Cuatro días después, Ethan abrió la puerta del apartamento esperando encontrar olor a café.
No encontró nada.
Ni las zapatillas de Claire junto al sofá.
Ni su abrigo en el perchero.
Ni aquella lámpara encendida que ella siempre dejaba cuando él volaba de noche.
—¿Claire?
Silencio.
Entonces vio el anillo.
Estaba sobre la mesa.
Debajo había una nota.
“No necesito que me enseñes tu cielo. Necesito recordar cómo construir el mío.”
Ethan la leyó tres veces.
Después llamó.
El teléfono de Claire estaba apagado.
Abrió los armarios.
Vacíos.
Corrió hacia el dormitorio.
La mitad que pertenecía a Claire había desaparecido.
En el baño faltaban sus cremas, su cepillo, incluso la pequeña planta que llevaba años muriéndose junto a la ventana y que ella se negaba a tirar.
Claire no había salido enfadada.
Claire se había marchado preparada.
El teléfono de Ethan vibró.
Madison.
—¿Ya llegaste?
—¿Le escribiste a Claire?
Al otro lado hubo silencio.
—¿Qué?
—Te pregunté si le escribiste.

—No sé de qué hablas.
—Madison.
Su voz cambió.
—¿Qué pasó?
Ethan apretó los dientes.
—Se fue.
Madison tardó demasiado en responder.
—Quizá sea mejor así.
Aquella frase hizo que Ethan se quedara inmóvil.
—¿Por qué dices eso?
—Porque llevabas meses diciendo que tu relación estaba muerta.
Ethan cerró los ojos.
Sí.
Había hablado demasiado.
Se había quejado.
Había contado historias privadas.
Había permitido que Madison interpretara silencios como invitaciones.
Pero nunca había dicho que quisiera perder a Claire.
—¿Le mandaste algo?
—Ethan…
—¿QUÉ LE MANDASTE?
Madison colgó.
Y por primera vez, Ethan sintió miedo de aquello que había permitido crecer a su alrededor.