Nadie habló durante varios segundos.
La novia miró las fotografías.
Luego al hombre que minutos antes pensaba convertir en su esposo.
—Wei… ¿quiénes son esas mujeres?
Él mantuvo las manos sobre la mesa.
—Nunca las había visto.
La capitana acercó la fotografía.
—Curioso. Porque ellas sí parecen haberte visto a ti.
Wei sonrió.
Pero ya no era aquella sonrisa cálida.
Era fría.
Calculada.
—Una fotografía no demuestra nada.
—Correcto —respondió la capitana—. Por eso vamos a buscar pruebas.
Dos agentes lo esposaron.
La novia comenzó a temblar.
—No entiendo. Llevamos once meses juntos. Conocí a sus amigos. Conocí a su familia.
Wei giró hacia ella.
—Yun, mírame. Esto es un error.
Ella retrocedió.
—No me hables.
Entonces el técnico levantó la caja roja.
—Capitana, hay algo más.
Todos nos volvimos.
—El marcador biológico no parece estar ahí por accidente.
—¿Qué significa?
—Necesito analizarlo en laboratorio, pero podría permitir identificar posteriormente quién estuvo en contacto con la sustancia.
Sentí un escalofrío.
Aquello no parecía un simple método para incapacitar a alguien.
Parecía un sistema.
La capitana ordenó evacuar el edificio mientras su equipo acordonaba nuestra mesa.
La subdirectora, que minutos antes amenazaba con suspenderme, permanecía completamente callada.
Cuando pasé junto a ella, evitó mis ojos.
Yo tampoco dije nada.
No había terminado.
Tres horas después me encontraba en una sala de entrevistas.
La capitana se presentó como Zhao Lin.
Colocó frente a mí copias de los expedientes de las tres mujeres desaparecidas.
—Quiero que mire esto.
Las tres habían formalizado matrimonios en registros civiles diferentes.
Ninguna ceremonia había despertado sospechas.
Una desapareció nueve días después.
Otra, seis semanas después.
La tercera nunca regresó a su trabajo tras la luna de miel.
—¿Los matrimonios siguen registrados?
Zhao asintió.
—Sí.
—Entonces ¿por qué nadie relacionó los casos?
—Porque oficialmente no se casaron con el mismo hombre.
Me quedé inmóvil.
Zhao colocó tres certificados frente a mí.
Tres nombres masculinos diferentes.
Tres números de identificación diferentes.
Pero las fotografías…
El mismo rostro.
—Identidades falsas —susurré.
—Muy buenas.
—¿Y el hombre detenido hoy?
—Sus documentos también parecen auténticos.
—¿Parecen?
Zhao me sostuvo la mirada.
—Acabamos de descubrir que su número pertenece a un hombre que murió hace cuatro años.
Sentí que se me erizaba la piel.
—Entonces ni siquiera sabemos quién es.
—Todavía no.
La puerta se abrió.
Un agente entregó una carpeta a Zhao.
Ella leyó la primera página.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre?
No respondió inmediatamente.
—Registramos su apartamento.
—¿Encontraron algo?
—Nada.
Aquello me sorprendió.
—¿Nada?
—Parecía preparado para ser inspeccionado. Ropa, fotografías, facturas, recuerdos familiares. Todo demasiado perfecto.
Recordé el recibo que había sacado en el Registro.
Perfectamente doblado.
—Era un escenario.
Zhao asintió.
—Eso creemos.
—Entonces tiene otro lugar.
—Probablemente.
Se levantó.
Pensé que la entrevista había terminado.
Pero antes de salir preguntó:
—Min, ¿cuántos certificados ha estampado durante estos siete años?
—Miles.
—¿Recordaría una caja como esta?
Miré la fotografía de la tinta roja.
—Sí.
—¿Está segura?
—Completamente.
Zhao dejó tres imágenes adicionales sobre la mesa.
Eran fotografías recuperadas de los expedientes antiguos.
En cada una aparecía una pequeña caja de madera.
No idéntica.
Pero muy parecida.
Mi estómago se cerró.
—¿Cómo nadie lo notó?
—Porque cada matrimonio ocurrió en un distrito distinto.
—¿Y las empleadas?
—Ninguna informó nada extraño.
Entonces comprendí.
