PARTE 2: EL RELOJ QUE NUNCA DEJÓ DE CORRER

La risa duró apenas unos segundos.

Pero fue suficiente para cambiar la casa.

Alejandro dejó de reír de golpe, como si acabara de recordar que no tenía derecho.

Carmen se quitó el tazón de la cabeza.

—No haga esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre que acaba de cometer un delito por sentirse bien cinco segundos.

Los ejecutivos desviaron la mirada.

Don Jacinto fingió revisar una bandeja.

Alejandro endureció el rostro.

—La reunión será en mi estudio.

Y se marchó.

Pero aquella tarde ocurrió algo extraño.

Las cortinas del salón principal permanecieron abiertas.

Nadie recibió la orden de cerrarlas.


Durante los días siguientes, Alejandro comenzó a aparecer más por la cocina.

Al principio encontraba excusas.

—El café del estudio está frío.

—Necesito revisar el menú para la cena del consejo.

—Don Jacinto dice que falta personal.

Carmen nunca lo contradijo.

Simplemente ponía otra taza sobre la mesa.

Una mañana, mientras cortaba jitomates, preguntó:

—¿Por qué el reloj de su esposa se quedó detenido a las 11:43?

El cuchillo dejó de moverse.

Alejandro la miró.

—¿Quién le habló de eso?

—Nadie.

Señaló su bolsillo.

—Lo saca todos los días a la misma hora.

Él permaneció callado.

Finalmente sacó el reloj.

Era pequeño.

Antiguo.

La correa estaba gastada.

—Lo encontraron dentro de la camioneta.

—¿Funcionaba?

—No.

—¿Lo revisaron?

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Que un reloj golpeado puede detenerse por muchas razones.

—Carmen.

—Sólo pregunto.

La voz de él se endureció.

—Mi esposa murió a las 11:43.

—¿Lo sabe?

Silencio.

—¿O decidió creerlo porque el reloj se detuvo ahí?

Alejandro apretó el objeto entre los dedos.

—Encontraron su vehículo destruido.

—No pregunté por el vehículo.

Carmen levantó la mirada.

—Pregunté si encontraron a Mariana.

El aire cambió.

Alejandro dejó el reloj sobre la mesa.

—No.

Fue apenas un susurro.

—Nunca encontraron el cuerpo.

Carmen dejó el cuchillo.

—Entonces no sabe qué ocurrió.

Alejandro se levantó bruscamente.

—Basta.

—Está bien.

—No vuelva a mencionar esto.

—No lo haré.

Pero aquella noche fue él quien volvió a sacar el tema.

A las dos de la madrugada.

La cocina estaba vacía cuando entró.

Carmen preparaba tamales para el desayuno.

Alejandro dejó una carpeta sobre la mesa.

—Éste es el informe del accidente.

Ella no la tocó.

—Yo no soy policía.

—Pero hizo una pregunta.

Se sentó.

—Y ahora yo también quiero hacerla.

Durante siete años había aceptado una explicación sencilla.

Niebla.

Una curva peligrosa.

Un vehículo fuera del camino.

Sangre dentro del automóvil.

El reloj.

Y nada más.

—¿Por qué no encontraron el cuerpo? —preguntó Carmen.

—La barranca termina en un río.

—¿Buscaron?

—Durante semanas.

Ella abrió la carpeta.

Había fotografías.

Croquis.

Declaraciones.

Entonces se detuvo.

—Alejandro.

—¿Qué?

—Aquí dice que encontraron sangre del lado del conductor.

—Sí.

—Pero Mariana no conducía.

Él quedó inmóvil.

Carmen señaló una fotografía del automóvil.

—Usted mismo me dijo que ella había salido con el chofer.

Alejandro sintió un vacío en el pecho.

Había olvidado aquello.

No realmente.

Lo había enterrado.

Mariana no acostumbraba conducir de noche por la carretera.

Aquella noche había salido con Esteban Luna, uno de los choferes más antiguos de la familia.

Pero Esteban también desapareció.

La policía había supuesto que ambos habían caído al río.

—¿Por qué nadie volvió a investigar esto? —preguntó Carmen.

Alejandro cerró la carpeta.

—Porque yo no quería seguir.

Aquella verdad dolió.

Durante meses después del accidente, detectives privados le entregaron pistas contradictorias.

Alejandro terminó despidiéndolos a todos.

Quería un final.

