PARTE 2: LOS TRES DÍAS QUE LOS DESTRUYERON.

El desconocido me apartó de la ventana antes de que pudiera reaccionar.

No me soltó hasta que estuvimos lejos del borde.

—Suélteme —murmuré.

—Cuando esté seguro de que va a escucharme.

Lo miré por primera vez con atención.

Alto.

Traje oscuro.

Una cicatriz pequeña junto a la ceja.

Y unos ojos extrañamente tranquilos para alguien que acababa de entrar en una habitación custodiada por hombres de Adrian Whitmore.

—¿Quién es usted?

Sacó una tarjeta.

Julian Cross.

El nombre me resultaba familiar.

Demasiado familiar.

—Trabajaba con mi padre.

—Trabajaba contra su padre.

Aquello consiguió que levantara la cabeza.

Julian dejó una carpeta sobre la mesa.

—Y llevo seis meses esperando que despierte.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque usted es la única persona que puede terminar lo que comenzó antes del accidente.

Abrí la carpeta.

La primera página contenía documentos bancarios.

La segunda, fotografías.

La tercera, contratos firmados por mi padre, Noah y Adrian.

—No entiendo.

Julian señaló una transferencia.

—Su accidente no fue simplemente un accidente.

Lo miré.

—No.

—El coche que conducía aquella noche había sido manipulado.

Mi respiración se volvió lenta.

—Eso es imposible.

—Lo sería si no tuviéramos el informe del mecánico que desapareció dos días después.

Me entregó otra hoja.

—Y esto.

Reconocí una firma.

Adrian.

—¿Qué es?

—Un acuerdo de inversión secreto.

Leí las cifras.

No tenían sentido.

Hasta que vi mi nombre.

AVA HAYES.

—¿Por qué aparezco aquí?

—Porque gran parte de la fortuna Hayes no pertenece a su padre.

Julian me observó directamente.

—Pertenece a usted.

Sentí que el suelo se movía.

—Eso no puede ser.

—Su abuelo dejó el control final del patrimonio a su primera nieta.

—A mí.

—Exactamente.

Pasó otra página.

—Pero el control solo se transferiría cuando cumpliera veintisiete años o contrajera matrimonio.

Mi cumpleaños número veintisiete había sido durante el coma.

Julian continuó:

—Cuando quedó inconsciente, su familia intentó declarar incapacidad permanente y transferir la administración de los activos.

—¿A quién?

No respondió.

Solo señaló tres nombres.

Mi padre.

Noah.

Y Celeste.

Me quedé mirando la hoja.

—¿Adrian lo sabía?

Julian me entregó el siguiente documento.

—Él preparó parte de la estructura legal.

Cerré los ojos.

Así que no solo había amado a mi hermana.

También había ayudado a mi familia a quitarme aquello que ni siquiera sabía que tenía.

—¿Qué quiere de mí?

Julian respondió:

—Que firme un documento.

Solté una risa amarga.

—Todos parecen querer mi firma últimamente.

—La diferencia es que este documento le devuelve el control.

Puso una pluma frente a mí.

—Si firma, todas las autorizaciones provisionales concedidas durante su coma quedan suspendidas.

—¿Y después?

—Después su familia descubrirá que la mujer a la que encerraron para proteger una boda es también la única persona capaz de dejarles sin nada.

Miré la pluma.

—Solo me quedan tres días.

Julian se quedó inmóvil.

Era la primera vez que su expresión cambiaba.

—¿Qué dijo?

—El médico asegura que mi despertar es temporal.

El silencio llenó la habitación.

—Tres días.

Julian bajó lentamente la mirada.

Después tomó la carpeta.

—Entonces no desperdiciaremos ninguno.


La boda terminó aquella tarde.

Noah abrió mi habitación casi al anochecer.

—Ya puedes dejar de comportarte como una prisionera.

Entró sonriendo.

—La ceremonia fue preciosa.

Yo estaba sentada junto a la mesa.

La carpeta de Julian ya no estaba allí.

—Me alegro.

Noah entrecerró los ojos.

—Estás demasiado tranquila.

—Me dijiste que no hiciera una escena.

—Y por una vez obedeciste.

Se acercó.

—Mamá quiere que cenemos todos juntos mañana. Adrian y Celeste pasarán antes de irse de luna de miel.

—Perfecto.

Noah me observó durante unos segundos.

—¿Perfecto?

Asentí.

—Tengo un regalo de boda para ellos.

Él sonrió.

—Sabía que entrarías en razón.

Cuando salió, miré mi teléfono.

Julian había enviado un mensaje.

“Todo preparado.”


Al día siguiente, mi familia se reunió en la mansión Hayes.

Celeste llegó con Adrian.

Ella llevaba su anillo nuevo.

Él no podía mirarme durante más de unos segundos.

Mi madre había preparado una mesa enorme.

—Ava, siéntate junto a tu hermana.

Obedecí.

Celeste sonrió dulcemente.

—Espero que algún día puedas perdonarnos.

—Tal vez antes de lo que imaginas.

Adrian levantó la cabeza.

—Ava…

Mi padre golpeó suavemente su copa.

—Lo importante es que la familia permanezca unida.

Casi me reí.

—Estoy completamente de acuerdo.

Saqué un sobre.

Celeste abrió los ojos.

—¿Ese es nuestro regalo?

—En cierto modo.

Se lo entregué a mi padre.

Él rasgó el sobre.

Leyó la primera página.

Y su expresión cambió.

—¿Qué es esto?

Noah se inclinó.

—Papá.

Mi padre pasó a la segunda página.

Sus manos comenzaron a temblar.

Adrian se levantó.

—¿Qué ocurre?

Mi padre me miró.

—¿Quién te dio estos documentos?

—Eso no importa.

—¡Claro que importa!

