PARTE 2: EL REGALO DE ANIVERSARIO

Durante tres segundos nadie habló.

Ni en la habitación 8809.

Ni en la sala de juntas.

Ni al otro lado del balcón.

Después Charles Harris reaccionó.

—¿Dónde está Ethan?

Mi padre no apartó la mirada de la pantalla.

—Ava.

—Cloud Palace.

—Habitación.

—8808.

Charles tomó su chaqueta.

—Voy para allá.

—No —dije.

Se detuvo.

—Tío Charles, todavía no.

Mi padre me miró.

—¿Qué estás planeando?

Abrí mi bolso.

Saqué una carpeta.

Dentro estaban los documentos que mi abogada había preparado dos días antes.

—Lo mismo que Ethan.

Hice una pausa.

—Solo que yo sí pensé en las consecuencias.

Maya abrió mucho los ojos.

—¿Divorcio?

Asentí.

Charles se quedó inmóvil.

Mi padre no intentó detenerme.

Solo preguntó:

—¿Estás segura?

—Completamente.

Entonces levanté otra hoja.

—Y hay algo más.

La expresión de Charles cambió.

—¿Qué?

—Ethan utilizó dos empresas vinculadas al Grupo Harris para pagar regalos, hoteles y viajes de Sophie.

El silencio volvió a caer.

Charles palideció.

—Eso es imposible.

—Ojalá.

Giré la cámara y mostré los extractos.

—Mi equipo financiero lleva tres semanas revisándolos.

Mi padre se inclinó hacia adelante.

—¿Tres semanas?

—Descubrí lo de Sophie antes de hoy.

Maya me miró sorprendida.

—¿Entonces esta noche…?

—Solo necesitaba que Ethan hablara delante de las personas correctas.

Charles cerró los ojos.

Aquello ya no era únicamente una infidelidad.

Era un problema corporativo.


Quince minutos después, Ethan recibió una llamada.

Desde nuestra habitación escuchamos su teléfono sonar.

—Papá.

Su tono cambió inmediatamente.

—¿Ahora? Estoy en una reunión privada.

Charles respondió algo que no alcanzamos a escuchar.

Ethan soltó una risa nerviosa.

—Claro que no estoy en Cloud Palace.

Maya me miró.

Yo activé otra vez el transmisor.

La voz de Ethan llegó perfectamente a la sala de juntas.

—Papá, no sé quién te dijo eso, pero estoy en casa trabajando.

Charles tardó varios segundos en responder.

Luego su voz salió por el altavoz de mi teléfono:

—Entonces abre la puerta de tu estudio.

Silencio.

Sophie susurró:

—¿Qué pasa?

Ethan la hizo callar.

—Papá, ¿qué clase de pregunta es esa?

—Abre la puerta.

—No voy a participar en este juego.

Charles respiró lentamente.

—Perfecto.

Su voz se volvió helada.

—Entonces quizá quieras explicarme por qué estoy escuchando a Sophie Reed detrás de ti.

No hubo respuesta.

Después escuchamos movimiento.

Un vaso cayó.

Sophie preguntó:

—Ethan, ¿quién está escuchando?

Él no contestó.

Yo me acerqué al balcón.

—Yo.

Silencio absoluto.

—Feliz aniversario.

La puerta del balcón 8808 se abrió de golpe.

Ethan apareció.

Su camisa estaba desabrochada en el cuello.

Su rostro pasó de confusión a horror cuando me vio en el balcón de al lado.

—Ava.

—Hola.

—¿Qué haces aquí?

Maya soltó una carcajada.

—La pregunta sería qué haces tú.

Sophie apareció detrás.

Cuando vio mi teléfono, retrocedió.

—¿Estás grabándonos?

—No exactamente.

Sonreí.

—Los estaba escuchando el consejo de administración.

Ethan dejó de respirar.

—¿Qué?

Le mostré la pantalla.

Mi padre.

Charles.

Doce directores.

Todos mirando.

La cara de Ethan perdió completamente el color.


—Ava —dijo—, podemos hablar.

—Ya hablaste bastante.

—Esto no es lo que parece.

Maya casi se ahogó de indignación.

—¿En serio vas a usar esa frase?

Sophie intentó entrar.

—Señora Harris, yo…

—No.

La miré.

—No te debo una conversación.

Después volví a Ethan.

—Tú sí.

Abrí la carpeta.

—Primero: divorcio.

Su expresión cambió.

—No.

—No es una negociación.

—Ava, estás enfadada.

—No.

—Estás humillada.

—Tampoco.

—Entonces ¿qué estás haciendo?

Lo miré fijamente.

—Terminando algo que tú ya habías terminado hace mucho.

Ethan apretó la barandilla.

—No voy a firmar.

—No necesito que estés de acuerdo para iniciar el proceso.

Su mandíbula se tensó.

—¿Y crees que tu padre puede destruirme porque escuchó una conversación privada?

—No.

Levanté la segunda carpeta.

—Eso lo hiciste tú.


