El golpe en la puerta volvió a escucharse.
Esta vez nadie se rio.
Raul se levantó tan rápido que su silla cayó hacia atrás.
—Victor —murmuró—. Baja ese bastón.
Victor lo miró confundido.
—¿Qué?
—¡Bájalo!
Por primera vez desde que conocía a mi suegro, escuché miedo verdadero en su voz.
Helena se acercó a la ventana.
Afuera había varios vehículos negros.
—¿Quiénes son?
Raul no respondió.
Yo apenas podía mantener los ojos abiertos.
Pero sabía exactamente quién estaba detrás de aquella puerta.
Victor dejó el bastón sobre la mesa y me señaló.
—Nora, deja de grabar. Borra el video.
Mi cuñada finalmente bajó el teléfono.
—¿Por qué?
—¡Bórralo!
Entonces la puerta principal se abrió.
No la derribaron.
Un hombre con traje oscuro entró acompañado por dos agentes de policía y personal de emergencias.
Detrás de ellos apareció él.
Gabriel Mendoza.
Mi abuelo.
El hombre al que no veía desde hacía casi cuatro años.
Gabriel tenía setenta y dos años, cabello completamente blanco y una cicatriz que cruzaba su ceja izquierda.
No levantó la voz.
No necesitaba hacerlo.
Miró primero a Victor.
Después el bastón.
Finalmente me vio en el suelo.
Su expresión cambió.
—Sofía.
Intenté hablar.
No pude.
Los paramédicos corrieron hacia mí.
Victor retrocedió.
—Esto no es lo que parece.
Gabriel ni siquiera lo miró.
Se arrodilló a pocos metros mientras me colocaban cuidadosamente en una camilla.
—¿El bebé? —pregunté.
—Primero vamos a cuidarlos a los dos —respondió uno de los paramédicos.
Sentí una mano sobre la mía.
Era Gabriel.
—Recibí tu mensaje.
Las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas.
—Pensé que no vendrías.
Sus ojos se endurecieron.
—Llevo cuatro años esperando que me dejaras volver a tu vida.
Raul apareció detrás de Victor.
—Señor Mendoza, podemos explicar esto.
Gabriel finalmente levantó la mirada.
Mi suegro palideció.
—Entonces explíqueselo a la policía.
Nora intentó esconder su teléfono.
Uno de los agentes la detuvo.
—Necesitamos conservar cualquier grabación relacionada con lo ocurrido.
—No hay ninguna grabación.
La miré desde la camilla.
—Sí la hay.
Nora se quedó inmóvil.
—Grabaste todo.
Victor dio un paso hacia mí.
—Sofía, piensa bien lo que estás diciendo.
Gabriel se levantó inmediatamente.
—No vuelva a acercarse a ella.
Victor se rio nerviosamente.
—¿Y usted quién demonios cree que es?
Raul cerró los ojos.
—Cállate, hijo.
Pero ya era tarde.
Gabriel sacó una tarjeta y se la entregó a uno de los agentes.
Victor leyó el nombre desde lejos.
Su arrogancia desapareció.
Durante años, la familia de Victor había hablado de Gabriel Mendoza como si fuera una amenaza que jamás debía mencionarse.
No porque fuera un criminal.
Sino porque había construido uno de los grupos empresariales más poderosos de la región y tenía recursos suficientes para convertir cualquier conflicto legal en una batalla que ellos no podían controlar.
Yo había dejado de hablarle después de casarme.
Victor me convenció de que mi abuelo intentaba manipularme.
Poco a poco me aisló.
Primero de Gabriel.
Después de mis amigas.
Finalmente de todo el mundo.
Aquellas dos palabras habían roto cuatro años de aislamiento.
En el hospital me llevaron directamente a evaluación.
No supe qué ocurría en la casa hasta varias horas después.
Cuando desperté, Gabriel estaba sentado junto a mi cama.
—¿Mi bebé?
Él tomó mi mano.
—Los médicos están vigilándolo. Ahora necesitas descansar.
Cerré los ojos, aliviada.
Después recordé.
—Victor.
—Está bajo investigación.
—¿Y los demás?
—La policía tiene el video.
