PARTE 2: EL ROSTRO QUE NADIE PUDO EXPLICAR

Me quedé mirando la fotografía del pasillo.

La mujer sostenía a un bebé envuelto en una manta azul. Tenía mi misma nariz, mis ojos, incluso aquella pequeña marca junto a la ceja izquierda que yo había heredado de mi madre.

—¿Quién es ella? —pregunté.

El señor Lu no respondió.

Nathan soltó mi manga.

—Papá.

La voz del niño sonó tan baja que casi pareció una advertencia.

El señor Lu entró lentamente.

—Nathan, ve con el mayordomo.

El pequeño negó con la cabeza.

—Quiero quedarme con Emma.

El hombre cerró los ojos un instante.

—Por favor.

Nathan me miró.

—¿Vas a irte?

—No.

Solo entonces aceptó salir.

Cuando la puerta se cerró, me volví hacia el señor Lu.

—Quiero una explicación.

Él señaló la fotografía.

—Se llamaba Elena.

Sentí un escalofrío.

—Mi madre se llama Elena.

Su expresión cambió.

—¿Apellido?

—Martínez. Antes de casarse con mi padre.

El señor Lu se quedó completamente inmóvil.

—Eso no puede ser.

—¿Por qué?

Se acercó a la fotografía.

—Porque esa mujer murió hace cinco años.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—Mi madre está viva.

—¿Estás segura?

La pregunta me enfureció.

—Está hospitalizada. La veo todos los días.

Él abrió un cajón y sacó otra fotografía.

Esta vez aparecían dos mujeres jóvenes.

Gemelas.

Me temblaron las piernas.

Una era claramente mi madre.

La otra era la mujer de la pared.

—¿Qué significa esto?

—Elena tenía una hermana gemela.

Lo miré.

—Mi madre nunca me habló de ninguna hermana.

—Porque desapareció antes de que tú nacieras.

Señaló a la otra mujer.

—Su nombre era Helena Martínez.

Mi respiración se detuvo.

—¿Y qué tiene que ver Nathan con ella?

El señor Lu tardó demasiado en responder.

Entonces entendí.

Miré hacia la puerta por la que acababa de salir el niño.

—¿Era su madre?

Él asintió.

Nathan no era hijo de una mujer parecida a mí. Era hijo de la hermana gemela de mi madre.

Eso significaba que no éramos extraños.

Éramos familia.

—¿Por qué nadie me dijo nada?

—Porque yo tampoco sabía de ti.

El señor Lu se sentó.

Por primera vez parecía menos un hombre poderoso y más alguien agotado.

—Conocí a Helena hace seis años. Nunca hablaba de su familia. Decía que había cometido errores que no podía reparar.

—¿Qué errores?

—Nunca quiso explicarlo.

Después del nacimiento de Nathan, Helena comenzó a enfermar.

—Cuando Nathan tenía diez meses, desapareció.

—¿Desapareció?

—Dejó una carta diciendo que no podía seguir.

Fruncí el ceño.

—Pero dijo que murió.

—Porque dos meses después encontraron su automóvil cerca de un barranco.

—¿Encontraron el cuerpo?

Silencio.

—No.

Sentí frío.

El señor Lu continuó.

—Mi familia decidió decirle a Nathan que su madre había muerto. Era más sencillo que explicarle que no sabíamos dónde estaba.

Comprendí de inmediato por qué el niño decía que no tenía madre.

—¿Y la fotografía?

—Nathan la encontró hace un año.

—Por eso me miró así desde el primer día.

El señor Lu asintió.

—Te reconoció antes que yo.

De pronto recordé cómo Nathan había tomado mi manga.

Cómo había confiado en mí casi inmediatamente.

No porque yo fuera extraordinaria.

Porque mi rostro le recordaba a la única imagen que tenía de su madre.

Al día siguiente fui al hospital.

Mi madre estaba despierta.

Me senté junto a su cama y coloqué la fotografía de las gemelas sobre la sábana.

Su rostro cambió.

—¿Dónde conseguiste eso?

—Lakeview Estate.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—Emma…

—¿Helena era tu hermana?

Mi madre cerró los ojos.

—Sí.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Las lágrimas aparecieron inmediatamente.

—Porque me daba vergüenza.

—¿Vergüenza de qué?

Mi madre respiró con dificultad.

—De haberla abandonado.

Me quedé inmóvil.