Aunque fuera horrible.

Porque la incertidumbre era peor.

—Entonces vuelva a investigar —dijo Carmen.

—Han pasado siete años.

—Y usted sigue viviendo como si hubiera ocurrido ayer.

Lo miró directamente.

—¿Qué puede perder?


Dos semanas después, un investigador llegó a Villa Salvatierra.

Se llamaba Mateo Lozano.

Había trabajado años atrás en la fiscalía.

Revisó el expediente.

Pidió registros telefónicos antiguos.

Movimientos bancarios.

Contratos.

Y descubrió una cosa extraña.

Tres días después de la desaparición de Mariana, alguien utilizó una tarjeta vinculada a una cuenta secundaria suya.

—¿Dónde? —preguntó Alejandro.

—Toluca.

—Eso es imposible.

—El banco confirmó la operación.

Alejandro sintió que las piernas se debilitaban.

—¿Qué compró?

Mateo giró la pantalla.

Medicamentos.

Antibióticos.

Gasas.

Analgésicos.

Y una venda ortopédica.

Carmen, que acababa de entrar con café, se quedó quieta.

—Alguien estaba herido.

Mateo asintió.

—Y alguien utilizó la tarjeta de Mariana para atenderlo.

Alejandro miró otra vez el recibo.

Siete años.

Siete años hablando con una mujer muerta.

Siete años castigándose.

Y ahora existía la posibilidad de que Mariana hubiera sobrevivido al accidente.

—Encuéntrela.

Su voz tembló.

—Cueste lo que cueste.


La investigación descubrió algo más.

El chofer Esteban tenía una hermana viviendo en Michoacán.

Había muerto hacía tres años.

Pero antes de morir dejó una casa a nombre de una mujer que nadie en el pueblo conocía.

Marina Luna.

La fotografía del documento estaba deteriorada.

Pero la firma…

Alejandro conocía aquella letra.

Mariana siempre escribía la M con una curva exagerada.

Sintió que el corazón comenzaba a golpearle.

—Está viva.

Mateo levantó una mano.

—Todavía no podemos afirmarlo.

—Esa es su firma.

—Podría ser una coincidencia.

—No lo es.

Alejandro se levantó.

—Quiero ir.

Carmen lo encontró veinte minutos después intentando ponerse un abrigo mientras le temblaban las manos.

—No maneje así.

—Tengo que verla.

—Ni siquiera sabe si está allí.

—¡SI ESTÁ VIVA, PERDÍ SIETE AÑOS!

El grito recorrió el vestíbulo.

Después llegó el silencio.

Carmen se acercó.

—Y si está viva, tendrá sus razones.

Aquello lo hirió de una forma diferente.

—¿Razones para dejarme creer que estaba muerta?

—No lo sé.

—Yo la amaba.

—Eso tampoco responde.

Alejandro la miró.

Ella habló con cuidado.

—Antes de decidir que Mariana lo abandonó, averigüe de qué estaba escapando.


La casa quedaba cerca de Pátzcuaro.

Pequeña.

Paredes blancas.

Macetas en las ventanas.

Alejandro permaneció frente a la puerta casi un minuto sin poder tocar.

Finalmente llamó.

Una mujer abrió.

Cabello oscuro con algunas canas.

Una cicatriz fina junto a la sien.

Más delgada.

Mayor.

Pero viva.

Alejandro dejó de respirar.

—Mariana.

Ella palideció.

No corrió hacia él.

No lloró.

Retrocedió.

Y cerró la puerta.

Alejandro quedó petrificado.

—¡Mariana!

Escuchó el cerrojo.

—¡Soy yo!

Ninguna respuesta.

Golpeó una vez.

—Por favor.

Finalmente escuchó su voz desde dentro.

—Vete, Alejandro.

Él apoyó una mano contra la puerta.

—Pensé que habías muerto.

—Era lo mejor.

Aquella frase lo destruyó.

—¿Lo mejor para quién?

Silencio.

—¿Qué te hice?

La puerta volvió a abrirse.

Mariana tenía lágrimas en los ojos.

—Tú no.

—Entonces ¿quién?

Ella miró hacia el automóvil.

Hacia Mateo.

Después hacia Carmen.

—Si te cuento la verdad, alguien va a morir.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Quién intentó matarte?

Mariana cerró los ojos.

—El accidente no fue un accidente.

Lo sabía.

Pero escucharlo de ella hizo que todo cambiara.

