Parte 2: EL HOMBRE QUE NO DEBÍA DESPERTAR

Los dedos de Everett se cerraron alrededor de mi muñeca.

No fue un espasmo.

No fue un reflejo involuntario.

Fue una respuesta.

Me quedé inmóvil junto a la cama, conteniendo incluso la respiración. La habitación estaba iluminada únicamente por el resplandor azulado de los monitores y las luces lejanas de Chicago reflejándose sobre el lago.

—Everett —susurré.

Su mano volvió a apretarme.

Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

Durante tres años, todos habían dicho que yo no era digna de volver a acercarme a un paciente. Durante tres años había escuchado la voz del doctor Whitfield describiéndome ante un tribunal como irresponsable, negligente y peligrosa.

Pero mis instintos no estaban equivocados.

Everett Kane estaba allí dentro.

Me incliné hacia él.

—Si puedes escucharme, aprieta mi muñeca otra vez.

Esperé.

Nada.

Entonces sus dedos se cerraron lentamente.

Una vez.

Las lágrimas me ardieron en los ojos.

—Dios mío…

El monitor cardíaco aceleró.

Miré hacia la puerta.

De repente comprendí algo mucho más aterrador que el descubrimiento mismo.

Si Whitfield sabía que Everett estaba respondiendo, aumentaría la sedación.

Y si Sterling descubría que su primo podía despertar…

quizá se aseguraría de que jamás lo hiciera.

Me acerqué al oído de Everett.

—No dejes que nadie sepa que puedes responderme. ¿Entiendes?

Su mano permaneció quieta.

—Everett, necesito que confíes en mí.

Dos segundos después, sus dedos me soltaron.

Casi reí de puro alivio.

—Perfecto.

Entonces escuché pasos en el pasillo.

Me aparté inmediatamente y agarré el libro que había estado leyendo. Apenas conseguí sentarme cuando la puerta se abrió.

Sterling Kane entró.

Vestía un traje gris impecable pese a que eran casi las dos de la madrugada.

—Qué esposa tan dedicada.

—No podía dormir.

Sterling miró primero mi silla y después a Everett.

—Te estás tomando este matrimonio demasiado en serio.

Sonrió, pero algo en sus ojos me puso en alerta.

—Me pagan por permanecer aquí —respondí.

—Exactamente.

Se acercó a la cama.

Everett no reaccionó.

Sterling apoyó una mano sobre el hombro de su primo.

—Pobre Everett. Siempre necesitó controlar cada habitación en la que entraba. Ahora ni siquiera puede decidir quién duerme junto a él.

Tuve que apretar los dientes.

Sterling me observó.

—Mañana vendrán los abogados.

—¿Por qué?

—Asuntos familiares.

—Ahora soy su esposa.

Su sonrisa desapareció durante medio segundo.

—No confundas un certificado matrimonial con poder, señorita Dawson.

Era la primera vez que pronunciaba mi apellido desde la ceremonia.

—Me llamo Claire Kane ahora.

El silencio se volvió pesado.

Entonces Sterling soltó una pequeña carcajada.

—Disfruta del apellido mientras puedas.

Aquello no sonó como una amenaza vacía. Sonó como una fecha de vencimiento.

A la mañana siguiente llegaron cuatro abogados, dos contadores y varios hombres que reconocí de la boda.

Me ordenaron esperar fuera de la biblioteca.

No obedecí.

Entré y tomé asiento en silencio.

Sterling golpeó la mesa.

—Esto es privado.

—Entonces no deberían celebrar reuniones sobre mi esposo dentro de su propia casa esperando que su esposa desaparezca.

Uno de los abogados levantó la vista.

Era un hombre mayor llamado Nathaniel Price.

Y su reacción al verme me sorprendió.

Parecía… aliviado.

—Legalmente, la señora Kane tiene derecho a estar presente en determinados asuntos relacionados con su marido.

Sterling lo fulminó con la mirada.

—Cuidado, Nathaniel.

El abogado no respondió.

Sobre la mesa había varias carpetas.

Alcancé a leer una frase.

TRANSFERENCIA DE CONTROL EJECUTIVO.

Sterling cerró la carpeta inmediatamente.

—Everett lleva ocho meses incapacitado —dijo—. Sus negocios necesitan estabilidad.

—¿Y esa estabilidad eres tú?

—Alguien debe proteger lo que construyó.

Nathaniel Price deslizó lentamente una hoja hacia mí.

—Existe un problema.

Sterling se tensó.

El abogado continuó:

—El testamento privado del señor Kane contiene una cláusula matrimonial.

Todas las miradas se clavaron en mí.

—¿Qué cláusula?

Nathaniel abrió la boca.

Sterling golpeó la mesa.

—Basta.

Pero ya era demasiado tarde.

—Si Everett Kane contraía matrimonio legal antes de su fallecimiento —explicó Nathaniel—, su esposa se convertiría temporalmente en la responsable de determinadas decisiones patrimoniales hasta que un tribunal estableciera su incapacidad permanente.

Sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies.

Miré a Sterling.

Él sabía aquello.

Entonces comprendí por qué había escogido a una mujer sin hogar, desacreditada y desesperada.

No necesitaba una esposa para Everett. Necesitaba una esposa que pudiera controlar.

—Por eso me elegiste.

Sterling sonrió.

—Por fin estás entendiendo.

Esa tarde encontré un sobre debajo de mi almohada.

Dentro había una sola fotografía.

Era una imagen antigua del hospital St. Ambrose.

Aparecía Whitfield entrando en una sala de medicamentos.

En la parte posterior alguien había escrito:

“ÉL TAMBIÉN ESTABA ALLÍ LA NOCHE QUE DESTRUYERON TU VIDA.”

No había firma.

Guardé la fotografía justo cuando escuché un ruido detrás de mí.

Everett tenía los ojos cerrados.

Pero una lágrima descendía lentamente por su sien.

Corrí hacia él.

—Everett.

Sus labios se movieron.

Me incliné.

—¿Qué intentas decir?

Su voz fue apenas aire.

—Ar… chivo…

—¿Archivo?

Sus dedos se movieron sobre la manta.

—Oficina… norte…

Entonces la alarma del monitor cambió.

Pasos apresurados resonaron en el corredor.

Everett volvió a quedar completamente inmóvil.

La puerta se abrió.

Whitfield entró acompañado por Sterling.

El médico miró el monitor, luego me miró a mí.

Después observó la vía intravenosa.

Su expresión cambió.

Sabía que algo había ocurrido.

—Sal de la habitación, Claire.

—No.

Whitfield sacó una jeringa de su maletín.

—Tu esposo está mostrando actividad neurológica peligrosa.

Me interpuse entre él y la cama.

—Entonces quiero una segunda opinión.

Sterling cerró la puerta detrás de nosotros.

—No habrá ninguna segunda opinión.

Whitfield avanzó.

Pero en ese momento una voz ronca surgió desde la cama.

—Sterling.

Los tres nos congelamos.

Los ojos de Everett Kane se abrieron por primera vez en ocho meses.

No miró al médico.

No me miró a mí.

Miró directamente a su primo.

Y con enorme esfuerzo murmuró:

—Sé… lo que hiciste.

Sterling palideció.

Entonces Whitfield levantó la jeringa.

Y las luces de toda la mansión se apagaron.

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