PARTE 2: LA TRAICIÓN DE LOS MENDOZA.

Alejandro no regresó a la casa familiar aquella noche.

Tampoco llamó a su madre.

No amenazó a Jorge.

Durante años, el Ejército le había enseñado que el peor error frente a un enemigo era permitirle saber cuánto habías descubierto.

Así que hizo algo mucho más peligroso.

Guardó silencio.

A las siete de la mañana, el notario llegó al Hospital Militar con una carpeta bajo el brazo.

—Capitán, revisé los documentos que me enviaste.

Alejandro cerró la puerta.

—¿Cuántos tienen mi firma falsificada?

El hombre dejó la carpeta sobre la mesa.

—Siete.

Alejandro no cambió de expresión.

Había poderes notariales, solicitudes bancarias y documentos relacionados con dos propiedades que su abuelo le había dejado antes de morir.

Pero uno llamó especialmente su atención.

Era una autorización para vender un terreno de más de cuarenta hectáreas en las afueras de Monterrey.

—¿Cuánto vale?

—Actualmente, unos cuarenta millones de pesos.

Alejandro levantó la mirada.

—¿Quién intentó venderlo?

El notario señaló el nombre.

Jorge Mendoza.

Todo empezó a tener sentido.

Sofía no había sido expulsada solamente por una prueba falsa.

Mientras Alejandro estuviera desplegado, ella era la única persona con acceso legal a ciertos documentos y cuentas compartidas.

Necesitaban sacarla.

Y necesitaban hacerlo de una forma que impidiera que Alejandro confiara en ella cuando regresara.

Por eso inventaron la infidelidad.

En la habitación contigua, Valeria comenzó a llorar.

Alejandro cerró inmediatamente la carpeta.

Entró y encontró a Sofía despierta.

Tenía los pies vendados y el rostro agotado.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

Alejandro tomó a su hija con cuidado.

La pequeña dejó de llorar cuando la apoyó contra su pecho.

Aquello lo destrozó más de lo que quería admitir.

Cinco meses lejos.

Se había perdido el nacimiento.

Sus primeras noches.

Sus primeros movimientos fuera del vientre de Sofía.

Y cuando finalmente regresó, su propia familia había dejado a ambas sobre la nieve.

—La prueba era falsa —dijo.

Sofía cerró los ojos.

Una lágrima resbaló por su mejilla.

—Lo sabía.

—También falsificaron mi firma.

Ella volvió a mirarlo.

—¿Qué?

—Esto nunca fue solamente contra ti.

Sofía guardó silencio durante unos segundos.

Después recordó algo.

—Alejandro…

Su voz cambió.

—Una semana después de que naciera Valeria, tu mamá comenzó a preguntarme por la caja fuerte.

Él se quedó inmóvil.

—¿Qué caja fuerte?

—La de tu abuelo.

Alejandro sintió un escalofrío.

Muy pocas personas sabían de ella.

Antes de morir, su abuelo había guardado allí los documentos originales de varias propiedades familiares.

—¿Les dijiste dónde estaba?

—No.

Sofía tragó saliva.

—Por eso empezaron a tratarme diferente.

Alejandro entendió entonces la pieza que faltaba.

La falsa prueba de ADN no había sido el principio.

Había sido el castigo por negarse a entregarles acceso al patrimonio.

Su teléfono sonó.

Era investigación militar.

—Capitán, encontramos algo sobre la cuenta de su hermano.

Alejandro salió al pasillo.

—Dígame.

—El pago al laboratorio falso fue pequeño. Pero encontramos transferencias mucho mayores durante los últimos cuatro meses.

—¿Hacia dónde?

—Una empresa inmobiliaria.

Alejandro apretó la mandíbula.

—¿Nombre?

El investigador se lo dijo.

Alejandro lo reconoció inmediatamente.

La empresa pertenecía a un viejo socio de su padre.

—Hay otra cosa —continuó el investigador—. Ayer intentaron registrar la venta del terreno que heredó de su abuelo.

—¿Ayer?

—Sí.

Alejandro miró por la ventana.

Mientras Sofía estaba descalza en la nieve con una recién nacida en brazos, Jorge estaba intentando quedarse con cuarenta millones de pesos.

—No bloqueen nada todavía —ordenó Alejandro.

—¿Capitán?

—Quiero que crean que funcionó.

Hubo silencio.

—Entendido.

Alejandro colgó.

Después llamó al notario.

—Prepare los documentos.

—¿Cuáles?

—Todos.

—Alejandro, necesito que seas más específico.

Miró hacia Sofía y Valeria.

Su voz se volvió fría.

