Parte 2: LOS CIEN DÍAS DE TERESA

Ricardo permaneció de rodillas frente al altar.

No lloró al principio.

Solo miró la fotografía de su madre como si esperara que alguien apareciera para decirle que todo era una broma cruel.

Daniela abrazó al bebé contra el pecho.

—Ricardo… vámonos.

Él no respondió.

Tenía la vista clavada en el plato de mole.

—¿Cómo murió? —preguntó finalmente.

Mi garganta se cerró.

—Una infección.

Ricardo levantó la cabeza.

—¿Por qué no me llamaste?

Lo miré durante varios segundos.

Después caminé hasta una caja de madera colocada junto al altar.

La abrí.

Dentro había un teléfono viejo.

El teléfono de doña Teresa.

Lo dejé frente a él.

—Te llamó treinta y siete veces durante sus últimos dos meses.

Ricardo palideció.

—Eso no es posible.

—Mira el registro.

Tomó el aparato.

Sus dedos comenzaron a temblar.

Llamadas sin respuesta.

Mensajes enviados.

Audios.

Uno tras otro.

“Hijo, soy mamá. Cuando puedas, llámame.”

Otro.

“Ricardo, quisiera escuchar tu voz.”

Y el último.

Grabado desde una cama de hospital.

La voz de Teresa era apenas un susurro.

“No estoy enojada contigo, hijo. Solo quiero saber que estás bien.”

Ricardo dejó caer el teléfono.

—No recibí nada.

—Porque cambiaste de número.

—Mariana…

—Y nunca me diste el nuevo.

Daniela intervino.

—Él estaba trabajando muchísimo en Canadá.

La miré.

—¿Tú estabas con él?

Ella levantó la barbilla.

—Claro.

—Entonces probablemente también recuerdes Cancún.

Daniela perdió el color.

Ricardo me miró.

—¿De qué hablas?

Saqué otra carpeta.

Durante meses había creído sus historias sobre Canadá.

Hasta que, después de la muerte de Teresa, necesité localizarlo para unos documentos del seguro.

Contraté a una agencia.

No fue difícil.

Ricardo no llevaba tres años viviendo en Canadá.

Había estado allí nueve meses.

Después regresó a México sin decirnos nada.

Vivía con Daniela en un departamento de lujo en Santa Fe.

Habían viajado a Cancún.

Los Cabos.

Nueva York.

Madrid.

Mientras Teresa recibía hemodiálisis tres veces por semana.

Dejé fotografías sobre la mesa.

Ricardo las miró.

Daniela comenzó a recogerlas.

—Esto es enfermizo.

—Enfermizo fue que ella muriera preguntando por su hijo mientras ustedes brindaban en un hotel.

Ricardo cerró los ojos.

—Basta.

—No.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba.

—Durante tres años me hiciste creer que estabas sacrificándote por nosotros. Vendí mi coche. Pedí préstamos. Trabajé hasta las cuatro de la mañana para pagar medicamentos que tú prometiste cubrir.

Puse delante de él las facturas.

Más de ochocientos mil pesos en hospitales, terapias, cuidadores y medicamentos.

—Esto lo pagué yo.

Ricardo miró los documentos.

—Te devolveré el dinero.

Casi me reí.

—Sigues creyendo que se trata de dinero.

Daniela se cruzó de brazos.

—Entonces firma el divorcio y terminemos.

—Eso vine a hacer.

Saqué los documentos.

Ricardo respiró con alivio.

Hasta que leyó la primera página.

—¿Qué significa esto?

—Significa que no quiero tus doscientos mil pesos.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Nada tuyo.

Pasó otra página.

Su expresión cambió.

—¿La casa?

Asentí.

La propiedad de Clavería nunca había sido de Ricardo.

Pertenecía completamente a Teresa.

Tres meses antes de morir, durante una de sus pocas semanas de lucidez, pidió hablar con un notario.

Yo intenté detenerla.

Le dije que Ricardo era su hijo.

Que debía pensar bien.

Teresa respondió:

“Precisamente porque es mi hijo sé exactamente quién se ha convertido.”

Ricardo se levantó.

—Mi madre jamás te habría dejado esta casa.

Saqué el testamento.

Él lo leyó.

La propiedad.

Una pequeña inversión.

Dos locales comerciales que yo ni siquiera sabía que Teresa conservaba.

Todo quedaba dividido entre una fundación médica y yo.

Ricardo recibía una sola cosa.

Una caja cerrada.

—¿Dónde está?

Señalé el altar.