Mi madre tomó las hojas.

Palideció.

Celeste dejó de sonreír.

—Mamá, ¿qué pasa?

Mi madre apenas consiguió hablar.

—Ava revocó todas las autorizaciones patrimoniales.

Noah se puso de pie.

—Eso es imposible.

—No.

Lo miré.

—Lo imposible era que siguieran administrando mi dinero mientras yo estaba inconsciente.

Celeste giró hacia Adrian.

—¿Qué significa?

Él ya lo sabía.

Lo vi en su rostro.

—Adrian —susurró ella—. ¿Qué significa?

Me adelanté.

—Significa que la casa donde viven mis padres está dentro del fideicomiso.

Miré a Noah.

—La empresa donde trabajas también.

Después miré a Celeste.

—Y la propiedad que Adrian te regaló esta mañana como regalo de bodas.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Es tuya?

—Lo era.

Adrian me miró.

—¿Era?

Sonreí.

—Esta mañana la transferí.

—¿A quién?

—A una fundación médica.

Mi padre golpeó la mesa.

—¡No puedes regalar patrimonio familiar!

—No es patrimonio familiar.

Me incliné hacia él.

—Es mío.

Mi madre comenzó a llorar.

—Ava, estás enferma. No sabes lo que haces.

—Sé exactamente lo que hago.

Noah rodeó la mesa.

—Podemos anularlo por incapacidad.

Una voz respondió desde la puerta.

—No pueden.

Todos se giraron.

Julian Cross entró acompañado de dos abogados.

Mi padre retrocedió.

—Tú.

Julian sonrió.

—Cuánto tiempo, Richard.

Adrian palideció.

Aquello me sorprendió.

—¿Se conocen?

Julian dejó otra carpeta sobre la mesa.

—Mucho mejor de lo que el señor Whitmore quisiera admitir.

Celeste miró a su esposo.

—Adrian.

Él no respondió.

Julian abrió el expediente.

—Antes de hablar de las transferencias de Ava, quizá deberíamos hablar del accidente.

Mi madre dejó caer la copa.

Mi padre se quedó rígido.

Noah miró hacia la puerta.

Y Adrian cerró los ojos.

Aquellas cuatro reacciones me dieron la respuesta antes de escucharla.

—Todos lo sabían —susurré.

Julian negó.

—No exactamente.

Sacó una grabadora.

—Pero alguien aquí hizo algo mucho peor.

Adrian se levantó bruscamente.

—No.

Celeste lo miró.

—¿Qué pasa?

—No reproduzcas eso.

Julian presionó el botón.

Una voz masculina llenó el comedor.

La reconocí inmediatamente.

Era Adrian.

“Si Ava llega a la reunión mañana, descubrirá las transferencias.”

Después se escuchó otra voz.

Noah.

“Entonces asegúrate de que no llegue.”

El silencio que siguió fue insoportable.

Celeste se apartó de Adrian como si acabara de tocar fuego.

Mi madre comenzó a repetir:

—No… no… no…

Yo no podía moverme.

Julian detuvo la grabación.

—Hay más.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Ava, tienes que escucharme.

—No.

—Yo no sabía que ocurriría el accidente.

Noah gritó:

—¡No cargues esto sobre mí!

—¡Fuiste tú quien habló con el mecánico!

Mi padre se levantó.

—¡Cállense los dos!

Demasiado tarde.

La verdad había empezado a salir.

Y ya nadie podía detenerla.

Sentí un dolor repentino en el pecho.

Me sujeté al borde de la mesa.

Julian fue el primero en acercarse.

—Ava.

Adrian también avanzó.

—¿Qué te pasa?

Mi madre palideció.

—Llamen a un médico.

Negué.

No quería pasar mis últimas horas rodeada de aquellas personas.

Adrian me tomó la mano.

—Ava, por favor.

Lo miré.

Por primera vez ya no había dudas en sus ojos.

Solo miedo.

—¿Cuánto tiempo llevas sintiéndote así?

Sonreí débilmente.

—Desde que desperté.

—¿Qué dijeron los médicos?

Celeste nos observaba.

Mi padre permanecía inmóvil.

Respiré lentamente.

—Que no estoy recuperándome.

Adrian dejó de respirar.

—¿Qué significa eso?

—Significa que ustedes se preocuparon demasiado por mi dinero.

Hice una pausa.

—Y demasiado poco por preguntar cuánto tiempo me quedaba.

Su rostro se derrumbó.

—Ava…

—Mañana será mi tercer día.

La mano de Adrian empezó a temblar alrededor de la mía.

—No.

Noah palideció.

Mi madre cayó sobre una silla.

Celeste comenzó a llorar.

Y Adrian, el hombre que horas antes había prometido amar a mi hermana para siempre, se arrodilló frente a mí.

—Dime que estás mintiendo.

Lo miré.

—Tú me enseñaste lo que ocurre cuando alguien miente demasiado.

Entonces Julian dejó una última hoja sobre la mesa.

—Hay otra cosa que todos deben saber.

Mi padre miró el documento.

Y su expresión se transformó en auténtico terror.

—No.

Julian levantó la vista.

—Ava firmó esta mañana su testamento definitivo.

Celeste se secó las lágrimas.

—¿Qué dejó escrito?

Yo cerré los ojos.

Y respondí antes que Julian.

—Que cuando yo muera, ninguno de ustedes recibirá absolutamente nada.

Pero Julian todavía sostenía una segunda página.

Una que yo jamás había visto.

Y cuando Adrian leyó el nombre escrito en ella, se levantó de golpe.

—Eso es imposible.

Abrí los ojos.

—¿Qué nombre?

Julian me miró.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía no saber cómo decirme la verdad.

—El nombre de la persona que ordenó realmente manipular aquel coche.

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