PARTE 2: LA ESPOSA QUE NO EXISTÍA

La bandeja golpeó el suelo.

Nathan miró mi anillo.

Isabella también.

Durante una fracción de segundo, ninguno supo qué decir.

Después Nathan recuperó la calma.

—Era de nuestra madre —dijo—. Te lo regalé cuando cumpliste veinticinco.

Mentía.

Aquel anillo tenía grabada nuestra fecha de boda.

Pero sonreí.

—Ah… entonces lo había entendido mal.

Vi cómo sus hombros se relajaban.

Perfecto.

Todavía creía que yo no recordaba nada.

La enfermera recogió la bandeja sin dejar de mirarnos. Antes de marcharse, sus ojos se encontraron con los míos.

Había escuchado suficiente para sospechar.

Yo necesitaba hacer exactamente lo contrario.

Convertirme en la Evelyn confundida que Nathan esperaba.

—Lo siento, Isabella.

Ella sonrió.

—No pasa nada.

Nathan volvió a acariciarle el cabello.

Esta vez no sentí celos.

Sentí curiosidad.

¿Por qué?

¿Por qué inventar una mentira tan absurda?

Aquella tarde esperé hasta que Nathan salió del hospital.

Después fui directamente al puesto de enfermería.

La mujer de la bandeja estaba allí.

—Necesito pedirle un favor.

—¿Recuperó la memoria?

La miré sorprendida.

Ella bajó la voz.

—Señora Hale, yo estaba de guardia cuando ingresó. Su esposo firmó varios documentos como “cónyuge”.

Mi corazón se aceleró.

—¿Puede darme una copia?

—De sus propios documentos médicos, sí.

Veinte minutos después tenía pruebas.

Nathan Hale. Relación con la paciente: esposo.

Guardé fotografías en una cuenta a la que Nathan no tenía acceso.

Después llamé a mi abogado.

—Daniel, necesito que compruebes si mi matrimonio sigue registrado legalmente.

Su respuesta llegó esa misma tarde.

Seguíamos casados.

No existía divorcio.

No existía anulación.

Y tampoco existía ningún matrimonio legal entre Nathan e Isabella Grant.

Entonces la pregunta cambió.

Ya no era quién era la verdadera esposa.

Era qué pretendía conseguir Nathan antes de que yo “recuperara” la memoria.

La respuesta comenzó a aparecer al día siguiente.

Nathan llegó con una carpeta.

—Cariño, necesito que firmes unas cosas antes del alta.

—¿Qué cosas?

—Documentos rutinarios.

Pasé las páginas lentamente.

Había una autorización médica.

Otra bancaria.

Y finalmente un poder para administrar temporalmente ciertos bienes mientras yo estuviera “cognitivamente incapacitada”.

Casi sonreí.

Ahí estaba.

—¿Por qué tengo tantos bienes?

Nathan me acarició la cabeza.

—Nuestros padres nos dejaron algunas cosas.

Nuestros padres.

Seguía interpretando al hermano.

—¿Y tú cuidarás todo?

—Siempre he cuidado de ti.

Tomé el bolígrafo.

Nathan observó mi mano.

Entonces lo dejé sobre la mesa.

—Me duele la cabeza.

Su expresión cambió.

Solo un instante.

—Podemos hacerlo después.

Aquella noche envié fotografías de todos los documentos a Daniel.

Me llamó inmediatamente.

—Evelyn, no firmes absolutamente nada.

—No pensaba hacerlo.

—Hay algo que necesitas saber.

Antes de casarte, heredaste acciones del grupo farmacéutico de tu abuelo.

—Lo sé.

—Nathan intenta obtener autoridad para votar esas acciones.

Me incorporé.

Aquello era mucho más grande que una aventura.

Mis acciones representaban suficiente participación para decidir una votación extraordinaria del consejo programada para la semana siguiente.

—¿Qué van a votar?

Daniel tardó unos segundos.

—Una adquisición.

—¿De quién?

—Grant Biomedical.

Grant.

Isabella Grant.

Sentí que todo encajaba.

La familia de Isabella controlaba una compañía al borde de una crisis financiera.

Si la adquisición era aprobada, recibirían una cantidad enorme.

Y mis acciones podían decidir la votación.

Nathan no estaba intentando simplemente borrar nuestro matrimonio.

Necesitaba controlar mi voto.

Pero todavía faltaba algo.

¿Por qué presentar a Isabella como su esposa?

La respuesta llegó de la persona que menos esperaba.

Dos noches después, Isabella entró sola en mi habitación.

Cerró la puerta.

—¿De verdad no recuerdas nada?

La observé.

—¿Debería?

Se acercó.

—Nathan está mintiéndote.

Casi me reí.

—¿Sobre qué?

—Sobre mí.

