Emiliano no apartó la vista de la pantalla.
Patricia permanecía frente a Rosa con los brazos cruzados.
—No vuelva a intervenir entre las niñas y yo —dijo con frialdad—. Muy pronto esta casa también será mía.
Rosa no respondió.
Solo miró a Martina, que seguía luchando por contener las lágrimas.
—Vamos a la cocina —dijo suavemente—. Les prepararé chocolate caliente.
Patricia se interpuso.
—No.
Daniela levantó la cabeza.
—Pero papá dijo que podíamos pedirlo cuando quisiéramos.
Patricia sonrió.
No era una sonrisa amable.
—Tu padre también cree muchas cosas que dejarán de importar cuando nos casemos.
En la sala de monitoreo, Emiliano sintió que algo se rompía dentro de él.
Su jefe de seguridad lo observó.
—Señor Duarte…
Emiliano levantó una mano.
—Todavía no.
Necesitaba saber hasta dónde llegaba aquello.
Patricia señaló las escaleras.
—Las dos arriba.
Daniela abrazó a Martina.
—No hicimos nada.
—¿Quieres discutir conmigo?
La niña bajó inmediatamente la cabeza.
Ese gesto terminó de confirmar la peor sospecha.
Sus hijas no estaban aprendiendo a temer a Patricia. Ya la temían.
Rosa dio un paso al frente.
—Señorita Patricia, el señor Duarte dejó instrucciones claras sobre cómo deben tratarse las niñas.
Patricia soltó una carcajada.
—¿Y tú vas a contarle?
Rosa permaneció en silencio.
Patricia se acercó hasta quedar frente a ella.
—No lo has hecho hasta ahora.
Emiliano frunció el ceño.
Rosa bajó la mirada.
—Porque ellas me pidieron que no lo hiciera.
El corazón de Emiliano se detuvo.
Patricia también pareció sorprendida.
—¿Qué acabas de decir?
Daniela habló antes que Rosa.
—Porque dijiste que si papá se enteraba, nos mandaría lejos.
Martina comenzó a llorar.
—Dijiste que papá te creería a ti.
Emiliano se levantó de golpe.
El guardia extendió una mano.
—Señor, espere.
—¿Cuánto tiempo lleva ocurriendo esto?
El jefe de seguridad bajó los ojos.
—No lo sabemos.
—Pues yo voy a averiguarlo.
Pero antes de que pudiera salir, algo ocurrió en la pantalla.
Patricia agarró el teléfono de Daniela.
—Dame eso.
—¡No!
Daniela intentó recuperarlo.
Patricia abrió la galería.
Su expresión cambió.
—¿Qué es esto?
Rosa palideció.
Daniela empezó a llorar.
—Devuélvemelo.
Patricia reprodujo un archivo.
Era una grabación.
Su propia voz.
Fría.
Amenazante.
Registrada días antes.
Patricia miró a Rosa.
—¿Tú hiciste esto?
Rosa negó.
Daniela levantó la mano.
—Yo.
El silencio fue absoluto.
—Papá siempre dice que si alguien nos hace sentir inseguras debemos guardar pruebas.
Emiliano cerró los ojos.
Él mismo les había enseñado aquello.
Y aun así no había visto que sus propias hijas necesitaban protegerse dentro de su casa.
Patricia borró el archivo.
Después vació la papelera.
—Ahora no existe.
Daniela la miró.
Y por primera vez no pareció asustada.
—Sí existe.
Patricia frunció el ceño.
—Lo envié a Rosa.
Rosa quedó inmóvil.
Patricia giró lentamente hacia ella.
—Dame tu teléfono.
—No.
Fue la primera vez que Rosa utilizó aquella palabra.
Clara.
Firme.
Patricia perdió el control.
—¡Trabajas para mí!
—No.
Rosa levantó la mirada.
—Trabajo para el señor Duarte.
—Entonces mañana dejarás de hacerlo.
—Eso tendrá que decidirlo él.
Patricia dio un paso hacia ella.
—¿Crees que Emiliano va a creerle a una empleada antes que a su futura esposa?

Rosa respondió:
—No lo sé.
Hizo una pausa.
—Pero espero que crea a sus hijas.
Emiliano salió de la sala de monitoreo.
Esta vez nadie intentó detenerlo.
Caminó por el pasillo privado.
Subió las escaleras.
Atravesó el corredor.
Y cuando entró en la sala, Patricia todavía tenía una expresión de triunfo.
—¿Qué pasa? —preguntó al verlo—. ¿Olvidaste algo?
Emiliano no respondió.
Daniela abrió mucho los ojos.
—¿Papá?
Martina corrió hacia él.
Emiliano se agachó y la abrazó.
La niña se aferró a su cuello.
—Pensábamos que te habías ido.
—Lo siento.
Su voz se quebró.
—No fui a ninguna parte.
Patricia palideció.
—Emiliano…
Él se incorporó.
—¿Cuánto tiempo?
—No entiendo.
—¿Cuánto tiempo llevas tratando así a mis hijas?
—Estás exagerando.
—Te vi.
Patricia dejó de respirar.
—¿Qué?
—Todo.
Señaló discretamente una de las cámaras.
La mujer levantó lentamente la cabeza.
Entonces comprendió.
—Me espiaste.
—Te observé después de que me dijiste que Rosa era peligrosa.
Patricia reaccionó rápido.
—¡Porque lo es! Está manipulando a las niñas contra mí.
—Daniela grabó tus amenazas antes de hoy.
La expresión de Patricia se vació.
Emiliano se volvió hacia Rosa.
—¿Tienes esa grabación?
Rosa asintió.
—Sí, señor.
—No la borres.
