A las ocho de la mañana siguiente, Daniel Anderson ya estaba despierto.
En realidad, no había dormido.
Permaneció toda la noche sentado detrás de su escritorio, observando las fotografías familiares que decoraban una estantería.
Noah sonriendo en su primer día de escuela.
Ethan dormido sobre su pecho.
Caleb aprendiendo a caminar mientras Daniel lo sostenía de las manos.
Tres niños a los que había amado como hijos desde el instante en que nacieron.
A las 8:17, su teléfono vibró.
Era el segundo hospital.
—Señor Anderson, tenemos sus resultados.
Daniel cerró los ojos.
—Dígamelo.
—Preferiríamos hablar personalmente.
—Dígamelo ahora.
El médico guardó silencio unos segundos.
—Los resultados confirman el diagnóstico anterior. Su condición es congénita.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Probabilidad de haber engendrado naturalmente a mis tres hijos?
—Prácticamente ninguna.
Daniel colgó.
Ya no quedaba espacio para la esperanza.
Entonces la puerta se abrió.
Victor entró con un sobre.
Su rostro estaba extraño.
—Señor Anderson…
Daniel lo miró.
—¿Las pruebas?
Victor asintió.
Había conseguido discretamente muestras de los niños utilizando objetos personales que Daniel guardaba en la oficina: cabellos de un cepillo de viaje, un cepillo dental infantil y otros elementos familiares.
El laboratorio había trabajado durante la noche.
Victor dejó el sobre sobre el escritorio.
—Tal vez debería abrirlo usted.
Daniel rasgó el papel.
Primer resultado.
Noah Anderson.
Paternidad biológica de Daniel Anderson: excluida.
Segundo resultado.
Ethan Anderson.
Excluida.
Daniel respiró cada vez más rápido.
Abrió el tercero.
Caleb Anderson.
Excluida.
Los tres.
Ninguno era suyo.
Daniel se levantó tan bruscamente que la silla golpeó la pared.
—¡Cinco años!
Lanzó los informes sobre el escritorio.
—¡Cinco años viviendo una mentira!
Victor bajó la mirada.
Pero Daniel vio algo.
No era sorpresa.
Era miedo.
—¿Qué ocurre?
—Nada, señor.
—Mírame.
Victor obedeció.
Daniel se acercó.
—Tú sabías algo.
—No.
—Llevas siete años trabajando conmigo. Conoces cada movimiento de mi familia. ¿Qué sabes?
Victor palideció.
—Hay algo que debería ver.
Sacó su teléfono.
Buscó una fotografía antigua.
Era de una celebración de la empresa, seis años atrás.
Daniel estaba al centro.
Emily aparecía a su lado.
Y detrás de ella estaba una mujer rubia sosteniendo una copa.
Sophie Miller.
La secretaria de Daniel.
La misma mujer que entraba y salía constantemente de su casa.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué significa esto?
Victor deslizó hacia otra fotografía.
Sophie y Emily aparecían juntas.
Después otra.
Después otra.
—Eran amigas desde antes de que usted conociera a Emily —explicó Victor.
Daniel quedó inmóvil.
Nunca se lo habían contado.
—Continúa.
—Sophie recomendó a Emily para trabajar en uno de los eventos de la empresa. Fue allí donde ustedes se conocieron.
Algo comenzó a encajar.
Pero de la peor manera.
Daniel tomó su chaqueta.
—Voy a casa.
Cuando llegó, encontró a Emily preparando el desayuno.
Noah dibujaba en la mesa.
Ethan jugaba con un automóvil.
Caleb estaba sentado en su silla infantil.
Daniel los contempló desde la entrada.
Y descubrió que saber la verdad genética no podía borrar cinco años de amor.
Noah corrió hacia él.
—¡Papá!
Daniel tuvo que girar el rostro.
—Suban con Rosa —ordenó suavemente.
Cuando los niños desaparecieron, Emily comprendió que algo ocurría.
—Daniel…
Él dejó los tres informes sobre la mesa.
Emily leyó el primero.
Después el segundo.
Cuando vio el tercero, su rostro perdió todo color.
—Puedo explicarlo.
Daniel soltó una risa vacía.
—Claro que puedes.
—No es lo que crees.
—Entonces dime quién es el padre.
Emily comenzó a llorar.
—Daniel…
—¿QUIÉN ES?
Ella retrocedió.
—No existe un solo padre.
Daniel quedó desconcertado.
—¿Qué?
Emily se cubrió el rostro.
—Tienes que escucharme desde el principio.
Entonces sonó el timbre.
Daniel abrió.
Sophie estaba allí.
La secretaria que durante años había conocido horarios, viajes, aniversarios y secretos familiares.
Al ver los informes, Sophie entendió inmediatamente.
—Ya lo sabes.
Daniel sintió que algo dentro de él se rompía.
—¿Tú también?
Sophie entró.
Emily intentó detenerla.
—Sophie, no.