Isabella comenzó a llorar.

—Yo no soy su esposa.

Guardé silencio.

—Entonces ¿por qué dijiste que lo eras?

—Porque él me lo pidió.

—¿Por qué?

Se sentó.

—Mi padre está desesperado por salvar nuestra empresa. Nathan dijo que podía conseguir los votos necesarios.

—¿Y qué tiene que ver nuestro matrimonio?

Isabella me miró.

—Nathan me dijo que ustedes estaban divorciándose.

Mi corazón se endureció.

—No lo estamos.

Su rostro cambió.

Parecía genuinamente sorprendida.

Entonces sacó su teléfono.

—Hay algo más.

Me mostró mensajes de Nathan.

Uno decía:

“Mientras Evelyn crea que soy su hermano, podremos conseguir las firmas sin que sospeche.”

Otro:

“Después de la votación, podremos decirle que su memoria está regresando gradualmente.”

Y después encontré el mensaje que hizo desaparecer cualquier duda.

“Cuando todo termine, el matrimonio dejará de ser un problema.”

Fotografié la pantalla.

—Envíamelos.

Isabella dudó.

—Si mi padre descubre que te ayudé…

—Tu padre está a punto de perder una empresa.

Yo estoy a punto de perder el control de mi patrimonio.

La miré.

—Decide cuál de esas cosas te permite dormir por la noche.

Me envió todo.

A la mañana siguiente hice algo que Nathan jamás esperaba.

Firmé los documentos.

O eso creyó.

Daniel había preparado copias visualmente idénticas que no transferían ningún poder y dejaban constancia de que cualquier intento de utilizarlas como autorización real debía ser investigado.

Nathan recogió la carpeta.

Me besó en la frente.

—Sabía que podía confiar en ti.

Sonreí.

—Para eso están los hermanos, ¿verdad?

Se marchó satisfecho.

Tres días después se celebró la reunión extraordinaria del consejo.

Nathan llegó convencido de que controlaba mis acciones.

Yo debía seguir hospitalizada.

Isabella debía permanecer en casa.

Y la adquisición de Grant Biomedical debía aprobarse antes del mediodía.

A las 10:07 entré en la sala.

Nathan se puso de pie tan rápido que golpeó su silla.

—Evelyn…

Todos me miraron.

Me quité lentamente las gafas.

—Hola, hermano.

Nadie entendió.

Nathan sí.

Su rostro quedó completamente blanco.

Mi abogado entró detrás de mí.

Después Isabella.

Y finalmente dos investigadores contratados por el comité de auditoría.

Coloqué los documentos originales sobre la mesa.

—Antes de votar, creo que el consejo debería saber que alguien intentó obtener el control de mis acciones aprovechándose de una supuesta pérdida de memoria.

Nathan comenzó a hablar.

—Evelyn sufrió un accidente. Está confundida.

—¿Confundida?

Saqué mi teléfono.

Reproduje su propia voz.

“Mientras Evelyn crea que soy su hermano, podremos conseguir las firmas sin que sospeche.”

Nadie se movió.

Nathan miró a Isabella.

Comprendió inmediatamente.

—Tú…

Ella bajó los ojos.

Pero yo todavía no había terminado.

—La adquisición queda rechazada con mis votos.

El presidente del consejo asintió.

—Y solicito la suspensión inmediata de Nathan mientras se investiga su conducta.

Esta vez nadie lo defendió.

Nathan me siguió hasta el pasillo.

—¡Evelyn!

Me detuve.

—¿Desde cuándo recordabas?

Lo miré.

—Desde el principio.

Su expresión fue casi cómica.

—¿Nunca perdiste la memoria?

—No.

—Entonces todo esto…

—Comenzó como una broma.

Miré al hombre con quien había compartido mi vida.

—Tú decidiste convertirla en una confesión.

Creí que aquello sería el final.

Pero Daniel apareció desde la sala.

—Evelyn, encontramos otra cosa.

Su expresión me preocupó.

—¿Qué?

Me entregó una copia de un documento.

Era anterior a mi accidente.

Mucho anterior.

Una solicitud relacionada con mis acciones que Nathan había preparado seis meses atrás.

—Esto no empezó en el hospital —dijo Daniel.

Levanté la vista.

—¿Qué quieres decir?

—Nathan ya estaba intentando encontrar una forma de declararte temporalmente incapaz.

Sentí frío.

Entonces vi la fecha de una reunión adjunta.

Era exactamente dos días antes de mi accidente automovilístico.

Miré hacia Nathan.

Por primera vez desde que comenzó todo, él no intentó defenderse.

Y entonces entendí la pregunta que realmente importaba.

Si Nathan había preparado su plan antes de que yo chocara… ¿hasta qué punto mi accidente había sido realmente un accidente?

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