PARTE 2: EL HOMBRE QUE DEBÍA ESTAR MUERTO

Emiliano no apartó la mirada de los gemelos.

—Paulina, bloquea este piso.

Ella parpadeó.

—¿Señor?

—Nadie sube sin mi autorización. Nadie baja con esos niños.

Nico se aferró inmediatamente a Santiago.

—Él dijo que vendría.

Emiliano se agachó frente a ellos.

—¿Quién?

Nico negó con la cabeza.

—Mamá dijo que nunca dijéramos su nombre.

Aquella respuesta le heló la sangre.

Paulina miró hacia el teléfono de seguridad.

—Recepción insiste. El hombre asegura que los niños están bajo su custodia.

—¿Trae documentos?

—Dice que no necesita documentos.

Emiliano soltó una risa sin humor.

—Entonces acaba de cometer su primer error.

Tomó el relicario.

El escudo grabado detrás pertenecía indudablemente a los Arriaga.

Su abuelo había usado aquel símbolo durante décadas.

Pero Don Julián había muerto.

Emiliano había asistido al funeral.

Había visto el ataúd.

Había firmado documentos sucesorios.

Entonces, ¿quién demonios estaba abajo usando su anillo?

—Quédate con ellos —ordenó a Paulina.

—¿Adónde va?

—A conocer al muerto.

Salió de la oficina.

Dos guardias privados ya esperaban frente al elevador.

Emiliano bajó acompañado.

Cuando las puertas se abrieron en el lobby, vio al hombre inmediatamente.

Tendría unos sesenta años.

Cabello gris.

Traje oscuro.

Bastón de madera.

Y en la mano derecha llevaba el anillo de Don Julián Arriaga.

Pero no era su abuelo.

Emiliano se detuvo.

—¿Quién es usted?

El hombre sonrió.

—Te pareces mucho a tu padre cuando estás enfadado.

Emiliano sintió una punzada.

—Pregunté quién es.

—Samuel Ortega.

El nombre no significaba nada.

—Vengo por Nicolás y Santiago.

—No.

Samuel inclinó ligeramente la cabeza.

—No sabes en qué estás metiéndote.

—Dos niños aparecieron en mi oficina diciendo que soy su padre. Después usted llega con una joya que pertenecía a un hombre muerto. Diría que sé exactamente en qué estoy metido.

Samuel dejó de sonreír.

—Valeria cometió un error al enviarlos aquí.

El nombre cayó como una explosión.

Emiliano avanzó.

—¿Dónde está Valeria?

Samuel guardó silencio.

—¿Dónde está?

—Si quieres mantener vivos a esos niños, no vuelvas a preguntarlo.

Los guardias reaccionaron.

Emiliano no.

Se quedó completamente inmóvil.

—Eso sonó como una amenaza.

—Fue una advertencia.

Samuel sacó un sobre del interior de su chaqueta.

—Pregúntale a tu padre qué ocurrió realmente hace cinco años.

Emiliano apretó la mandíbula.

—Mi padre murió hace seis.

Samuel sonrió de nuevo.

—Eso es lo que todos creen.

Luego dejó el sobre sobre el mostrador.

—Cuando entiendas lo que tu familia hizo con Valeria, sabrás por qué esos niños tienen miedo.

Se dio la vuelta.

—Deténganlo —ordenó Emiliano.

Pero antes de que los guardias pudieran tocarlo, Samuel levantó ambas manos.

—Hazlo y mañana tendrás a periodistas preguntando por qué Emiliano Arriaga retuvo ilegalmente al albacea secreto de Don Julián.

Emiliano frunció el ceño.

—¿Albacea?

Samuel señaló el sobre.

—Ábrelo.

Y salió.

Emiliano no lo siguió.

Algo en su voz le decía que aquel hombre había venido exactamente para eso.

Para plantar una bomba y marcharse antes de la explosión.

Subió nuevamente al piso 42.

Nico y Santiago estaban desayunando pan dulce que Paulina había conseguido en la cafetería.

Al verlo, Santiago preguntó:

—¿Se fue?

—Sí.

Los hombros del niño se relajaron.

Aquello confirmó lo peor.

Lo conocían.

Emiliano dejó el sobre sobre su escritorio.

Dentro había tres fotografías.

En la primera aparecía Valeria embarazada.

En la segunda sostenía a dos bebés recién nacidos.

Y en la tercera…

Emiliano sintió que se le doblaban las piernas.

Su padre estaba junto a ella.

