El sábado llegó.
A las seis de la tarde, yo estaba sentada en la habitación del hotel mirando el reloj.
Sabía exactamente dónde estaban.
La parrillada comenzaba a las seis y media en casa de Marcos.
La misma parrillada a la que supuestamente nadie podía asistir.
A las 6:42, Camila publicó una historia.
Una mesa llena de comida.
Copas.
Música.
Y siete personas riendo alrededor de una parrilla.
Daniel estaba en el centro.
Mateo levantaba una cerveza.
Laura aparecía detrás haciendo una señal de victoria.
Camila había escrito:
“Por fin, los de siempre.”
Me quedé mirando esas palabras.
Los de siempre.
Después sonreí.
No lloré.
Ya había llorado suficiente durante cuatro años sin saber siquiera por qué me sentía constantemente excluida.
Abrí mi computadora.
Dos días antes había hablado con el propietario del departamento.
El contrato estaba exclusivamente a mi nombre.
Daniel nunca había figurado como arrendatario porque, cuando nos mudamos juntos, su historial financiero era pésimo.
Yo pagué el depósito.
Yo compré los muebles.
Yo contraté los servicios.
Hasta el automóvil que Daniel utilizaba algunos fines de semana estaba registrado a mi nombre.
Durante años pensé que aquello significaba que estábamos construyendo algo juntos.
Ahora comprendía que yo había construido el escenario donde él interpretaba nuestra relación.
Llamé a Daniel.
Contestó después del cuarto tono.
La música sonaba detrás.
—Hola, amor.
Amor.
Casi me reí.
—¿Estás trabajando?
Hubo una pausa mínima.
—Sí. Está siendo horrible.
Escuché una carcajada que reconocí inmediatamente.
Mateo.
—Parece animada tu oficina.
—Estamos terminando unas cosas y pedimos comida.
—Entiendo.
Entonces escuché a Camila decir algo al fondo.
Daniel cubrió rápidamente el teléfono.
—Tengo que dejarte.
—Daniel.
—¿Sí?
Miré la fotografía de todos ellos.
—Espero que disfrutes mucho esta noche.
—Intentaré sobrevivir.
—Seguro que sí.
Colgué.
A las siete, llamé al propietario.
A las siete y diez, envié el correo que había preparado.
A las siete y veinte, cancelé la renovación automática del alquiler.
Y a las siete y treinta hice algo todavía más sencillo.
Salí del grupo familiar donde estaban Mateo y mis padres.
Después bloqueé a Camila.
No a Daniel.
Todavía no.
Quería que pudiera llamarme.
Porque por primera vez quería escucharlo cuando comprendiera que sus acciones tenían consecuencias.
Regresé al departamento el domingo a las nueve de la mañana.
Daniel todavía no había vuelto.
Perfecto.
Dos empleados de una empresa de mudanzas llegaron poco después.
Se llevaron únicamente mis pertenencias.
Mi escritorio.
Mis libros.
La televisión que había comprado.
El sofá que pagué con mi primer bono.
Los electrodomésticos que estaban a mi nombre.
Incluso la cafetera que Daniel utilizaba cada mañana sin saber que había costado casi la mitad de mi salario de entonces.
A las once y cuarto, el departamento parecía otro lugar.
Dejé su ropa.
Su computadora.
Su consola.
Sus fotografías.
Nada más.
Sobre la encimera coloqué una carpeta.
Encima dejé una hoja.
“Ahora puedes vivir feliz sin mí.”
A las 12:03, sonó mi teléfono.
Daniel.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después otra vez.
Finalmente atendí.
—¿Dónde están las cosas?
Ni hola.
Ni qué ocurrió.
Las cosas.
—Me las llevé.
—¿Por qué?
—Porque son mías.
—Sofía, ¿qué demonios está pasando?
Escuché su respiración agitada.
—¿Quieres que te lo explique aquí o en “Vida feliz sin Sofía”?
Silencio.
Absoluto.
—¿Qué?
—Setecientos mensajes, Daniel.
No respondió.
—Dos años y tres meses.
—Sofía…
—Mi cumpleaños. Las cenas. Las parrilladas. Las noches de juegos. Todas las veces que me dijiste que estabas trabajando.
—Puedo explicarlo.
—Claro.
Esperé.
—Explícalo.
Silencio otra vez.
Entonces pronunció la frase que terminó de destruir cualquier duda que todavía pudiera quedarme.

—Al principio era una broma.
Cerré los ojos.
—Una broma que duró más de dos años.
—Las cosas se salieron de control.
—¿Y Camila?
—No significa nada.
—No pregunté si significaba algo. Pregunté por qué mi mejor amiga estaba allí.
Daniel comenzó a hablar rápidamente.
—Todos sentían que últimamente eras demasiado sensible. Cuando estabas presente había que medir cada comentario porque te tomabas las cosas personalmente.
Me quedé inmóvil.
Ahí estaba.
La justificación.
No arrepentimiento.
—Gracias —dije.
—¿Gracias?
—Necesitaba escuchar eso.
Colgué.
Cinco minutos después llamó Mateo.
No contesté.
Después llegó un mensaje.
“¿Por qué saliste del grupo familiar?”
Lo dejé sin respuesta.
Camila intentó llamarme desde otro número.
También la ignoré.
Durante las siguientes horas comenzaron a llegar mensajes.
Primero preocupados.
Después defensivos.
Finalmente desesperados.
Laura escribió:
“Esto se está exagerando.”
Marcos:
“Nadie quería hacerte daño.”
Julián:
“Era solo un nombre estúpido para un grupo.”
Y entonces llegó Camila.
“Por favor, déjame explicarte mi parte.”
Mi parte.
Como si traicionar a alguien pudiera dividirse en departamentos.
Pero hubo un mensaje que me hizo detenerme.
Mateo.
“Sofía, necesito hablar contigo. Hay algo sobre ese grupo que tú no sabes.”
Fruncí el ceño.
No respondí.
Un minuto después llegó otro.
“No lo creó Daniel.”
Después:
“Ni Camila.”
Sentí un escalofrío.
Abrí por primera vez la captura que había tomado del grupo aquella noche.
Ocho integrantes.
Había reconocido siete.
El octavo era aquel número desconocido.
Entonces Mateo escribió:
“La persona que creó el grupo fue el número que no tienes guardado.”
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era precisamente ese número.
Un mensaje.
“Hola, Sofía.”
Debajo apareció una fotografía.
La abrí.
Era yo.
Dormida.
En mi propia cama.
La imagen había sido tomada desde la puerta del dormitorio.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
Llegó un segundo mensaje.
“Daniel y los demás creen que ese grupo era para alejarse de ti.”
Luego un tercero.
“Nunca entendieron que en realidad era para vigilarte.”
Me levanté lentamente de la cama del hotel.
Entonces escuché tres golpes en la puerta.
Miré la pantalla.
Un último mensaje acababa de aparecer.
“No abras, Sofía. La persona que está afuera no es quien dice ser.”