PARTE 2: LA MEMORIA QUE LO CAMBIÓ TODO

Abrí el segundo video.

Teresa estaba sentada al borde de la cama, todavía con el vestido que había usado durante su boda. Tenía los ojos hinchados.

Gael permanecía detrás de la cámara.

—Dilo claramente —ordenó.

—Ya te di el dinero.

—No estoy hablando del dinero.

Teresa levantó la mirada.

—Gael, por favor.

—Dilo.

Ella cerró los ojos.

—Transferí la casa a la sociedad que me indicaste.

Sentí que se me helaba la sangre.

Aquella casa era prácticamente todo el patrimonio de Teresa.

Abrí otro archivo.

Después otro.

En cada grabación aparecía una exigencia diferente.

Transferencias bancarias.

Documentos firmados.

Contraseñas.

Información sobre propiedades.

Gael no se había casado con Teresa por amor.

Había convertido el matrimonio en una operación cuidadosamente preparada.

Entonces encontré una carpeta llamada ANDRÉS.

Me quedé inmóvil.

Mi esposo.

Abrí el primer archivo.

Era un audio.

La voz de Gael surgió inmediatamente.

—Tu hermano sigue sospechando.

Después escuché otra voz.

No era Andrés.

Era Teresa.

—Andrés nunca sospecharía de ti. Está convencido de que estoy enamorada.

—Entonces mantenlo así.

Cerré los ojos.

Por eso Teresa no pedía ayuda.

Gael había conseguido que sus propios hijos defendieran su aislamiento.

Seguí buscando hasta encontrar una hoja de cálculo.

Había nombres, cantidades y fechas.

Teresa no era la primera.

Aparecían otras cuatro mujeres.

Todas mayores que Gael.

Todas con propiedades.

Junto a dos nombres había una palabra:

COMPLETADO.

Busqué los nombres en mi teléfono.

Una había vendido inesperadamente su casa meses atrás.

Otra había desaparecido de las redes sociales después de anunciar que se mudaba al extranjero.

Sentí náuseas.

Copié todos los archivos en mi computadora y después en la nube.

Cuando terminé, escuché un coche detenerse afuera.

Miré por la ventana.

Gael y Teresa habían regresado.

Desconecté la memoria.

No llegué a salir del dormitorio.

Escuché pasos subiendo.

Rápidos.

La puerta se abrió.

Gael apareció.

Nos miramos.

Después sus ojos bajaron hacia mi mano.

La memoria USB seguía entre mis dedos.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué estás haciendo?

No respondí.

Teresa apareció detrás de él.

Cuando vio la memoria, perdió el color.

—Daniela…

Gael cerró la puerta.

—Dámela.

Guardé la memoria en mi bolsillo.

—No.

Por primera vez vi desaparecer completamente al joven encantador que Teresa había presentado como su gran amor.

Su mandíbula se endureció.

—Eso no te pertenece.

—Tampoco te pertenece la casa que obligaste a Teresa a transferirte.

Teresa comenzó a llorar.

—Daniela, por favor, vete.

—No voy a dejarte aquí.

—¡Vete!

Su desesperación me sorprendió.

Gael sonrió otra vez.

—Escucha a tu suegra.

Entonces apareció Andrés.

—¿Qué demonios está pasando?

Gael cambió de expresión instantáneamente.

—Tu esposa entró otra vez en nuestra habitación y robó cosas.

Andrés me miró furioso.

—Te advertí.

—Tu madre está siendo chantajeada.

Silencio.

—¿Qué?

Saqué el teléfono.

—Tengo pruebas.

Gael dio un paso hacia mí.

—Son videos privados.

—Videos donde obligas a tu esposa a entregarte propiedades.

Andrés miró a su madre.

—Mamá, dime que está mintiendo.

Teresa no pudo mirarlo.

Eso debería haber sido suficiente.

Pero Andrés negó con la cabeza.

—Daniela siempre odiaba esta relación.

No podía creerlo.

—¿De verdad estás escuchándote?

—¡Deja de destruir la felicidad de mi mamá!

Entonces Teresa gritó:

—¡NO SOY FELIZ!