—Quiero retirar cualquier autoridad que mi familia tenga sobre mis propiedades, empresas y cuentas. Todo quedará protegido a nombre de mi esposa y mi hija según corresponda legalmente.

El notario permaneció en silencio.

—Eso cambiará completamente la estructura de tu patrimonio.

—Ese es el objetivo.

Mientras tanto, en la casa de los Mendoza, nadie sabía lo que estaba ocurriendo.

La madre de Alejandro desayunaba tranquilamente.

Jorge abrió una botella de vino.

—Te dije que funcionaría.

—Alejandro respondió “Entendido” —dijo ella—. Significa que finalmente abrió los ojos.

Jorge sonrió.

—Cuando vuelva, le explicaremos que Sofía se marchó por vergüenza.

—¿Y la niña?

—No es nuestro problema.

La mujer bajó la mirada.

Por primera vez pareció incómoda.

—Solo queríamos sacar a Sofía.

—Mamá, ya es demasiado tarde para arrepentirse.

Jorge sacó unos documentos.

—En cuanto Alejandro firme esto, terminamos.

Ella frunció el ceño.

—¿Firmar qué?

Jorge sonrió.

—La venta definitiva.

Pero antes de que pudiera explicar más, escucharon un vehículo detenerse afuera.

La madre de Alejandro corrió hacia la ventana.

Una camioneta militar estaba frente al portón.

Alejandro bajó solo.

—¡Te dije que volvería! —exclamó ella.

Jorge guardó rápidamente los documentos.

Alejandro entró pocos minutos después.

Su madre corrió a abrazarlo.

Él permitió el abrazo.

—Hijo, gracias a Dios estás bien.

—Estoy perfectamente.

—Esa mujer te engañó.

Alejandro la miró.

—Lo sé.

Jorge sonrió.

—Sabía que entenderías.

—Entendí muchas cosas anoche.

Ninguno percibió el verdadero significado de aquellas palabras.

Alejandro caminó hasta el comedor.

La mesa seguía preparada para Navidad.

Incluso habían colocado su plato habitual.

—Tenemos unos documentos que deberías firmar —dijo Jorge.

Alejandro se sentó.

—Perfecto.

Su madre pareció relajarse.

Jorge colocó la carpeta frente a él.

Alejandro tomó una pluma.

Pero antes de firmar, preguntó:

—¿Dónde está el original de la prueba de ADN?

Su madre titubeó.

—¿Para qué lo quieres?

—Para mi abogado.

Jorge intervino inmediatamente.

—No hace falta.

Alejandro dejó la pluma.

—Quiero verla.

El silencio cambió.

Su madre miró a Jorge.

Y aquel pequeño gesto confirmó más de lo que cualquier confesión habría conseguido.

Entonces sonó el timbre.

Jorge frunció el ceño.

—¿Esperas a alguien?

Alejandro sonrió por primera vez.

—Sí.

La empleada abrió la puerta.

Entraron el notario, dos investigadores y un hombre trajeado que Jorge reconoció inmediatamente.

Era el representante legal del comprador del terreno.

Jorge se levantó de golpe.

—¿Qué significa esto?

Alejandro apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Significa que necesitaba reunirlos a todos.

Su madre palideció.

—Alejandro…

—Todavía no, mamá.

Sacó su teléfono.

Reprodujo el video de la cámara del portón.

En la pantalla apareció Sofía.

Descalza.

Abrazando a Valeria.

Después apareció Jorge quitándole el teléfono y empujando sus maletas hacia la nieve.

La madre de Alejandro dejó caer su taza.

—Tú dijiste que esa cámara estaba apagada —susurró mirando a Jorge.

Alejandro levantó lentamente los ojos.

Jorge ya no sonreía.

Entonces uno de los investigadores dejó una segunda carpeta sobre la mesa.

—Capitán, antes de proceder debe ver esto.

Alejandro la abrió.

Esperaba encontrar más documentos financieros.

Pero dentro había una fotografía tomada cinco meses atrás.

Mostraba a Jorge entrando en una oficina acompañado por alguien.

Alejandro reconoció inmediatamente a aquella persona.

Y sintió que todo su cuerpo se endurecía.

No era su madre.

No era el socio inmobiliario.

Era el coronel responsable de haber enviado a Alejandro a aquella misión de cinco meses.

En el reverso de la fotografía había una fecha.

Exactamente tres días antes de su despliegue.

Alejandro levantó la mirada.

—¿Qué significa esto?

El investigador cerró la puerta detrás de ellos.

—Significa que quizá su familia no aprovechó su ausencia, capitán.

Hizo una pausa.

—Creemos que alguien pagó para asegurarse de que usted estuviera fuera cuando comenzara todo.

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