Parte 2: SOLO ERA SU ESPOSA

Sebastian creyó que yo regresaría.

Siempre lo hacía.

Después de cada humillación, yo terminaba convenciéndome de que nuestro matrimonio todavía podía salvarse.

Pero aquella tarde no volví a casa.

Fui directamente al despacho de mi abogado.

—Actívalo todo —le dije.

El señor Bennett me observó en silencio.

—¿Está segura?

Me quité la chaqueta todavía manchada de té.

—Completamente.

Colocó tres documentos frente a mí.

El primero era la demanda de divorcio.

El segundo, la notificación formal para separar mis activos personales de cualquier operación vinculada a Sebastian.

El tercero era mucho más peligroso.

La revocación de las licencias sobre cuatro patentes controladas por mi familia.

Firmé.

Bennett recogió las hojas.

—Foster Group sentirá esto inmediatamente.

—Lo sé.

—Y Sebastian también.

Lo miré.

—Esa es la idea.

A las nueve de la mañana siguiente comenzó el caos.

Sebastian me llamó siete veces.

No contesté.

A la octava dejó un mensaje.

—Amanda, deja de comportarte como una niña y vuelve a casa. Tenemos una reunión importante con inversionistas.

Lo borré.

A las diez llegó otro.

—¿Qué hiciste con las licencias?

A las diez y veinte:

—Llámame inmediatamente.

A las once:

—Amanda, esto ya no tiene gracia.

Sonreí.

Nunca había sido una broma.

Mientras tanto, en Foster Group, los abogados habían descubierto algo que Sebastian aparentemente había olvidado.

Cuando nos casamos, mi familia no le entregó las patentes.

Las había licenciado temporalmente a la empresa.

Y varias cláusulas dependían de mi permanencia como accionista activa.

A las doce recibí una llamada del presidente del consejo.

—Amanda, necesitamos que venga.

—¿Por qué?

—Sebastian está diciendo que usted está saboteando la compañía por celos.

Cerré los ojos.

Incluso ahora.

—Estaré allí en treinta minutos.

Cuando entré en la sala de juntas, Sebastian estaba de pie frente a doce ejecutivos.

Lily permanecía detrás de él.

Todavía llevaba aquella expresión de víctima perfecta.

Sebastian me señaló.

—Ahí está.

Me senté.

—Buenos días.

—¿Buenos días? —espetó—. Has congelado negociaciones por más de sesenta millones.

—No congelé nada.

—¡Retiraste las patentes!

—Retiré mis patentes.

Uno de los directores corrigió:

—Técnicamente pertenecen al fideicomiso de la familia de Amanda.

Sebastian quedó en silencio.

Lily lo miró confundida.

—Pero usted dijo que esas patentes eran suyas.

Todos escucharon.

Sebastian se volvió lentamente hacia ella.

—Lily, no hables.

Aquello me hizo sonreír.

—No. Déjala.

Abrí una carpeta.

—Quizá sea buen momento para que todos entendamos qué cosas son realmente de Sebastian.

Coloqué los certificados accionarios sobre la mesa.

—Mi familia posee el cuarenta y dos por ciento de Foster Group.

Después puse los contratos de licencia.

—Cuatro de las seis tecnologías principales pertenecen a nuestro fideicomiso.

Otro documento.

—El edificio de investigación también.

Sebastian palideció.

—¿Qué estás intentando demostrar?

—Nada.

Lo miré directamente.

—Solo estoy aclarando qué significa ser “solo tu esposa”.

Nadie dijo una palabra.

Lily bajó la cabeza.

Sebastian golpeó la mesa.

—¡Esto es chantaje!

El presidente intervino.

—Sebastian, siéntate.

—¡Ella está destruyendo mi carrera por una estupidez!

—No —respondí—. Tu carrera la estás destruyendo tú.

Saqué mi teléfono.

Había algo más.

Una grabación del salón durante su cumpleaños.

El beso.

La toallita.

Las burlas.

Lily arrodillándose.

Y finalmente Sebastian arrojándome el té.

Su rostro cambió.

—No puedes usar eso.

—No necesito usarlo.

Guardé el teléfono.

—Hay cuarenta testigos.