Durante los siguientes minutos me contó una historia que nunca había escuchado.

Cuando ambas tenían dieciocho años, Helena quedó embarazada.

Su familia era extremadamente conservadora.

Mi abuelo la expulsó.

Mi madre quiso irse con ella, pero al final tuvo miedo.

Helena desapareció.

—La busqué durante años —susurró mamá—. Nunca la encontré.

Le conté sobre Nathan.

Mi madre comenzó a llorar.

—Entonces tengo un sobrino.

—Sí.

Pero todavía faltaba algo.

—Mamá, Helena tuvo a Nathan hace cinco años.

Ella me miró.

—¿Y?

—Tú recibiste una transferencia hace cinco años.

Su rostro palideció.

Yo había visto aquella transferencia muchas veces mientras pagaba sus gastos médicos.

Una cantidad enorme que ella jamás tocó.

—¿Quién la envió?

Mi madre giró la cabeza.

—Helena.

El mundo pareció detenerse.

—¿Sabías que estaba viva?

—Recibí una carta.

—¿Dónde está?

Mi madre señaló el pequeño armario del hospital.

Dentro de su bolso encontré un sobre envejecido.

Lo abrí.

“Querida Elena:

No sé cuánto tiempo tengo.

Si algún día encuentras a mi hijo, cuídalo.

No permitas que la familia Lu descubra por qué realmente me fui.”

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Qué significa esto?

Mi madre negó con la cabeza.

—Nunca lo supe.

Volví a Lakeview esa misma noche.

El señor Lu leyó la carta dos veces.

—¿Mi familia?

—Eso escribió Helena.

Su expresión se endureció.

—Hay una cosa que nunca entendí.

—¿Cuál?

—Tres días antes de desaparecer, Helena intentó entrar al tercer piso.

Recordé inmediatamente la única regla extraña de mi contrato.

Nunca subir al tercer piso.

—¿Qué hay allí?

Él me miró.

—Los archivos privados de mi padre.

—¿Por eso está prohibido?

—Sí.

—Entonces quiero verlo.

El señor Lu dudó.

—Emma…

—Helena desapareció intentando descubrir algo relacionado con tu familia. Nathan lleva años sin su madre. Mi propia madre está enferma y todavía siente culpa por haber perdido a su hermana.

Di un paso hacia él.

—Ya hay demasiadas personas protegiendo secretos.

Finalmente tomó una llave.

Subimos.

La puerta del tercer piso llevaba años cerrada.

Dentro había cajas, archivadores y documentos financieros.

Buscamos durante casi dos horas.

Hasta que encontré una carpeta marcada con el nombre de Helena Martínez.

La abrí.

Había informes médicos.

Fotografías.

Transferencias.

Y un documento de custodia.

El señor Lu tomó la última página.

Su rostro cambió.

—No.

—¿Qué?

Me mostró la firma.

Era de su padre.

El documento establecía que, si Helena abandonaba la residencia o revelaba determinada información confidencial, perdería cualquier derecho sobre Nathan.

—Esto no es legal —dije.

—No.

Debajo había una carta.

El señor Lu la abrió.

Leyó en silencio.

Después se dejó caer en una silla.

—¿Qué dice?

Me entregó la hoja.

Era una declaración firmada por Helena.

“Si algo me ocurre, no fue porque quisiera abandonar a mi hijo. Me obligaron a elegir entre desaparecer o perderlo para siempre.”

Se me heló la sangre.

Pero al pie de la página había algo todavía peor.

Un nombre.

La persona encargada de vigilar que Helena jamás regresara.

Ryan Zhou.

Mi ex prometido.

El hombre que acababa de dejarme para casarse con Vanessa.

El señor Lu levantó lentamente la mirada.

—¿Lo conoces?

No pude responder durante varios segundos.

—Sí.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era mi padre.

Contesté.

Su voz estaba desesperada.

—Emma, ven al hospital inmediatamente.

—¿Qué pasó?

—Tu madre despertó preguntando por alguien.

—¿Por quién?

Mi padre guardó silencio.

Después respondió:

—Por Helena. Dice que acaba de verla entrar en su habitación.

Miré al señor Lu.

Él ya había entendido.

Si mi madre decía la verdad, entonces Helena no había muerto.

Y acababa de regresar después de cinco años justo cuando nosotros habíamos descubierto quién la obligó a desaparecer.

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