—¡No pienso terminar convertido en yerno comprado!
Alexander corrió unos veinte metros antes de descubrir que correr por un camino rural embarrado con zapatos de diseñador era una pésima estrategia de supervivencia.
Resbaló.
Agitó los brazos.
Y terminó sentado junto a un montón de sacos de maíz.
Los hombres que habían venido a descargar los lechones se quedaron mirándolo.
Yo también.
El tío Martin fue el primero en romper el silencio.
—Muchacho, ¿estás bien?
Alexander retrocedió sentado.
—¡No se acerquen!
Thomas, que sostenía una cuerda para sujetar a uno de los animales, frunció el ceño.
—¿Qué le pasa?
Me cubrí la cara.
—Ha viajado demasiado.
Alexander me señaló.
—¡Tú no hables!
—¿Qué?
—Me quitaste el teléfono.
—Para que no te lo robaran.
—¡También mi identificación!
—Por la misma razón.
—Me diste una pastilla.
—Para el mareo.
—¡Después intentaron vendarme los ojos!
El tío Martin levantó el antifaz negro.
—Es de mi esposa.
Alexander continuó como si no hubiera escuchado.
—Luego este hombre llamó diciendo que había mercancía y que prepararan gente para recibirla.
Thomas miró los seis lechones dentro de la camioneta.
Después miró a Alexander.
Después volvió a mirar los cerdos.
Finalmente entendió.
Comenzó a reírse tan fuerte que tuvo que apoyarse contra el vehículo.
—¿Creíste que la mercancía eras tú?
Los demás también estallaron en carcajadas.
Alexander se puso rojo hasta las orejas.
—Yo…
—¿Cuánto crees que pagaríamos por ti? —preguntó Thomas.
—¡No tiene gracia!
—Tienes razón.
Thomas adoptó una expresión seria.
—Comes demasiado.
Las risas aumentaron.
Yo caminé hasta Alexander y extendí la mano.
—Levántate.
Él me miró con dignidad herida.
—Primero prométeme que nadie va a comprarme.
—Alexander Shen.
—Promételo.
—Nadie quiere comprarte.
Solo entonces aceptó mi mano.
Cuando llegamos a casa, pensé que finalmente comprendería que todo había sido un malentendido.
Me equivoqué.
Mi madre salió corriendo al verme.
—¡Mi niña!
Me abrazó.
Después observó a Alexander de arriba abajo.
—¿Este es?
—Sí.
Mi novio se puso rígido.
Mi madre sonrió ampliamente.
—Es alto. Fuerte. Muy bueno.
Alexander tragó saliva.
—¿Bueno para qué?
Mi madre ignoró la pregunta y gritó hacia dentro:
—¡Papá! ¡Ven a ver al muchacho que trajo nuestra hija!
Mi padre apareció acompañado por dos tíos.
Los tres comenzaron a examinarlo.
—Buen físico.
—Los hombros están bien.
—Parece saludable.
Alexander me agarró discretamente de la manga.
—¿Por qué hablan como si estuvieran comprando ganado?
—Están intentando ser amables.
Entonces mi abuela salió de la cocina.
Lo observó durante varios segundos.
—¿Cuántos años?
—Veinticuatro —respondí.
—Perfecto.
Alexander palideció otra vez.
—¿Perfecto para qué?
Mi abuela sonrió.
—Para casarse.
Aquello debería haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
Porque inmediatamente después mi padre preguntó:
—¿Cuánto dinero trajo?
Alexander dejó de respirar.
Yo casi grité.
—¡Papá!
—¿Qué?
—Se refiere al dinero para los sobres rojos —expliqué rápidamente—. Es Año Nuevo.
Alexander asintió.
Pero sus ojos decían claramente:
No te creo absolutamente nada.
Esa noche tuvimos una cena enorme.
Pollo.
Pescado.
Verduras.
Carne de cerdo.
Alexander comenzó a relajarse.
Hasta que mi tío levantó su vaso.
—Por fin trajiste un hombre.
Otro añadió:
—Ahora solo tenemos que asegurarnos de que no escape.
Alexander dejó caer los palillos.
Todos rieron.
Él no.
Después de cenar desapareció.
Lo encontré veinte minutos más tarde encerrado en el baño exterior.
—Alexander.
Silencio.
—Sé que estás ahí.
Escuché murmullos.
Me acerqué.
Estaba haciendo una videollamada.
—Creo que están a punto de venderme —susurraba.
Desde el teléfono llegó una carcajada.
—Fuiste voluntariamente a un lugar que ni siquiera aparece en el mapa —respondió uno de sus amigos—. Si te venden, será selección natural.
—No estoy bromeando.
—¿Te quitaron el pasaporte?
—Mi identificación.
—¿El teléfono?
Alexander miró la pantalla que sostenía.
—Me lo devolvió.
—Entonces eres el rehén peor vigilado de Asia.
Otro amigo apareció en la llamada.
—¿Cuánto piden por ti?
—¡No lo sé!
Abrí la puerta.
Alexander gritó.
—¡Me encontraron!
—Sal del baño.
—Estoy ocupado.
—Llevas veinte minutos sentado ahí.
—Estoy organizando un rescate.
Le arrebaté el teléfono.
—Hola.
Sus amigos comenzaron a reír.
—¡Cuñada! Por favor, no le haga daño. Su familia puede pagar.