La fotografía tenía fecha de cuatro años atrás.

Un año después de su supuesto funeral.

—No puede ser.

Paulina se acercó.

—¿Es su padre?

Emiliano no respondió.

Sacó el último documento.

Era una copia de una transferencia bancaria.

Cinco millones de pesos.

Beneficiaria: Valeria Robles.

Ordenante: Fundación Arriaga.

Y abajo aparecía una firma.

La de su propia madre.

Emiliano recordó aquella conversación de cinco años atrás.

“Valeria aceptó dinero.”

“Te vendió.”

“Nunca estuvo interesada en ti.”

Había creído cada palabra.

—Yo fui un idiota —susurró.

Nico levantó la vista.

—Mamá nunca gastó ese dinero.

Emiliano giró hacia él.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque decía que era dinero malo.

—¿Dónde está?

Nico se encogió de hombros.

—Guardado.

—¿Y por qué lo aceptó?

El niño miró a Santiago.

Después a Emiliano.

—Porque amenazaron con llevarnos.

El aire abandonó sus pulmones.

—¿Quién?

Nico empezó a temblar.

Santiago le tomó la mano.

—No tenemos permitido decirlo.

Emiliano se sentó frente a ellos.

—Escúchenme. No importa lo que les hayan dicho. Aquí nadie va a hacerles daño.

Santiago comenzó a llorar.

—Mamá también decía eso.

Emiliano sintió miedo por primera vez.

No por su empresa.

No por los millones.

Por Valeria.

—¿Cuándo la vieron por última vez?

—Anteayer.

—¿Qué pasó?

Nico abrió la mochila.

Sacó una segunda carta.

—Nos dijo que solo la abriéramos si tú prometías quedarte con nosotros.

Emiliano tomó el sobre.

—Lo prometo.

Nico lo sostuvo un segundo más.

—Aunque descubras que tu familia hizo algo malo.

—Aunque descubra eso.

El niño soltó la carta.

Emiliano abrió.

La letra de Valeria cubría dos páginas.

“Emiliano:

Si estás leyendo esto, probablemente ya conociste a Nico y Santiago.

Nunca quise alejarte de ellos.

Nunca acepté desaparecer por voluntad propia.

La noche en que intenté contarte que estaba embarazada, tu madre llegó primero.

Me mostró documentos médicos tuyos, fotografías y una orden judicial preparada para acusarme de extorsión.

Después me dijo algo peor.

Dijo que si tenía a los bebés, tu familia los reclamaría como herederos y yo jamás volvería a verlos.

Huí.

Durante cinco años cambié de domicilio cuatro veces.

Pero hace tres semanas alguien encontró nuestra casa.”

Emiliano dejó de respirar.

Continuó leyendo.

“Por eso envié a los niños contigo.

Porque aunque quizá me odies, todavía creo que eres la única persona suficientemente poderosa para protegerlos.

Pero no confíes en nadie que lleve el apellido Arriaga.

Especialmente después de descubrir quién ordenó tu accidente.”

Emiliano levantó la mirada.

—¿Mi accidente?

Paulina frunció el ceño.

—¿Qué accidente?

Cinco años atrás, justo después de la desaparición de Valeria, Emiliano había sufrido un choque en carretera.

Los frenos de su automóvil fallaron.

Pasó seis semanas hospitalizado.

Todos dijeron que había sido un defecto mecánico.

La siguiente línea hizo que sus manos empezaran a temblar.

“Tu choque no fue un accidente.”

Emiliano siguió leyendo.

“Encontré el informe original del mecánico antes de que fuera reemplazado.

Alguien manipuló los frenos.

Y el pago salió de una cuenta vinculada a tu propia familia.”

Paulina palideció.

—Dios mío.

En ese momento sonó el teléfono interno.

Seguridad.

Emiliano contestó.

—¿Qué ocurre?

—Señor Arriaga, acaba de llegar una mujer.

Su corazón se aceleró.

—¿Valeria?

—No.

—Entonces ¿quién?

Hubo una breve pausa.

—Su madre.

Emiliano cerró los ojos.

—Dígale que suba.

Pero el guardia añadió:

—No viene sola.

Emiliano miró a los gemelos.

—¿Con quién está?

La respuesta hizo que el relicario se le escapara de los dedos.

—Con el señor Octavio Arriaga.

Su padre.

El hombre cuyo funeral Emiliano había organizado seis años atrás acababa de entrar vivo al edificio.

Y sostenía de la mano a Valeria.

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