Parte 2: LA SILLA QUE NUNCA FUE SUYA

A las ocho de la mañana siguiente, mientras Camila esperaba la cirugía, Ricardo entró al edificio corporativo de Grupo Nébula convencido de que seguía teniendo el control.

No sabía que una auditoría había comenzado veinte minutos antes.

Arturo Beltrán esperaba en la sala de juntas acompañado por dos abogados y la directora de cumplimiento.

—¿Qué significa esto? —preguntó Ricardo.

—Revisión rutinaria de proveedores —respondió Arturo.

Ricardo sonrió.

—Entonces podrían haberla hecho sin mí.

—Preferimos que estés presente.

Sobre la mesa aparecieron contratos firmados durante los últimos dieciocho meses.

Tres empresas proveedoras llamaron inmediatamente la atención.

Ricardo las reconoció.

Y Arturo reconoció su reacción.

—¿Algún problema?

—Ninguno.

Pero sí lo había.

Las tres compañías habían recibido millones de pesos de Nébula por servicios inflados. Dos compartían domicilio fiscal y una tenía como representante a un antiguo socio de Ricardo.

Entonces apareció un cuarto nombre.

Beatriz Luján.

Ricardo dejó de sonreír.

—Mi madre no tiene nada que ver con esto.

—Curioso —dijo la directora de cumplimiento—. Porque una empresa vinculada a ella recibió pagos autorizados con tus credenciales.

Ricardo golpeó la mesa.

—¡Esto es una trampa!

Arturo permaneció tranquilo.

—Entonces no tendrás problema en entregar tu computadora y teléfono corporativos.

—Necesito llamar a mi abogado.

—Hazlo.

Aquella misma mañana, Camila salió de cirugía.

Lucía estaba esperándola.

—Todo salió bien.

Camila apenas podía mantener los ojos abiertos.

—¿Y la auditoría?

Lucía dudó.

—Encontraron algo.

Camila despertó por completo.

—¿Qué?

—Pagos irregulares.

Lucía le explicó lo poco que sabía.

Ricardo había utilizado su posición para favorecer proveedores relacionados con conocidos. Todavía no estaba claro cuánto dinero había desaparecido.

Pero había algo peor.

—Encontraron el nombre de Beatriz.

Camila cerró los ojos.

De pronto comprendió por qué su suegra llevaba meses hablando de remodelar el departamento, comprar una casa de descanso y “asegurar el futuro de la familia”.

No era solamente arrogancia.

Había dinero detrás de aquella seguridad.

Horas después llegó Sofía Mercado, la abogada.

Colocó una carpeta sobre la mesa del hospital.

—Tenemos que hablar del departamento.

—¿Ricardo intentó venderlo?

—Todavía no.

—¿Entonces?

Sofía abrió un documento.

—Intentó usarlo como garantía.

Camila sintió que el efecto de los analgésicos desaparecía de golpe.

—No puede.

—Correcto. Necesita tu autorización.

Sofía deslizó otra hoja.

Había una firma.

CAMILA TORRES.

Camila la observó durante varios segundos.

—Esa firma no es mía.

—Lo imaginaba.

Ricardo había presentado documentación semanas antes intentando obtener financiamiento respaldado por el departamento.

La solicitud seguía incompleta.

Pero alguien había falsificado su firma.

—¿Para qué quería el dinero?

—Todavía estamos investigándolo.

El teléfono de Sofía vibró.

Leyó un mensaje.

Su expresión cambió.

—Acaban de suspender a Ricardo.

Camila no celebró.

—¿Qué encontraron?

—Lo suficiente para retirarle temporalmente acceso a sistemas y cuentas corporativas.

En el edificio de Nébula, Ricardo estaba perdiendo la paciencia.

—¡Yo levanté esta región! —gritó—. ¡Esta empresa me necesita!

Arturo lo observó desde el otro lado de la mesa.

—Ninguna empresa seria depende de una sola persona.

—Hablaré con la junta.

—La junta ya fue informada.

Ricardo tomó su teléfono personal.

—Entonces llamaré a los inversionistas.

Arturo casi sonrió.

—No creo que eso te convenga.

—¿Por qué?

—Porque uno de ellos solicitó personalmente esta auditoría.

Ricardo se quedó inmóvil.

—¿Quién?

—Horizonte Capital.

Por primera vez sintió verdadero miedo.

Conocía ese nombre.

Todos los ejecutivos importantes lo conocían.

Horizonte Capital había financiado la expansión que convirtió a Nébula en un gigante internacional.