—Se acabó, Emily.
Daniel golpeó la mesa.
—¡Hablen!
Sophie respiró profundamente.
—Emily nunca te fue infiel.
Daniel rio.
—Tengo tres pruebas que dicen lo contrario.
—Porque esos niños fueron concebidos mediante tratamientos.
El silencio fue absoluto.
Daniel miró a Emily.
—¿Qué tratamientos?
Emily comenzó a temblar.
—Cuando llevábamos meses intentando tener hijos, fui al médico sin decírtelo.
Daniel recordó aquel período.
Emily decía que simplemente debían seguir intentándolo.
—Me dijeron que yo estaba bien —continuó ella—. Entonces recomendaron que tú te hicieras pruebas.
—Nunca me lo dijiste.
—Porque sabía que no irías.
Daniel no respondió.
Era cierto.
En aquellos años había convertido cualquier problema en una cuestión de orgullo.
—Así que conseguí una muestra tuya y la llevé a una clínica.
—¿Sin mi permiso?
Emily bajó la cabeza.
—Sí.
—Y descubriste que era infértil.
—Sí.
Daniel cerró los puños.
—Entonces utilizaste un donante.
Emily negó lentamente.
—No exactamente.
Sophie cerró los ojos.
Emily continuó:
—La clínica pertenecía al padre de Sophie. Él nos ayudó.
—¿Quién fue el donante?
Emily miró a Sophie.
Aquella mirada bastó.
Daniel se volvió hacia su secretaria.
—¿Qué hiciste?
Sophie respondió:
—Yo conseguí al donante.
—¿Quién?
Sophie tardó demasiado.
Entonces Daniel recordó algo.
Los ojos verdes de Noah.
La pequeña marca junto a la oreja de Ethan.
El cabello oscuro y ondulado de Caleb.
Características que siempre había atribuido a Emily.
Hasta ese momento.
Daniel miró a Victor, que acababa de llegar detrás de él.
Y se quedó helado.
Los tres niños se parecían a Victor.
Victor palideció.
—Señor…
Daniel cruzó la habitación y lo agarró de la camisa.
—¿ERES TÚ?
—¡Daniel! —gritó Emily.
Victor no se defendió.
—Yo fui donante años antes de conocerlo.
Daniel lo soltó.
—¿Los tres?
Victor asintió.
Daniel sintió náuseas.
Su propio secretario.
El hombre que había sostenido a sus hijos en cumpleaños.
Que los había llevado al colegio.
Que conocía cada rincón de su vida.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque legalmente yo era un donante anónimo. No supe que eran ellos hasta mucho después.
Daniel miró a Emily.
—¿Y tú lo sabías?
Ella negó.
—Descubrí su identidad después del nacimiento de Caleb.
Daniel se dejó caer en una silla.
Todo aquello había empezado con una mentira.
Pero no era la traición que había imaginado.
Era peor de otra manera.

Le habían robado la posibilidad de elegir.
Emily se acercó.
—Sé que estuvo mal ocultártelo.
—Cinco años.
—Tenía miedo.
—¿De qué?
Las lágrimas corrieron por sus mejillas.
—De perderte.
Daniel levantó los ojos.
Emily apoyó una mano sobre su vientre.
Entonces recordó por qué estaban en la clínica el día anterior.
Las náuseas.
El cansancio.
El ultrasonido.
Daniel se puso de pie.
—¿Estás embarazada?
Emily asintió.
—De nueve semanas.
Daniel soltó una carcajada amarga.
—Entonces tenemos un cuarto hijo que tampoco es mío.
Pero Emily negó.
—No.
Daniel dejó de respirar.
—¿Qué quieres decir?
Emily sacó del bolsillo la imagen del ultrasonido.
—Por eso quería hablar contigo ayer.
Colocó junto a ella un informe médico.
—Después de Caleb nunca volví a hacer ningún tratamiento.
Daniel miró el documento.
—Entonces…
—Este embarazo ocurrió naturalmente.
—Eso es imposible.
—Eso pensé yo.
Daniel recordó las palabras de los dos médicos.
Congénito.
Cero movilidad.
Nunca pudo engendrar.
Emily lo miró fijamente.
—Daniel, por eso la doctora pidió repetir tus pruebas. Porque si tu diagnóstico es correcto… entonces hay algo mucho más grave que todavía no sabemos.
El teléfono de Daniel sonó.
Era el doctor Martin.
Contestó.
—Señor Anderson —dijo el médico—, revisamos su historial completo y encontramos un error que lleva años oculto.
Daniel sintió que todos lo observaban.
—¿Qué error?
—Su expediente fue alterado.
Daniel quedó helado.
El médico continuó:
—Y acabamos de identificar quién autorizó el cambio.
Daniel levantó lentamente la mirada hacia las tres personas que tenía delante.
La verdad sobre sus hijos acababa de salir a la luz.
Pero la mentira que había destruido su familia había comenzado mucho antes de que conociera a Emily.