—Porque no olieron la tinta.
Zhao asintió.
Yo había trabajado durante años con sellos tradicionales. Mi abuelo incluso había coleccionado pigmentos antiguos.
Otra persona quizá habría percibido simplemente un aroma diferente.
Yo reconocí que algo no pertenecía allí.
A la mañana siguiente Yun pidió verme.
La encontré acompañada por una agente.
Parecía no haber dormido.
—Necesito preguntarle algo —dijo.
—Claro.
Sacó su teléfono.
—Wei insistió durante meses en que nos casáramos específicamente en su oficina.
Sentí un pequeño vacío en el pecho.
—¿En mi oficina?
—Sí.
—¿Por qué?
—Dijo que usted era especial.
Nos miramos.
—Nunca había visto a ese hombre.
—Eso pensé.
Yun abrió una conversación.
Había un mensaje enviado por Wei dos meses antes.
“Tenemos que conseguir el turno cuando esté trabajando Min An. Con ella todo saldrá correctamente.”
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Zhao tomó inmediatamente el teléfono.
—¿Hay más mensajes sobre ella?
Yun comenzó a buscar.
Encontró otro.
Esta vez decía:
“Si Min hace preguntas, no discutas. Déjame hablar.”
La capitana me miró.
Aquello había cambiado todo.
Yo ya no era la funcionaria que accidentalmente había detectado el plan.
Me habían elegido.
—¿Por qué? —pregunté.
Nadie tenía respuesta.
Hasta esa tarde.
El laboratorio terminó de analizar la caja.

Zhao regresó al Registro personalmente.
—Tenemos resultados.
Cerró la puerta de mi oficina.
—El compuesto es importante, pero encontramos algo escondido debajo del recipiente.
Me entregó una fotografía.
Había un compartimento diminuto en la base.
Dentro encontraron una tarjeta de memoria.
—¿Qué contenía?
—Expedientes.
—¿De las mujeres?
—De muchas mujeres.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuántas?
Zhao tardó en responder.
—Veintitrés.
Tuve que sentarme.
—¿Todas desaparecidas?
—No.
—Entonces…
—Algunas todavía están casadas. Algunas ni siquiera saben que están siendo observadas.
Después colocó otra fotografía frente a mí.
Era una carpeta digital.
En la pantalla aparecía mi nombre.
MIN AN.
Debajo había fotografías mías entrando al trabajo.
Saliendo de mi apartamento.
Comprando comida.
Visitando a mi madre.
Meses enteros de vigilancia.
—¿Por qué me estaban siguiendo?
—Eso intentamos descubrir.
Zhao pasó a la siguiente imagen.
Había una frase escrita junto a mi expediente.
“NO USAR. ELLA RECONOCERÁ EL OLOR.”
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—Entonces sabían que yo podía detectarlo.
—Sí.
—Pero eligieron mi oficina igualmente.
Zhao permaneció en silencio.
Y comprendí la respuesta.
—Querían que activara la alarma.
La capitana asintió lentamente.
—Eso parece.
—¿Por qué alguien querría ser detenido?
En ese instante su teléfono sonó.
Contestó.
Su expresión se endureció.
—¿Cuándo?
Silencio.
—Cierren todas las salidas.
Colgó.
—¿Qué pasó?
Zhao sacó su arma.
—El hombre que detuvimos nunca fue el objetivo.
—¿Qué?
—Acaban de verificar las cámaras del estacionamiento del Registro.
Me mostró una imagen.
Mientras todos observábamos cómo esposaban a Wei, otra persona había entrado discretamente al archivo administrativo usando una tarjeta de acceso.
Reconocí aquel rostro.
Era mi compañera de escritorio.
La misma mujer que me había dicho:
“Min, es la última pareja. Sella y nos vamos.”
Entonces Zhao recibió otro mensaje.
Lo leyó.
Y levantó lentamente la mirada hacia mí.
—Min…
—¿Qué?
—Han abierto el expediente de la cuarta mujer desaparecida.
Sentí que dejaba de respirar.
—¿Quién era?
Zhao giró la pantalla.
En la fotografía aparecía una joven que reconocí inmediatamente.
Mi hermana mayor.
La mujer que mi familia creía muerta desde hacía nueve años.