PARTE 2: EL MATRIMONIO QUE NUNCA FUE POR AMOR

—Emma. Abre la puerta.

Me quedé inmóvil.

Sophie seguía en la llamada.

—¿Está ahí?

—Sí.

Daniel golpeó otra vez.

—Sé que estás dentro.

Respiré hondo y abrí.

Daniel estaba frente a mí con la camisa arrugada, el cabello desordenado y una expresión que nunca le había visto.

No parecía un hombre recién casado.

Parecía alguien que acababa de perderlo todo.

—¿Por qué renunciaste? —preguntó.

Lo miré incrédula.

—¿Viniste hasta aquí para preguntarme eso?

—Te llamé toda la noche.

—Lo noté.

—Trescientas veintiocho veces.

—Eso también.

Apretó la mandíbula.

—Y me bloqueaste.

—Daniel, te casaste ayer.

Aquella frase finalmente lo hizo callar.

—Deberías estar con tu esposa.

Su expresión cambió.

—Victoria no es mi esposa.

Solté una risa amarga.

—Vi el acta.

—El documento existe.

—Entonces felicidades.

Intenté cerrar la puerta.

Daniel puso la mano contra ella.

—Escúchame.

—No me debes explicaciones.

—Sí te las debo.

Su voz bajó.

—Porque renunciaste tres días antes de que yo pudiera contarte todo.

Me quedé quieta.

—¿Contarme qué?

Daniel sacó una carpeta doblada de debajo de su abrigo.

—Que mi matrimonio con Victoria forma parte de una operación empresarial.

—Eso no mejora nada.

—No dije que lo hiciera.

Entró solo cuando me aparté.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

—Harper & Cole llevaba meses negociando la fusión con Sterling Capital. El padre de Victoria exigió una unión legal entre ambas familias como condición para transferir ciertas acciones.

Lo miré.

—¿Te casaste por acciones?

—Sí.

—Entonces eres todavía peor de lo que pensaba.

Daniel cerró los ojos.

—Probablemente.

Aquella respuesta me desconcertó.

—¿Y por qué me llamaste?

Sacó su teléfono.

En la pantalla había mi renuncia.

—Porque ayer entendí por qué te fuiste.

—Yo nunca expliqué mis motivos.

—No hacía falta.

Se acercó a la ventana.

—Encontré la carta.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué carta?

—La que dejaste dentro de mi agenda hace un año y luego intentaste recuperar.

Sentí calor en el rostro.

Aquella carta nunca debía ser leída.

La había escrito una madrugada después de acompañarlo durante una crisis empresarial. Le decía todo lo que jamás tuve valor de confesar.

Que lo amaba.

Que sabía que para él yo solo era su asistente.

Que seguir trabajando a su lado empezaba a destruirme.

Creí haberla sacado antes de que pudiera verla.

—No tenías derecho.

—Lo sé.

—¿Cuándo la encontraste?

—Anoche.

Eso explicaba las llamadas.

Pero no cambiaba nada.

—Llegaste tarde.

Daniel me miró directamente.

—Lo sé.

Antes de que pudiera responder, su teléfono comenzó a sonar.

Victoria.

Daniel rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Otra vez.

Finalmente contestó.

—¿Qué?

Escuché una voz femenina alterada.

Daniel palideció.

—¿Cuándo?

Silencio.

—No firmes nada.

Colgó.

—¿Qué pasó?

Por primera vez, Daniel pareció asustado de verdad.

—La familia Sterling acaba de convocar una reunión urgente.

—¿Y?

—Quieren ejecutar una cláusula de control.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa?

Daniel abrió la carpeta.

—Que al casarme con Victoria, ciertas acciones quedaron temporalmente vinculadas.

—¿Temporalmente?

—Hasta que se cierre la fusión.

Pasó varias páginas.

—Pero si yo abandono la empresa antes de la fecha acordada, los Sterling pueden quedarse con una participación suficiente para controlar Harper & Cole.

Lo miré.

—Entonces no puedes divorciarte.

—No sin perder la compañía.

Una parte de mí quiso reír.

Durante cuatro años Daniel me había enseñado que todo tenía un precio.

Ahora él mismo estaba atrapado en uno.

—Entonces vuelve con Victoria.

—No.

—Daniel…

—No vine para pedirte que esperes por mí.

Su voz se volvió más firme.

—Vine porque encontré algo peor.

Sacó un segundo documento.

Era mi antiguo contrato laboral.

Había anotaciones al margen.

Firmas.

Fechas.

—¿Qué es eso?

—Tu renuncia activó una auditoría interna.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Por qué?

—Porque durante cuatro años apareciste como autorizada en operaciones que nunca aprobaste.

Lo miré.

—Eso es imposible.

—Yo también pensé eso.

Me mostró varias transferencias.

