Mi abogado me llamó cinco minutos después.
—Sofía, ¿estás segura?
—Sí.
—Para revisar tres años completos necesitaré extractos bancarios, inversiones, préstamos, tarjetas y cualquier cuenta vinculada a la empresa que pueda contener patrimonio familiar.
Miré el mensaje de Daniel.
“Por favor, déjame explicarlo.”
—Consíguelo todo.
—¿Estás pensando en divorciarte?
Guardé silencio.
—Primero quiero saber con quién he estado casada.
Colgué.
Daniel continuó llamando.
No contesté.
A las nueve y cuarto apareció frente a mi edificio.
Lo vi desde la ventana.
Todavía llevaba la camisa de la noche anterior.
Sin corbata.
Cabello desordenado.
Parecía no haber dormido.
El timbre sonó.
Una vez.
Dos.
Después escuché su voz.
—¡Sofía!
No abrí.
—Sé que estás dentro.
Finalmente bajé.
Daniel intentó acercarse.
Retrocedí.
Se detuvo.
—Lo de anoche no es lo que parece.
—¿Cómo se llama?
Su rostro cambió.
—¿Quién?
—Tu esposa.
—No digas eso.
Saqué el teléfono y le mostré una fotografía.
—Entonces corrige a tus empleados.
Daniel cerró los ojos.
—Se llama Vivian Luo.
—¿Qué relación tienes con ella?
—Trabaja con nosotros.
—Tus otros empleados también trabajan contigo. No los tomas por la cintura.
—Había bebido.
—¿Y ellos también estaban borrachos cuando la llamaron señora Zhou?
Silencio.
—¿Por qué nadie los corrigió?
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—Porque Vivian…
Se detuvo.
—Continúa.
—Su familia invirtió en la empresa.
—¿Y?
—Al principio algunos clientes pensaban que estábamos juntos. Nunca lo aclaramos porque facilitaba ciertas negociaciones.
Lo miré durante varios segundos.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Dos años.
Sentí un frío extraño.
—Llevas permitiendo que otra mujer sea presentada como tu esposa durante dos años.
—Solo en algunos círculos empresariales.
Me reí.
Daniel pareció dolido.
—Sofía, jamás me acosté con ella.
—No te pregunté eso.
—Porque sé lo que estás pensando.
—No tienes idea de lo que estoy pensando.
En realidad, ni siquiera estaba pensando en Vivian.
Pensaba en el collar.
En los cien dólares de mi cumpleaños.
En la mancha del techo.
En cada ocasión en que Daniel había dicho:
“La empresa está pasando un momento difícil.”
—¿Cuánto costó su collar?
Daniel palideció.
Eso respondió antes que él.
—¿Cuánto?
—No importa.
—Para mí sí.
—Fue un regalo corporativo.
—¿Cuánto?
—Ciento ochenta mil.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.
—¿Dólares?
Asintió.
Recordé mi cumpleaños.
Poco más de cien dólares.
“Después te compenso.”
—Vete.
—Sofía…
—Tengo que recoger a Lily más tarde.
—¡Soy tu marido!
Lo miré.
—Anoche no parecía estar tan claro.
Subí sin volverme.
A las once mi abogado me envió un mensaje.
“Encontré algo. Ven.”
Una hora después estaba frente a su escritorio.
Había documentos extendidos por toda la mesa.
—La buena noticia —dijo— es que no parece haber grandes deudas personales ocultas.
—¿Y la mala?
Giró una carpeta.
—Daniel transfirió dinero regularmente a una sociedad llamada V&Z Consulting.
—¿Cuánto?
—En tres años, aproximadamente 2,4 millones.
Me quedé inmóvil.
—¿Quién es el propietario?
—Vivian Luo posee el sesenta por ciento.
Sentí que las manos se me enfriaban.
—¿Y el cuarenta restante?
Mi abogado me observó.
—Daniel.
No dije nada.
—Hay más.
Sacó documentos de una propiedad.
Un apartamento.
Cuatro dormitorios.
Zona financiera.
Comprado dieciocho meses atrás.
—Está registrado a nombre de la sociedad.
—¿Quién vive allí?
—Todavía no lo sabemos.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Señora Zhou, creo que deberíamos hablar.”
Debajo había una fotografía.
Vivian.
Vestido rojo.
Sin maquillaje.
Sentada en una cafetería.
“Estoy cerca de la oficina de su abogado.”
Mi abogado frunció el ceño.
—¿Cómo sabe dónde estás?
Eso también quería saber yo.
Veinte minutos después, Vivian entró.
En persona parecía más joven.
Se sentó frente a mí.
—Lo siento por anoche.
—¿Por qué?
—Los empleados me llaman así desde hace tiempo.
—Y nunca los corregiste.
Bajó la mirada.
—Daniel me pidió que no lo hiciera.