Debajo había una caja metálica.

Ricardo corrió hacia ella.

La abrió.

Dentro encontró una carta.

Reconoció la letra inmediatamente.

Comenzó a leer.

Su rostro se descompuso.

Teresa había escrito:

“Hijo: no te dejo dinero porque Mariana ya pagó por ti más de lo que cualquier esposa debería pagar.”

Ricardo tragó saliva.

Continuó.

“No me abandonaste solamente a mí. La abandonaste a ella mientras ella se convertía en la hija que yo necesitaba.”

Daniela dio un paso atrás.

Ricardo siguió leyendo.

Entonces llegó a una frase que lo hizo detenerse.

—¿Qué significa esto?

Me mostró la carta.

Teresa había escrito:

“Antes de darle tu apellido a ese niño, asegúrate de conocer toda la verdad.”

Daniela se puso blanca.

Ricardo levantó lentamente la mirada.

—¿Qué quiso decir mi madre?

Daniela abrazó al bebé.

—Nada.

—Daniela.

—Era una señora enferma.

—Mi madre conocía tu existencia.

Silencio.

Yo sí sabía la respuesta.

Pero no me correspondía decirla todavía.

Durante sus últimos meses, Teresa había recibido una visita inesperada.

Una mujer.

Había llegado con documentos.

Fotografías.

Y una historia que cambió completamente la manera en que Teresa hablaba sobre Ricardo y Daniela.

Fui hasta un cajón.

Saqué un sobre cerrado.

—Tu madre me pidió que te entregara esto únicamente si regresabas con Daniela y el bebé.

Ricardo extendió la mano.

Daniela se interpuso.

—No tienes derecho a entregar cosas privadas.

Ricardo la miró.

—¿Por qué estás asustada?

—No lo estoy.

—Entonces déjame leerlo.

Daniela agarró el sobre.

Yo no luché.

Solo dije:

—Hay copias.

Su mano quedó congelada.

Ricardo se lo arrebató.

Dentro había fotografías de Daniela junto a otro hombre.

No eran recientes.

Tenían casi cuatro años.

En una aparecían abrazados frente a un restaurante.

En otra estaban entrando juntos a una clínica.

Ricardo frunció el ceño.

—¿Quién es él?

Daniela no respondió.

Ricardo siguió revisando.

Encontró un informe.

Después otro.

Finalmente apareció una prueba genética.

Sus ojos se quedaron inmóviles sobre el porcentaje.

—No…

Daniela comenzó a llorar.

—Ricardo, puedo explicarlo.

Él levantó la hoja.

Probabilidad de parentesco paterno: 99,98 %.

Pero el nombre escrito en la parte superior no era Ricardo Álvarez.

Era otro hombre.

La casa quedó completamente en silencio.

Ricardo miró al bebé.

Luego miró a Daniela.

—¿Él no es mi hijo?

—Escúchame…

—¡RESPONDE!

El bebé comenzó a llorar.

Daniela retrocedió.

—Yo iba a decírtelo.

Ricardo soltó una carcajada rota.

—¿Cuándo? ¿Después de quitarme el resto?

Me miró de repente.

—¿Tú sabías?

—Lo supe después de la muerte de tu madre.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque ya no era mi vida la que tenías derecho a destruir.

Ricardo se dejó caer nuevamente en una silla.

En menos de una hora había perdido a su madre, su casa, su matrimonio y la certeza de ser padre.

Daniela recogió una maleta.

—Yo me voy.

Ricardo levantó la cabeza.

—No.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

Él sostuvo la prueba.

—Todavía falta saber algo.

Se volvió hacia mí.

—Dijiste que había una mujer que visitó a mi madre.

Asentí.

—¿Quién era?

Antes de responder, tocaron el timbre.

Tres veces.

Lento.

Preciso.

Abrí la puerta.

Una mujer de unos cincuenta años estaba afuera.

Al verla, Daniela dejó caer la maleta.

Ricardo se puso de pie.

La desconocida entró y sacó de su bolso una fotografía antigua.

En ella aparecía Daniela, mucho más joven, junto al mismo hombre de la prueba genética.

La mujer miró directamente a Ricardo.

—Supongo que finalmente volvió.

Él frunció el ceño.

—¿Quién es usted?

Ella dejó la fotografía sobre la mesa.

—Soy la esposa del verdadero padre de ese niño.

Daniela cerró los ojos.

Pero la mujer aún no había terminado.

—Y vine porque ese bebé no es el único secreto que ella le ocultó durante estos tres años.

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