Todos nos quedamos inmóviles.

Teresa se cubrió la boca.

Gael la miró.

Y comprendí inmediatamente que había dicho algo que llevaba una semana aterrorizada de decir.

—Teresa —murmuró él.

Ella retrocedió.

—No.

Gael avanzó.

—Estás nerviosa.

—No me toques.

Andrés finalmente pareció entender que algo estaba terriblemente mal.

Se interpuso.

—Gael, aléjate de mi madre.

Gael soltó una carcajada.

—Ahora sí quieres protegerla.

Sacó su teléfono.

Teresa comenzó a temblar.

—No.

—¿Qué tiene? —pregunté.

Gael levantó la pantalla.

—Algo que Teresa no quiere que sus hijos vean.

—¡No lo hagas! —suplicó ella.

—Entonces dile a Daniela que me entregue la memoria.

Teresa me miró.

Nunca olvidaré aquella expresión.

Vergüenza.

Miedo.

Y una súplica desesperada.

—Dásela.

Negué lentamente.

—Ya copié todo.

Gael dejó de sonreír.

Por primera vez, tuvo miedo.

—¿Qué dijiste?

—Hay copias.

Andrés me miró.

—¿Dónde?

No respondí.

No confiaba completamente en nadie.

Entonces mi teléfono vibró.

Había configurado la subida automática de los archivos.

Pero la notificación no era de la nube.

Era de mi banco.

Abrí el mensaje.

Una transferencia de nuestra cuenta conjunta acababa de ser solicitada.

Ciento ochenta mil dólares.

Miré a Andrés.

—¿Qué hiciste?

Él palideció.

—Nada.

Le mostré la pantalla.

Gael comenzó a retroceder hacia la puerta.

Y entonces lo entendí.

La carpeta llamada ANDRÉS no contenía información sobre cómo engañar a mi esposo.

Contenía información para vaciarnos a nosotros también.

—Dame tu teléfono —le dije a Andrés.

—¿Para qué?

—Ahora.

Lo desbloqueó.

Revisé sus aplicaciones.

Había una instalada hacía seis días que yo nunca había visto.

Parecía una sencilla aplicación para controlar las cámaras de seguridad de la casa.

Pero tenía permisos bancarios, acceso a mensajes y almacenamiento.

—¿Quién instaló esto?

Andrés miró a Gael.

—Él. Dijo que era para configurar las cámaras nuevas.

Gael corrió.

Andrés intentó detenerlo, pero Gael consiguió salir al pasillo y bajar las escaleras.

Yo llamé inmediatamente a la policía.

Teresa se desplomó sobre la cama.

—No entienden —sollozó—. Gael no trabaja solo.

Me agaché frente a ella.

—¿Quién más está involucrado?

Teresa negó con la cabeza.

—Si hablo, vendrán por todos nosotros.

—¿Quiénes?

Antes de responder, mi computadora emitió un sonido.

Una carpeta nueva acababa de aparecer dentro de los archivos copiados.

No la había visto antes.

FAMILIA MENDOZA – SIGUIENTE FASE.

Mendoza era mi apellido de soltera.

Abrí la carpeta.

Había fotografías de mis hijos saliendo de la escuela.

Fotografías mías en el supermercado.

De Andrés trabajando.

Incluso una imagen tomada desde fuera de la ventana de nuestro dormitorio.

Sentí que dejaba de respirar.

Pero había algo todavía peor.

Un documento titulado:

“DANIELA – ELIMINAR SI DESCUBRE LA USB.”

Detrás de mí, Teresa soltó un grito.

Miré hacia la ventana.

Gael estaba en el jardín hablando por teléfono.

No estaba huyendo.

Estaba mirando directamente hacia nosotros.

Entonces Teresa agarró mi brazo.

—Daniela, escucha con atención.

Su voz apenas era un susurro.

—Gael no eligió esta familia por mi dinero.

La miré.

—Entonces ¿por qué?

Teresa señaló la pantalla donde aparecía mi fotografía.

Y dijo:

—Porque desde el principio, la persona que buscaban eras tú.

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