Mi abogado intervino.
—¿Por razones comerciales?
Vivian sonrió con amargura.
—¿Eso le dijo?
Mi estómago se tensó.
—Entonces dime tú la razón.
Vivian abrió su bolso.
Sacó una carpeta.
—Porque necesitaba que ciertas personas creyeran que yo era su esposa.
—¿Quiénes?
—Inversores.
—¿Por qué?
Vivian me miró directamente.
—Porque si sabían que estaba casado contigo, jamás habrían firmado.
No entendí.
—¿Qué tiene que ver mi matrimonio con sus inversiones?
Ella deslizó un documento hacia mí.
En la primera página aparecía el nombre de Daniel.
Después el mío.
SOFÍA MARTÍNEZ ZHOU.
—¿Qué es esto?
—Un acuerdo firmado antes de que Daniel fundara la empresa.
Mi abogado tomó el documento.
Su expresión cambió mientras avanzaba.
—Sofía…
—¿Qué?
Me mostró una cláusula.
Según aquel documento, parte del capital inicial de la empresa procedía de una cuenta creada por mi padre antes de morir.
Levanté la mirada.
—Eso es imposible.
Mi padre nunca me habló de ninguna inversión.
Vivian respondió:
—Daniel tampoco debía utilizar ese dinero sin tu autorización.
Mi corazón comenzó a golpear.
—Yo jamás firmé nada.
Nadie habló.

Miré otra vez el documento.
En la última página había una firma.
Mi firma.
Pero yo nunca había visto ese papel.
—Es falsa.
Mi abogado acercó el documento.
—Parece tu firma.
—Porque alguien la copió.
Vivian asintió lentamente.
—Eso es lo que sospechaba.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace seis meses.
Me puse de pie.
—¿Y continuaste fingiendo ser su esposa?
—Porque necesitaba pruebas.
—¿Pruebas de qué?
Vivian abrió otra carpeta.
—Daniel no solo tomó dinero de aquella cuenta.
Había transferencias.
Contratos.
Autorizaciones.
Millones.
Mi abogado comenzó a revisarlos.
—Esto es mucho más serio que una infidelidad.
Vivian me observó.
—Anoche permití deliberadamente que publicaran esas fotografías.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—Sabía que alguien te las enviaría.
—¿Por qué harías eso?
—Porque Daniel controla tu correo financiero, intercepta correspondencia y recibe alertas cuando alguien solicita documentos relacionados con estas cuentas.
Mi abogado levantó la vista.
—Entonces ya sabe que estamos investigando.
—Sí.
Como si hubiera esperado ese momento, mi teléfono vibró.
Daniel.
No contesté.
Vivian habló rápidamente.
—Hay una cuenta que todavía no han encontrado.
—¿Qué cuenta?
—La que está a nombre de Lily.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—Mi hija tiene ocho años.
—Precisamente.
Mi abogado se inclinó hacia delante.
—¿Cuánto dinero?
Vivian no respondió inmediatamente.
Sacó una hoja.
Saldo: 6.800.000 dólares.
Casi no pude hablar.
—¿De dónde salió?
—Del patrimonio que dejó tu padre.
Me llevé una mano a la boca.
—Daniel me dijo que mi padre había muerto endeudado.
—Mintió.
Entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no era Daniel.
Era la escuela de Lily.
Contesté inmediatamente.
—¿Hola?
La secretaria parecía nerviosa.
—Señora Zhou, necesitamos confirmar algo.
Me puse de pie.
—¿Qué ocurre?
—El padre de Lily vino a recogerla.
—¿Daniel?
Silencio.
—No exactamente.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué significa “no exactamente”?
La mujer tragó saliva.
—El hombre presentó documentación legal.
—¿Qué documentación?
—Documentos donde figura como padre autorizado de Lily.
Miré a Vivian.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Cómo se llama?
Escuché papeles al otro lado.
Entonces la secretaria pronunció un nombre.
Vivian dejó caer su bolso.
Mi abogado se levantó.
Yo apenas podía respirar.
Porque no era Daniel.
Era el hermano mayor de Vivian, un hombre al que jamás había visto.
—No le entreguen a mi hija.
La secretaria tardó demasiado en responder.
—Señora Zhou…
—¿Dónde está Lily?
Un silencio.
Después:
—Ya se la llevó hace veinte minutos.
La llamada terminó.
Me giré hacia Vivian.
—¿Quién es tu hermano?
Ella no respondió.
—¡¿QUIÉN ES?!
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sofía, hay algo que Daniel lleva ocho años ocultándote.
—¿Qué?
Vivian miró la fotografía de Lily que tenía como fondo de pantalla.
Y susurró:
—La razón por la que falsificó tu firma no comenzó con la empresa. Comenzó el día en que nació tu hija.