Patricia avanzó.
—Emiliano, piensa bien lo que estás haciendo.
Él la miró.
—Eso intento.
—Vamos a casarnos.
—Ya no.
El silencio cayó como una piedra.
—¿Qué dijiste?
—La boda se cancela.
Patricia soltó una risa nerviosa.
—Estás enfadado.
—Estoy viendo con claridad.
—¿Vas a destruir nuestra relación por una criada?
Emiliano miró a sus hijas.
—No.
Después volvió hacia Patricia.
—La estoy terminando por ellas.
Patricia perdió finalmente su máscara.
—¡Esas niñas nunca me aceptaron!
Martina se escondió detrás de Rosa.
Emiliano lo vio.
Y aquello fue suficiente.
—Sal de mi casa.
—No puedes echarme así.
—Puedo.
—Tengo cosas aquí.
—Seguridad te acompañará mientras las recoges.
Patricia lo miró con odio.
—Te arrepentirás.
—Lo que lamento es no haber escuchado antes.
Dos miembros del equipo de seguridad llegaron minutos después.
Mientras acompañaban a Patricia escaleras arriba, ella se volvió hacia Rosa.
—Esto no termina aquí.
Rosa no respondió.
Pero Emiliano sí.
—Para ti, en esta casa, sí.
Cuando Patricia desapareció, el silencio se volvió extraño.
Emiliano se arrodilló frente a sus hijas.
—Necesito que me digan la verdad.
Daniela bajó la mirada.
—¿Te vas a enojar?
Aquella pregunta le dolió más que todo lo que había visto.
—No.
—Patricia decía que si te contábamos cosas, pensarías que queríamos separarlos.
Martina añadió:
—Y que nos mandarías con la abuela.
Emiliano cerró los ojos.
—Nunca.
Abrazó a las dos.
—Nunca las mandaré lejos por decirme la verdad.
Daniela comenzó a llorar.
—Rosa quería contarte.
Emiliano levantó la mirada hacia ella.
—¿Por qué no lo hiciste?
Rosa tardó en responder.
—Lo intenté una vez.
Él frunció el ceño.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro meses.
—Nunca recibí nada.
—Le dejé una carta en su despacho.
Emiliano se quedó inmóvil.
—¿Una carta?
Rosa asintió.
—Al día siguiente desapareció.
Su jefe de seguridad, que acababa de entrar, intervino.
—Señor, quizá deberíamos revisar los registros del despacho.
Una hora después encontraron algo.
Las cámaras del corredor mostraban a Patricia entrando en el despacho aquella misma noche.
Salía tres minutos después.
Con un sobre en la mano.
Emiliano pensó que aquello sería lo peor.
Se equivocó.
El jefe de seguridad apareció con una carpeta.
—Señor Duarte, al revisar el acceso encontramos otras entradas.
—¿De quién?
—De Patricia.
—¿Cuántas?
—Treinta y dos durante los últimos seis meses.
Emiliano frunció el ceño.
—¿A mi despacho?
—Sí.
—¿Por qué nadie me informó?
—Porque utilizó un código autorizado.
—¿Cuál?
El hombre dudó.
—El de su difunta esposa.
Emiliano palideció.
Ese código había sido desactivado después de la muerte de Mariana, la madre de sus hijas.
O al menos eso creía.
—Eso es imposible.
El jefe de seguridad colocó sobre la mesa varias impresiones.
—Alguien lo reactivó.
Rosa miró los documentos.
Y su expresión cambió.
—Señor…
Emiliano se volvió.
—¿Qué pasa?
Rosa señaló una fecha.
—Esa noche Patricia entró en el despacho después de preguntar dónde guardaba usted los documentos médicos de la señora Mariana.
Emiliano sintió que el aire desaparecía.
Su esposa había muerto tres años atrás después de una enfermedad repentina.
Patricia apareció en su vida apenas siete meses después.
Siempre había dicho que conoció a Mariana solo superficialmente.
—¿Por qué preguntaría por sus documentos?
Rosa tragó saliva.
—No lo sé.
Entonces Daniela habló desde la puerta.
—Yo sí.
Todos se volvieron.
La niña sostenía una caja pequeña.
—Encontré esto hace meses en el armario de Patricia.
Emiliano tomó la caja.
Dentro había fotografías.
Cartas.
Y un brazalete hospitalario.
El nombre escrito allí le heló la sangre.
Mariana Duarte.
Emiliano levantó lentamente los ojos.
—¿Por qué Patricia tenía esto?
Daniela señaló una carta doblada al fondo.
Él la abrió.
Reconoció inmediatamente la letra de su esposa.
La fecha era de dos semanas antes de su muerte.
La primera frase hizo que sus manos empezaran a temblar.
“Emiliano, si alguna vez lees esto, significa que Patricia consiguió acercarse a nuestra familia otra vez. No confíes en ella.”
Rosa se llevó una mano a la boca.
Emiliano siguió leyendo.
Pero en la segunda página faltaba un fragmento.
Había sido arrancado.
Solo quedaba una última línea.
“Y si algo me sucede, busca a Rosa. Ella sabe quién era Patricia antes de cambiarse el apellido.”
Emiliano levantó la mirada hacia la empleada doméstica.
Rosa estaba completamente pálida.
—¿Qué significa esto?
Ella retrocedió.
Por primera vez desde que trabajaba en aquella casa, parecía realmente aterrada.
—Señor Duarte…
—Rosa.
Él sostuvo la carta.
—¿Quién era Patricia?
Rosa miró primero a las niñas.
Después a Emiliano.
Y respondió con una voz apenas audible:
—La mujer que estaba con su esposa la noche en que Mariana enfermó por primera vez.