Entonces el presidente dejó otro documento sobre la mesa.

—Tenemos un problema adicional.

Sebastian lo miró.

—¿Qué?

—Recursos Humanos recibió esta mañana una denuncia sobre tu relación con la señorita Carter.

Lily levantó la cabeza.

—¿Qué denuncia?

—Favoritismo, gastos corporativos y posibles irregularidades en su contratación.

Sebastian se puso rígido.

Yo también.

Aquello no provenía de mí.

—¿Quién denunció? —preguntó.

—Es confidencial.

Lily comenzó a llorar.

—Señor Foster, yo nunca pedí ningún trato especial.

Sebastian inmediatamente tomó su mano.

Delante de todo el consejo.

El gesto fue tan automático que varios directores intercambiaron miradas.

El presidente suspiró.

—Acabas de demostrar parte del problema.

Sebastian soltó la mano.

Demasiado tarde.

La reunión terminó con su suspensión temporal mientras se realizaba una investigación interna.

Cuando salimos, me alcanzó en el ascensor.

—¿Estás satisfecha?

—Todavía no.

—¿Qué quieres?

Lo miré.

—Tu firma en el divorcio.

Las puertas se abrieron.

Lily estaba esperando afuera.

En cuanto me vio, se acercó.

—Señora Foster…

—Amanda.

—Yo nunca quise destruir su matrimonio.

—Entonces tenemos algo en común.

Intenté pasar.

Ella susurró:

—Sebastian no la ama.

Me detuve.

Sebastian también.

Lily pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó él.

Ella retrocedió.

—Nada.

La miré atentamente.

Algo había cambiado.

Ya no parecía asustada de mí.

Parecía asustada de él.

—Lily —dije—, ¿qué sabes?

Sebastian se interpuso.

—Se acabó.

Sujetó a Lily por el brazo.

Ella hizo una mueca.

—Me lastima.

Sebastian la soltó inmediatamente.

Entonces vi algo en su muñeca.

Una pulsera.

La reconocí.

Había pertenecido a mi madre.

Desapareció de mi casa seis meses atrás.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Dónde conseguiste eso?

Lily escondió la muñeca.

—¿Esto?

—Sí.

—Fue un regalo.

Miré a Sebastian.

Él evitó mis ojos.

Ya tenía mi respuesta.

—¿Le regalaste las joyas de mi madre?

—Amanda, puedo explicarlo.

Me acerqué.

—Quítatela.

Lily obedeció inmediatamente.

Me entregó la pulsera.

Pero antes de soltarla, susurró:

—No fue la única cosa que me dio.

Sebastian palideció.

—Cállate.

Lily comenzó a temblar.

—Me prometiste que si ella se divorciaba de ti, todo sería nuestro.

El pasillo quedó completamente silencioso.

Sebastian miró alrededor.

Había empleados observándonos.

—Estás confundida.

Lily soltó una risa nerviosa.

—¿Confundida?

Abrió su bolso.

Sacó un sobre.

—Entonces explícale esto.

Sebastian intentó quitárselo.

Yo fui más rápida.

Dentro encontré copias de transferencias bancarias.

Pagos mensuales.

Un apartamento.

Un automóvil.

Todo comprado durante nuestro matrimonio.

Pero había un documento que no entendí.

Una póliza.

Mi nombre aparecía arriba.

AMANDA FOSTER.

Beneficiario:

SEBASTIAN FOSTER.

Levanté la mirada.

—¿Un seguro de vida?

Sebastian no respondió.

Lily comenzó a llorar.

—Yo creía que ella sabía.

—¿Saber qué?

Lily me miró.

—Que Sebastian aumentó la póliza hace tres meses.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿A cuánto?

Ella tragó saliva.

—Veinte millones de dólares.

Sebastian dio un paso hacia nosotros.

—Amanda, dame esos documentos.

Retrocedí.

Por primera vez desde que había comenzado todo, ya no vi únicamente a un marido cruel.

Vi algo mucho más peligroso.

Entonces Lily pronunció la frase que hizo desaparecer el poco aire que quedaba en mis pulmones:

—Y deberías preguntarle por qué contrató esa póliza exactamente dos días antes de manipular los frenos de tu coche.

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