Lo miré.
—Nora lo borró.
Gabriel negó.
—Intentó hacerlo.
El archivo había quedado sincronizado automáticamente con una cuenta en línea.
La grabación no solo existía.
Tenía hora.
Fecha.
Y mostraba quiénes estaban presentes.
Sentí que algo dentro de mí finalmente se aflojaba.
—¿Cómo llegaste tan rápido?
Gabriel guardó silencio.
—Abuelo.
—Porque estaba cerca.
—¿Por qué?
Sacó un sobre de su chaqueta.
—Porque ayer recibí esto.
Era una copia de un documento.
Reconocí mi nombre.
También el de Victor.
—¿Qué es?
—Una solicitud para vender la casa.
Fruncí el ceño.
—¿Qué casa?
—La que estás viviendo.
—Es de Victor.
Gabriel me miró.
—No.
Me entregó otra hoja.
La propiedad estaba registrada dentro de un fideicomiso creado para mí por mi madre antes de morir.
Me quedé sin palabras.
—Victor siempre dijo que su padre se la había dado.
—Victor mintió.
Gabriel continuó:

—Hace dos semanas intentaron transferirla.
—Yo no firmé nada.
—Lo sé.
Mi corazón empezó a acelerarse.
—Entonces ¿quién firmó?
Gabriel dejó sobre la cama una copia de mi supuesta autorización.
Alguien había imitado mi firma.
—¿Victor?
—Todavía no lo sabemos.
Entonces comprendí algo.
—Por eso me hicieron levantarme esta mañana.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Recordé la noche anterior.
Helena había dejado varios documentos sobre la mesa.
Me pidió firmar unos recibos relacionados con gastos domésticos.
Me negué porque estaba cansada.
Después Victor se enfureció.
Aquello no había comenzado por el desayuno.
Querían mi firma.
Gabriel llamó inmediatamente al abogado que esperaba afuera.
Durante la siguiente hora revisaron movimientos financieros.
Y encontraron algo peor.
Victor había intentado solicitar préstamos utilizando bienes relacionados conmigo.
También había transferencias periódicas desde una cuenta que yo casi había olvidado.
Mi cuenta de herencia.
—Eso es imposible —susurré—. Yo no tengo acceso desde hace años.
Gabriel me miró con tristeza.
—Pero Victor sí lo tuvo.
Recordé entonces el día en que me convenció de firmar un poder limitado mientras yo estaba enferma.
—Dijo que era para pagar impuestos.
El abogado negó lentamente.
—Parece que lo utilizó para mucho más.
La cantidad desaparecida era enorme.
Y parte del dinero había terminado en una empresa propiedad de Raul.
No me habían aislado únicamente para controlarme.
Habían estado vaciando mi patrimonio.
Esa noche, mientras Gabriel hablaba con los investigadores, una enfermera entró.
—Señora Mendoza, alguien dejó esto para usted.
Era un sobre sin remitente.
Dentro había una memoria pequeña.
Y una nota escrita a mano:
“EL VIDEO DE NORA NO ES EL PRIMERO.”
Sentí un escalofrío.
Gabriel regresó.
Le entregué la nota.
Su rostro cambió.
—No conectes esa memoria a nada.
—¿Por qué?
Antes de responder, su teléfono sonó.
Era su abogado.
Gabriel escuchó durante varios segundos.
—¿Está seguro?
Se volvió hacia mí.
—¿Qué encontraron?
Terminó la llamada.
Después cerró la puerta de la habitación.
—Sofía, acabamos de revisar los movimientos de tu herencia.
—¿Cuánto tomaron?
—Ese no es el problema.
Colocó el teléfono frente a mí.
En la pantalla aparecía una transferencia realizada seis meses antes de mi boda.
Antes de que Victor tuviera legalmente acceso a cualquiera de mis cuentas.
—Entonces él no pudo hacerla.
—Exactamente.
—¿Quién fue?
Gabriel respiró profundamente.
—La autorización lleva la firma de una persona que oficialmente murió hace siete años.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
Porque solo había una persona fallecida que había tenido acceso completo a aquel patrimonio.
Mi madre.