Charles habló desde la pantalla.

—Ethan, mañana a las nueve estarás en la sede.

—Papá…

—Sin excusas.

—Esto es un asunto matrimonial.

—Dejó de serlo cuando utilizaste recursos de la empresa.

Ethan palideció.

Sophie lo miró.

—¿Qué recursos?

Aquella pregunta me interesó.

Ella tampoco lo sabía todo.

Saqué los extractos.

—El bolso que llevas ahora.

Sophie bajó la mirada.

—El viaje a Aspen.

Su expresión cambió.

—La suite en Miami.

—Ethan…

—Y esta habitación.

Sophie se volvió hacia él.

—Dijiste que pagabas tú.

Ethan perdió la paciencia.

—¡Cállate!

Ella dio un paso atrás.

—No me hables así.

—Todo esto está pasando por tu culpa.

La miré.

Ahí estaba.

El hombre que minutos antes decía que Sophie era la mujer que realmente lo entendía.

Ahora necesitaba un culpable.

Sophie lo entendió también.

Su rostro se endureció.

—¿Mi culpa?

—Si no hubieras insistido en venir aquí…

—¡Tú reservaste la habitación!

Charles cerró los ojos.

Mi padre no dijo nada.

No hacía falta.

Ethan se estaba destruyendo solo.


A la mañana siguiente comenzó la auditoría.

Yo no asistí.

No necesitaba hacerlo.

Mi abogada sí.

Y mi padre también.

A las once, Maya me envió un mensaje:

“Lo suspendieron.”

A las doce:

“Charles está furioso.”

A la una:

“Encontraron más pagos.”

A las tres recibí una llamada de mi padre.

—Ava.

—¿Qué pasó?

—Son más de dos millones.

Me quedé quieta.

—¿Dos millones en qué?

—Gastos cargados a empresas del grupo durante los últimos dieciocho meses.

—¿Solo Sophie?

—No.

Aquella respuesta cambió todo.

—¿Qué quieres decir?

Mi padre guardó silencio.

—Hay otras transferencias.


Dos días después, Ethan apareció en casa.

Yo ya había cambiado las cerraduras de mi estudio, separado mis cuentas personales y trasladado mis pertenencias importantes.

Entró usando la llave principal.

—Tenemos que hablar.

—Cinco minutos.

—Ava, no puedes hacer esto.

—Ya lo hice.

—Mi padre me suspendió.

—Eso no lo hice yo.

—¡Sabías exactamente lo que ocurriría!

—Sí.

Su rostro se llenó de rabia.

—Entonces todo fue una trampa.

—No.

Me acerqué.

—La trampa habría sido obligarte a decir algo falso.

Lo miré directamente.

—Yo solo te di un micrófono.

No respondió.

—Tú elegiste cada palabra.

Ethan se sentó.

Por primera vez parecía derrotado.

—Sophie no significa nada.

Casi me dio pena.

Casi.

—Eso la hace peor.

—¿Qué?

—Si no significaba nada, destruiste nuestro matrimonio por alguien que ni siquiera significaba nada.

Bajó la cabeza.

—Ava…

—Firma cuando estés listo.

Me dirigí hacia la puerta.

Entonces dijo:

—Hay algo que no sabes.

Me detuve.

—¿Sobre qué?

—Sobre tu padre.

Me volví.

—No intentes cambiar de tema.

—No lo hago.

Sacó su teléfono.

—Los pagos que encontraron no empezaron conmigo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

Ethan abrió un archivo.

Era una lista de transferencias antiguas.

Mucho anteriores a Sophie.

Mucho anteriores incluso a nuestro matrimonio.

—Encontré esto durante la auditoría.

Tomé el teléfono.

Una empresa aparecía repetidamente:

Sterling Meridian Holdings.

Mi apellido.

—¿Qué es esto?

—Pregúntale a Richard.

Mi sangre se enfrió.

—¿Por qué?

Ethan levantó la mirada.

—Porque el dinero que me están acusando de usar indebidamente salió de una estructura financiera que tu padre creó hace años.

Negué.

—Eso no prueba nada.

—Mira al beneficiario final.

Deslicé la pantalla.

Leí el nombre.

Y me quedé completamente inmóvil.

Ava Sterling.

—Yo nunca abrí esa empresa.

—Lo sé.

—Entonces ¿quién?

Ethan tragó saliva.

—Eso es lo que intentaba decirte.

En ese instante mi teléfono sonó.

Era mi padre.

Contesté.

—Papá.

No respondió inmediatamente.

—Ava, necesito que vengas.

—¿Por qué?

Su voz sonaba distinta.

Más cansada.

Más vieja.

—Porque la auditoría encontró algo que pensé que jamás saldría a la luz.

Apreté el teléfono.

—¿Qué?

Hubo una pausa larga.

Tu matrimonio con Ethan no comenzó por casualidad.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Qué estás diciendo?

Mi padre respiró.

Fui yo quien hizo que se conocieran.

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