Millones movidos entre empresas.

Mi firma aparecía en los documentos.

Pero no era mía.

—¿Quién hizo esto?

Daniel se quedó callado.

Entonces comprendí.

—Victoria.

—No directamente.

—¿Su familia?

Asintió.

—Usaron tus credenciales porque eras la persona con más acceso después de mí.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Quieres decir que podían culparme?

—Exactamente.

Ahora entendía el miedo en su rostro.

No había pasado la noche llamándome solo porque había leído una carta de amor.

Había descubierto que alguien había construido durante años un expediente perfecto para convertirme en responsable si la fusión salía mal.

—¿Por qué renunciar ahora los puso nerviosos?

Daniel me miró.

—Porque desapareciste antes de que pudieran hacerte firmar el último documento.

Se me heló la sangre.

—¿Qué documento?

—Uno que habría confirmado todas las operaciones anteriores.

Recordé mi último día.

Victoria había aparecido en mi oficina con una carpeta diciendo que Daniel necesitaba mi firma urgente.

Yo ya había entregado mi renuncia.

Me negué.

Daniel tomó aire.

—Emma, si hubieras firmado eso, podían responsabilizarte por casi cuarenta millones de dólares.

No pude hablar.

Entonces alguien llamó nuevamente a la puerta.

Daniel y yo nos miramos.

Tres golpes.

Esta vez no era él.

Abrí parcialmente.

Victoria Sterling estaba en el pasillo.

Perfectamente vestida.

Perfectamente tranquila.

Y completamente distinta a la novia sonriente de la fotografía.

—Buenos días, Emma.

Daniel se adelantó.

—¿Cómo encontraste esta dirección?

Victoria ignoró la pregunta.

Me tendió una carpeta.

—Necesito que firmes algo.

Sentí un escalofrío.

Daniel se colocó entre nosotras.

—No va a firmar nada.

Victoria sonrió.

—Entonces tendremos un problema.

—Ya lo tenemos.

Ella lo miró.

—Daniel, deja de comportarte como si este matrimonio hubiera sido una sorpresa. Sabías exactamente lo que aceptabas.

—No sabía que estaban usando a Emma.

Victoria levantó una ceja.

—¿Emma?

Después me observó.

—Así que finalmente se lo dijiste.

—¿Decirme qué?

Victoria sonrió lentamente.

—Que él intentó cancelar nuestra boda hace seis meses.

Miré a Daniel.

Él quedó inmóvil.

—¿Qué?

Victoria abrió su bolso.

Sacó una copia de un correo.

Fecha: seis meses atrás.

Remitente: Daniel Whitmore.

Destinatario: Richard Sterling.

“Renuncio a la fusión si la condición sigue siendo el matrimonio. Encuentren otra estructura.”

Levanté la mirada.

—¿Por qué cambiaste de opinión?

Daniel no respondió.

Victoria sí.

—Porque mi padre descubrió algo que podía destruirlo.

Daniel apretó los puños.

—Cállate.

—No.

Victoria parecía disfrutar por primera vez.

—Emma merece saber por qué su jefe pasó cuatro años manteniéndola tan cerca.

Sentí el corazón golpear.

—¿Qué significa eso?

Victoria dejó otra hoja sobre la mesa.

Era una fotografía.

Yo.

Daniel.

Tomada cuatro años atrás, el primer día que entré a Harper & Cole.

Debajo había una nota escrita a mano:

“Confirmado. Ella es la hija de Jonathan Cole.”

Dejé de respirar.

—Mi padre se llamaba Jonathan Reed.

Victoria negó lentamente.

—Eso fue lo que te dijeron.

Miré a Daniel.

—¿Tú sabías esto?

Su silencio respondió.

Retrocedí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de contratarte.

El mundo pareció romperse.

Los cuatro años.

La confianza.

Las llamadas nocturnas.

El puesto.

Todo.

—¿Por eso me contrataste?

—Al principio, sí.

La voz de Daniel apenas salió.

—¿Quién era Jonathan Cole?

Victoria sonrió.

—El hombre que fundó la mitad de Harper & Cole.

Me quedé inmóvil.

—Murió antes de que tú nacieras —continuó—. Pero dejó acciones a un heredero que nadie había identificado.

Daniel cerró los ojos.

Victoria terminó:

—Emma, tú no eras la asistente de Daniel. Eras la mujer que podía convertirse en la accionista más poderosa de toda la compañía.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

Número desconocido.

Contesté.

—¿Emma Reed?

—Sí.

—Soy el abogado testamentario de Jonathan Cole.

Miré a Daniel.

El hombre continuó:

—Llevamos años intentando localizarla.

Hizo una pausa.

—Y alguien dentro de Harper & Cole llevaba exactamente el mismo tiempo asegurándose de que nunca nos encontrara.

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