Pero su estructura era extraordinariamente reservada.

—Quiero hablar con su representante.

Arturo cerró la carpeta.

—Ya hablaste muchas veces con ella.

Ricardo frunció el ceño.

Antes de poder preguntar, seguridad entró.

—Necesitamos su identificación corporativa.

—Esto no termina aquí.

—En eso tienes razón —respondió Arturo.

Ricardo salió furioso.

Su primera llamada fue a Beatriz.

—Mamá, tenemos un problema.

—¿Camila?

—Mucho peor.

Mientras tanto, en el hospital, Camila recibió una alerta bancaria.

INTENTO DE RETIRO: $1,850,000 MXN. OPERACIÓN RECHAZADA.

Ricardo había intentado vaciar la cuenta conjunta.

Camila mostró la pantalla a Sofía.

—Guárdala.

Un segundo aviso apareció.

Otro intento.

Después otro.

Los tres fueron rechazados.

Finalmente llegó un mensaje de Ricardo:

“Desbloquea la cuenta AHORA.”

Camila no respondió.

Un minuto después:

“Ese dinero también es mío.”

Después:

“Si estás haciendo esto para castigarme, vas a arrepentirte.”

Sofía fotografió cada mensaje.

—Está construyendo nuestro expediente él solo.

Pero Ricardo todavía guardaba una carta.

Aquella tarde llegó al hospital acompañado de un abogado.

Seguridad intentó detenerlo, pero Sofía aceptó recibirlos en una pequeña sala de reuniones.

Camila llegó en silla de ruedas.

Ricardo la miró con desprecio.

—Qué espectáculo.

Camila no reaccionó.

El abogado de Ricardo abrió una carpeta.

—Nuestro cliente desea una separación amistosa.

Sofía arqueó una ceja.

—¿Después de intentar retirar casi dos millones?

Ricardo intervino.

—Quiero lo que me corresponde.

—Perfecto —dijo Camila—. Yo también.

Entonces el abogado presentó su propuesta.

Ricardo exigía la mitad del departamento, parte del valor de la panadería y acceso inmediato a la cuenta congelada.

A cambio, prometía “no perjudicar públicamente la reputación” de Camila.

Sofía soltó una pequeña risa.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una propuesta.

Camila miró a Ricardo.

—¿Sabes por qué siempre permití que pensaras que mi panadería era todo lo que tenía?

—Porque es todo lo que tienes.

—No.

Ricardo frunció el ceño.

Camila se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Porque quería saber cómo me tratarías si creías que no necesitabas nada de mí.

El silencio cayó sobre la sala.

El teléfono de Ricardo comenzó a sonar.

Arturo Beltrán.

Ricardo rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Esta vez contestó.

—¿Qué?

Camila pudo escuchar la voz de Arturo.

—La junta solicita tu presencia mañana.

—Ya tienen mi respuesta.

—No es una reunión disciplinaria.

Ricardo miró a Camila.

—¿Entonces qué es?

—Horizonte Capital solicitó una sesión extraordinaria.

Ricardo apretó el teléfono.

—Excelente. Finalmente conoceré al cobarde que está detrás de esto.

Camila bajó la mirada para esconder una sonrisa.

Arturo respondió:

—Eso ocurrirá mañana.

Ricardo colgó.

Se acercó a Camila antes de marcharse.

—Cuando esto termine, descubrirás que tu dinero para hacer pastelitos no puede protegerte de todo.

Camila sostuvo su mirada.

—Mañana veremos quién necesita protección.

Ricardo salió.

Pero Sofía permaneció seria.

—Camila, tenemos otro asunto.

—¿Qué pasó?

La abogada sacó un documento recién recibido.

—Investigamos la empresa vinculada a Beatriz.

—¿Y?

—Los pagos de Nébula no fueron su única fuente de dinero.

Camila tomó el documento.

Había transferencias procedentes de una cuenta que reconoció inmediatamente.

No pertenecía a Ricardo.

Pertenecía a Horizonte Capital.

Camila sintió que se le helaba el cuerpo.

—Eso es imposible.

—Yo también pensé lo mismo.

—Solo cinco personas tienen autorización para mover dinero desde esa cuenta.

Sofía colocó una segunda hoja sobre la mesa.

Era el registro de acceso.

Camila leyó la fecha.

Después leyó el nombre.

Y toda la seguridad que había sentido desapareció.

Porque alguien dentro de Horizonte llevaba meses enviando dinero a Beatriz.

Y era precisamente la última persona que Camila habría sospechado.

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