—Esteban descubrió que alguien estaba robando dinero de Cafés Salvatierra. Me llevó pruebas aquella noche.

—¿Quién?

Mariana tembló.

—Nos siguieron.

—¿QUIÉN?

Ella levantó la mirada.

—Alguien que todavía trabaja contigo.


Regresaron a la villa esa misma noche.

Mariana aceptó únicamente porque Mateo organizó protección.

Carmen preparó sopa.

Nadie tenía hambre.

Sobre la mesa colocaron los documentos que Esteban había escondido antes de morir.

Transferencias.

Empresas fantasma.

Facturas falsas.

Millones desaparecidos durante más de una década.

Alejandro pasó las páginas.

Entonces vio una firma.

—No.

Mariana permaneció callada.

—Esto no puede ser.

La firma pertenecía a alguien que había estado a su lado desde antes de que conociera a Mariana.

Alguien que tenía acceso a todas las cuentas.

A los autos.

A los horarios.

A la seguridad.

A la carretera por la que Mariana viajaría aquella noche.

Alejandro levantó lentamente la cabeza.

En ese momento escucharon pasos detrás de ellos.

Don Jacinto apareció en la puerta.

Miró a Mariana.

La bandeja que llevaba cayó al suelo.

Por primera vez en treinta años de servicio, el mayordomo perdió completamente la compostura.

—Señora Mariana…

Ella retrocedió.

Alejandro se puso de pie.

—Jacinto.

Su voz era baja.

—¿Por qué tu firma aparece autorizando estas transferencias?

El anciano quedó inmóvil.

—Señor…

—Y antes de que respondas, piensa bien.

Alejandro levantó otra hoja.

—Porque también encontré el registro del vehículo que siguió a Mariana aquella noche.

Don Jacinto comenzó a llorar.

Carmen observaba desde la cocina.

Entonces el anciano dijo:

—Yo no intenté matarla.

Mariana palideció.

Alejandro se acercó.

—¿Entonces quién?

Jacinto miró hacia el corredor.

Como si temiera que alguien pudiera escucharlos incluso entonces.

—Su esposa descubrió algo que nunca debía saber.

—¿Sobre qué?

Jacinto respiró profundamente.

—Sobre quién era realmente dueño de Cafés Salvatierra.

Alejandro se quedó completamente inmóvil.

—La empresa era de mi padre.

Jacinto negó lentamente.

—No.

Sacó una llave de su bolsillo.

La dejó sobre la mesa.

—Hay una caja fuerte detrás del retrato de su madre.

Alejandro conocía aquella pintura desde niño.

Jamás sabía que ocultaba nada.

Abrieron la caja.

Dentro había escrituras originales.

Acciones.

Testamentos.

Y una carta fechada cuarenta años atrás.

Alejandro leyó el primer párrafo.

Después tuvo que sentarse.

Cafés Salvatierra nunca había pertenecido originalmente a su padre.

La fundadora había sido otra persona.

La abuela de Mariana.

Y tras varias maniobras realizadas décadas atrás, la familia Salvatierra había terminado apropiándose del negocio.

Mariana no había descubierto simplemente un fraude moderno.

Había descubierto que toda la fortuna de Alejandro había nacido de una traición contra su propia familia.

Él levantó la vista hacia ella.

—¿Por eso desapareciste?

Mariana negó.

—No.

Su mirada se dirigió hacia la última página.

—Desaparecí porque cuando intenté enseñarte estos documentos, alguien llegó antes.

Alejandro siguió su mirada.

Había una firma al pie de la carta.

Conocía aquella firma mejor que la suya.

Porque pertenecía a la persona que le había contado durante siete años cómo había ocurrido el accidente.

La persona que había organizado la búsqueda.

La persona que había convencido a Alejandro de dejar de investigar.

Su propio padre.

Y desde el piso superior se escuchó entonces el sonido seco de un bastón golpeando el mármol.

Alejandro levantó la cabeza.

Su padre, a quien todos creían demasiado enfermo para bajar solo las escaleras, estaba parado en el corredor.

Mirando directamente a Mariana.

—Debiste quedarte muerta —dijo.

Carmen dejó lentamente el cucharón.

Alejandro se puso frente a Mariana.

Y por primera vez en siete años, el reloj de su esposa volvió a moverse.

Las manecillas avanzaron de las 11:43 a las 11:44.

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