
Sonreí.
—Exactamente.
Adrián me miró.
—¿Exactamente qué?
Señalé su mano sujetando la muñeca de Clara.
Él la soltó como si acabara de darse cuenta.
—No tergiverses las cosas.
—No necesito hacerlo.
Saqué de la carpeta la solicitud que había encontrado meses atrás y la coloqué encima de los documentos.
—Cuando tuviste que escribir el nombre de la persona que querías a tu lado en la base, escribiste Clara Salas.
Su expresión cambió.
Clara bajó la cabeza.
Adrián tomó el papel.
—Eso tenía una explicación.
—Seguro.
—Clara necesitaba autorización especial. Yo era responsable de ella después de la muerte de su hermano.
—¿Y yo qué era?
Silencio.
Por primera vez en cinco años, hice la pregunta sin esperar respuesta.
Adrián respiró profundamente.
—Mi esposa.
—Solo cuando regresabas a esta casa.
Me acerqué al diario azul.
—En Kunlun estaba Clara. En Pamir estaba Clara. En el archipiélago estaba Clara. En cada fotografía, cada recuerdo y cada historia que prometiste compartir conmigo, estaba ella.
Abrí una página.
Allí aparecía una fotografía de ambos frente a una montaña nevada.
Debajo, Adrián había escrito:
“El mejor paisaje es aquel que alguien recuerda contigo.”
Cerré el diario.
—Yo no aparezco ni una vez.
Clara comenzó a llorar.
—Nunca intenté quitarle nada.
La miré.
—Entonces no deberías sentirte culpable.
Adrián golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta!
El silencio cayó sobre la casa.
—Lucía, estás destruyendo nuestro matrimonio por celos absurdos.
Lo observé serenamente.
—Nuestro matrimonio ya estaba destruido. Solo que yo era la única que todavía vivía dentro de él.
Tomé mi maleta.
Adrián se interpuso frente a la puerta.
—No vas a ninguna parte.
—Apártate.
—Hablaremos cuando estés tranquila.
—Llevo cinco meses tranquila.
Aquello pareció desconcertarlo más que cualquier grito.
Entonces su teléfono sonó.
Miró la pantalla.
Clara también.
Una voz masculina habló desde el otro lado.
—General Fuentes, confirmamos el nuevo destino. Debe presentarse en tres días.
Adrián respondió inmediatamente.
—Entendido.
La voz continuó:
—La autorización de acompañante para la señorita Clara Salas también fue aprobada.
Nadie respiró.
Adrián miró lentamente hacia mí.
Yo sonreí.
—Felicidades. Ya puedes llevártela oficialmente.
—Lucía, espera.
Abrí la puerta.
Esta vez no intentó detenerme.
Quizá todavía pensaba que regresaría.
Siempre regresaba.
Cuando discutíamos, yo terminaba preparando la cena.
Cuando desaparecía durante semanas, yo seguía esperándolo.
Cuando Clara ocupaba mi lugar, yo lloraba y después perdonaba.
Adrián nunca había conocido una versión de mí capaz de marcharse.
Hasta aquella noche.
Me instalé temporalmente en casa de mi mejor amiga, Elena.
Al día siguiente fui al despacho del abogado.
Firmé todo.
El abogado revisó los documentos y se detuvo al llegar a la solicitud militar.
—Esto puede complicarse.
—¿Por qué?
—Porque su esposo declaró oficialmente que Clara Salas dependía de él para ciertos beneficios vinculados al destino.
Fruncí el ceño.
—¿Eso afecta el divorcio?
—Podría afectar algo mucho más grande.
Giró el documento hacia mí.
—Aquí aparece su firma.
Debajo había otra.
La mía.
Sentí que se me helaban las manos.

—Yo nunca firmé eso.
El abogado levantó la mirada.
—Entonces alguien falsificó su firma.
Recordé todas aquellas veces que Adrián llevaba documentos a casa.
“Firma aquí.”
“Es rutina.”
“Son papeles administrativos.”
Yo confiaba en él.
Pero esa firma no era mía.
El abogado hizo varias copias.
—No contacte a su esposo sobre esto todavía.
Salí del despacho con una sensación extraña.
Ya no era solamente dolor.
Era la certeza de que había cosas que nunca había sabido sobre mi propio matrimonio.
Tres días después, Adrián partió hacia su nuevo destino.
Con Clara.
No me llamó.
No preguntó dónde estaba.
Probablemente seguía convencido de que encontraría la casa preparada cuando regresara.
Yo aproveché su ausencia.
Retiré absolutamente todo lo mío.
Cuando terminé, aquel lugar parecía un alojamiento militar vacío.
Sobre la mesa dejé solamente dos objetos.
El diario azul y mi anillo de bodas.
Después cerré la puerta.
Pasaron veintisiete días.
La solicitud de divorcio ya había sido entregada oficialmente cuando recibí una llamada inesperada.
—¿Señora Fuentes?
—Sí.
—Llamamos de la oficina administrativa de la base central. Necesitamos confirmar cierta información relacionada con su esposo.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué información?
—El general Fuentes presentó hace años una declaración familiar que acaba de ser revisada debido a su próximo ascenso.
Hubo una pausa.
—Existe una inconsistencia.
Me senté.
—¿Cuál?
—Según nuestros registros, usted figura como cónyuge legal.
—Lo soy.
—Entonces tenemos un problema.
Escuché papeles moviéndose.
—Porque durante los últimos tres años, Clara Salas aparece registrada en determinados expedientes internos con una condición familiar incompatible con la suya.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—No entiendo.
—Necesitamos que venga personalmente.
A la mañana siguiente llegué a la base.
El funcionario colocó una carpeta gruesa frente a mí.
Reconocí inmediatamente la letra de Adrián.
Había formularios.
Autorizaciones.
Declaraciones.
Fotografías.
Entonces vi una fecha.
Era nuestro tercer aniversario de bodas.
Aquel día Adrián me había enviado un mensaje diciendo que estaba atrapado en un ejercicio militar.
Yo había cenado sola frente a dos velas.
Pero el documento demostraba que estaba en otra base.
Con Clara.
—¿Qué ocurrió ese día? —pregunté.
El funcionario dudó.
Antes de responder, la puerta se abrió violentamente.
Adrián entró todavía con uniforme de campaña.
Había regresado antes de tiempo.
Nunca lo había visto tan alterado.
No miró al funcionario.
No miró los documentos.
Me miró directamente a mí.
—Lucía, vámonos a casa.
Me levanté lentamente.
—Ya no tengo casa contigo.
Su mandíbula se tensó.
Entonces el funcionario sacó una última fotografía de la carpeta.
Clara aparecía vestida de blanco junto a Adrián.
Detrás de ellos había varios oficiales.
Y en la esquina inferior figuraba una fecha de hacía tres años.
Sentí que mis piernas perdían fuerza.
—Adrián… —susurré—. ¿Qué es esto?
Por primera vez, mi esposo no tuvo ninguna explicación preparada.
Y entonces el funcionario pronunció las palabras que convirtieron cinco años de matrimonio en algo que ya no reconocía:
—General Fuentes, creo que ha llegado el momento de explicarle a su esposa por qué existe un certificado matrimonial militar con el nombre de Clara Salas.