—Los odio.
Colgué.
Alexander salió lentamente.
—¿Estás enfadada?
—Muchísimo.
—Entonces… ¿todavía piensas casarte conmigo?
Lo miré.
—Si sobrevives hasta mañana.
Su expresión volvió a ponerse seria.
Aquella noche dormimos en habitaciones separadas.
A medianoche me despertaron voces en el patio.
Me levanté.
Alexander ya estaba fuera.
Mi padre hablaba con varios hombres.
Sobre la mesa había sobres rojos, botellas y una gruesa libreta.
Uno de mis tíos dijo:
—Mañana debemos cerrar el asunto.
Alexander se quedó congelado.
Mi padre respondió:
—Sí. Como el muchacho ya está aquí, no podemos seguir esperando.
Vi cómo Alexander retrocedía.
—¿Qué ocurre? —susurré.
—¿Escuchaste eso?
—Sí.
—Van a “cerrar el asunto”.
—Alexander…
—Y dijeron que no pueden esperar porque yo ya estoy aquí.
—No tiene nada que ver contigo.
Pero entonces mi padre nos vio.
—Perfecto.
Se levantó.
—Alexander, ven.
Mi novio me miró como un condenado camino al juicio.
Mi padre abrió la libreta.
—Necesito tu nombre completo.
Alexander palideció.
—¿Para qué?
—Para anotarlo.
—¿Dónde?
—Aquí.
Alexander miró la libreta.
Había nombres.
Fechas.
Cantidades de dinero.
Y huellas digitales rojas.
Su rostro perdió completamente el color.
—No voy a firmar nada.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Quién te pidió firmar?
—Entonces, ¿qué son esas huellas?
—La gente del pueblo confirma las aportaciones para reparar el puente.
Silencio.
—¿El puente?
—Sí.
Mi padre señaló hacia las montañas.
—El viejo puente se dañó. Mañana vienen los trabajadores.
Alexander me miró.
Yo levanté las cejas.
—¿Algo que quieras decir?
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
Pensé que aquella sería la última paranoia.
A la mañana siguiente descubrí que apenas había dormido.
Pero el verdadero problema comenzó después del desayuno.
Una anciana llegó corriendo.
—¡La familia Shen está entrando al pueblo!
Alexander levantó la cabeza.
—¿Qué familia Shen?
La mujer señaló hacia la carretera.
—Un montón de coches negros.
Salimos.
A lo lejos aparecieron seis vehículos todoterreno avanzando por el camino.
Alexander se quedó petrificado.
—No puede ser.
El primer coche se detuvo.
Bajó su mejor amigo.

Detrás aparecieron dos guardaespaldas de la familia Shen.
Y finalmente…
su abuela.
La anciana golpeó el suelo con su bastón.
—¡Alexander Shen!
Él cerró los ojos.
—Estoy muerto.
Su amigo bajó riéndose.
—Nos llamaste diciendo que te habían secuestrado.
La abuela de Alexander no parecía divertida.
—Movilicé a media familia porque mi nieto afirmó que estaba siendo vendido.
Todo el pueblo comenzó a reunirse.
Mi padre me miró.
—¿Vendido?
Yo señalé a Alexander.
—Pregúntale a él.
Su abuela avanzó hasta quedar frente a mí.
Pensé que iba a disculparse.
En cambio, tomó mis manos.
—Por fin te conozco.
Me quedé sorprendida.
—¿Me conoce?
—Por supuesto.
Después miró a Alexander.
—Aunque parece que este idiota todavía no te ha contado nada.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Contarme qué?
Alexander se puso tenso.
—Abuela.
—Cuatro años son suficientes.
—Abuela, no.
Ella ignoró su advertencia.
Abrió el bolso y sacó una pequeña caja roja.
Reconocí inmediatamente la pulsera familiar que me había regalado años atrás.
Pero debajo había algo que jamás había visto.
Un documento doblado con mi nombre escrito a mano.
—¿Qué es eso?
La anciana me observó durante unos segundos.
—La verdadera razón por la que Alexander insistió tanto en venir este Año Nuevo.
Me giré hacia él.
—¿Qué significa?
Alexander parecía querer desaparecer.
Su abuela colocó el documento en mis manos.
—Mi nieto no vino solamente a conocer a tus padres.
Miré la primera línea.
Era una solicitud formal.
Había dos nombres.
El mío.
Y el de Alexander.
Debajo aparecía una fecha:
mañana.
—Alexander…
Él dio un paso hacia mí.
—Puedo explicarlo.
Pero entonces leí la última línea.
Y mi corazón dio un vuelco.
Porque aquello no era simplemente una propuesta de matrimonio.
Era una solicitud para registrar nuestro matrimonio al día siguiente.
Levanté lentamente la cabeza.
—¿Pensabas casarte conmigo mañana sin decírmelo?
Alexander abrió la boca.
Pero su abuela habló primero.
—No exactamente.
Todos guardaron silencio.
La anciana señaló el segundo documento escondido detrás del primero.
—Lo que Alexander no sabe es que tu padre y yo ya habían acordado otra cosa hace cuatro años.
Mi padre dejó caer la taza que sostenía.
Y por primera vez desde que habíamos llegado al pueblo, vi en el rostro de Alexander exactamente el mismo miedo que había sentido dentro de aquella camioneta.