Parte 2: LA CREMACIÓN QUE DEBÍA BORRARLO TODO

Durante varios segundos nadie se movió.

El pequeño frasco seguía en el suelo.

La nota temblaba entre mis dedos.

“Marco cambió mis medicinas. No me cremen.”

Levanté el teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

Marco reaccionó inmediatamente.

—Valeria, estás en shock.

—No me toques.

Intentó acercarse.

Don Ernesto se interpuso.

—Señor Reyes, aléjese del féretro.

—¡Esa nota no demuestra nada!

—Entonces no tendrá problema en esperar a las autoridades.

Marco miró hacia la salida.

Aquello fue suficiente.

Marqué el 911.

Mientras explicaba lo ocurrido, Dolores apareció detrás de nosotros.

—¿Qué están haciendo?

Marco no respondió.

Ella vio el frasco.

Después vio la nota.

Su expresión cambió.

Solo durante un segundo.

Pero lo vi.

—¿Tú sabías esto? —pregunté.

—Claro que no.

—Anoche dijiste que algo “ya me estaba haciendo efecto”.

Dolores palideció.

—Estabas histérica. Marco te dio un calmante.

—Yo no pedí ningún calmante.

—Era por tu bien.

Solté una risa que ni siquiera reconocí como mía.

—También querían cremar a mi padre por mi bien, ¿verdad?

Las sirenas llegaron minutos después.

El crematorio fue cerrado temporalmente y el cuerpo de mi padre quedó bajo custodia.

Un agente recogió el frasco utilizando guantes.

Otro fotografió la nota.

Marco repetía que todo era un malentendido.

—Ricardo estaba enfermo —insistía—. Tomaba muchas medicinas. Estaba confundido.

Yo lo miré.

—¿Entonces por qué impediste que abrieran su mano?

No respondió.

Esa tarde autoricé una autopsia completa.

Marco se opuso.

Dolores también.

Yo firmé igualmente.

Cuando salí del crematorio tenía diecisiete llamadas perdidas de abogados, ejecutivos y familiares.

Una era de Samuel Ortega, abogado personal de mi padre desde hacía veintiocho años.

—Valeria, necesito verte inmediatamente.

—¿Por el testamento?

Hubo un silencio.

—También.

Nos encontramos en su despacho.

Samuel cerró la puerta y colocó una carpeta frente a mí.

—Tu padre modificó su testamento hace once días.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué cambió?

—Prácticamente todo.

Abrió el documento.

Doscientos cincuenta millones de dólares.

Acciones.

Propiedades.

Fondos.

Participaciones empresariales.

Todo quedaba bajo mi control.

—¿Y Marco?

Samuel me miró.

—Nada.

Sentí un escalofrío.

—¿Lo sabía?

—Tu padre sospechaba que sí.

Sacó otra hoja.

Era una solicitud de modificación de beneficiarios presentada cuatro días atrás.

Mi nombre aparecía tachado.

En su lugar figuraba:

MARCO REYES VARGAS.

—Mi esposo no usa Vargas.

—Exactamente.

—¿Quién presentó esto?

—Alguien intentó hacerlo pasar por una instrucción de tu padre.

—¿La firma?

—Falsa.

Me quedé mirando el papel.

Entonces recordé la cena.

“Escoger socios es más difícil que escoger familia.”

Mi padre había intentado advertirme.

—Hay algo más —dijo Samuel.

Sacó una memoria USB.

—Ricardo me pidió que te entregara esto si moría antes de hablar contigo.

La conectamos.

Apareció un video.

Mi padre estaba sentado en su despacho.

Parecía cansado.

—Valeria, si estás viendo esto, significa que llegué tarde.

Me llevé una mano a la boca.

—Durante los últimos meses he investigado a Marco. Encontré transferencias desde cuentas vinculadas al Grupo Vargas hacia empresas fantasma.

Samuel pausó el video.

—¿Sabías algo?

Negué.

Continuamos.

—Al principio pensé que Marco robaba dinero. Me equivoqué. El dinero era solo una parte.

Mi padre levantó unos documentos.

—Marco no entró en nuestra familia por casualidad.

El video se cortó.

—¿Qué pasó?

Samuel intentó reproducirlo.

Nada.

El archivo estaba dañado.

—Hay otra copia —dijo—. Tu padre siempre hacía respaldos.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era el hospital forense.

Contesté.

—Señora Vargas, tenemos resultados preliminares.

Me puse de pie.

—Dígame.

—Encontramos una sustancia incompatible con la medicación prescrita a su padre.

Sentí que las piernas se debilitaban.

—¿Pudo causarle la muerte?

—Necesitamos análisis adicionales. Pero sí pudo afectar seriamente su corazón.

Cerré los ojos.

—¿Y el moretón de la muñeca?

Silencio.

—También estamos investigándolo.

—¿Por qué?

—Porque encontramos otras marcas que no habían sido documentadas.

No pregunté más.

No podía.

Cuando regresé a casa esa noche, había una patrulla frente a la entrada.

Marco no estaba.

Dolores tampoco.

Sus habitaciones estaban vacías.

En mi dormitorio encontré cajones abiertos.

Faltaban documentos.

Mi pasaporte.

Y la computadora que mi padre me había regalado.

Llamé inmediatamente al detective asignado al caso.

—Marco se fue.

—No salga de la casa. Vamos hacia allá.

Entonces escuché un ruido arriba.

Me quedé inmóvil.

Otro golpe.

Provenía del antiguo estudio de mi padre.

Subí lentamente.

La puerta estaba entreabierta.

—¿Hola?

Nadie respondió.

Empujé.

Lupita estaba dentro.

Temblando.

—Señorita Valeria…

—¿Qué haces aquí?

Cerró la puerta.

—Su papá me pidió que guardara algo.

Sacó una llave diminuta del bolsillo.

—Me dijo que no se la entregara a nadie excepto a usted.

—¿Qué abre?

Lupita señaló una pintura.

La retiramos.

Detrás había una caja fuerte.

La llave abrió un compartimento secundario que yo ni siquiera sabía que existía.

Dentro encontré una grabadora.

Dos carpetas.

Y una fotografía.

La tomé.

Marco aparecía mucho más joven.

A su lado estaba Dolores.

Frente a ellos había otro hombre.

Reconocí inmediatamente su rostro.

Había sido socio de mi padre.

Arturo Salcedo.

Había muerto hacía quince años.

—No entiendo.

Lupita comenzó a llorar.

—Don Ricardo descubrió quién era realmente su esposo.

—¿Qué significa eso?

Antes de responder, la puerta principal se abrió abajo.

Lupita se quedó pálida.

—No debería haber vuelto.

—¿Quién?

Escuchamos pasos.

Un hombre subiendo.

Lentos.

Seguros.

Guardé la fotografía y encendí la grabadora.

La voz de mi padre llenó el estudio.

—Valeria, Marco Reyes no se casó contigo por tu dinero. Se casó contigo para recuperar algo que cree que nuestra familia le robó.

Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.

Entonces escuché la voz de Marco.

—Valeria.

Lupita me agarró del brazo.

La grabación continuó.

—Y si Marco descubre que conoces la verdad sobre Arturo Salcedo, no confíes en la policía hasta saber quién trabaja para él.

Miré mi teléfono.

Seguía abierta la llamada que había hecho al detective minutos antes.

Pero entonces apareció una notificación.

“Detective Ramírez: No hemos enviado ninguna patrulla a su domicilio.”

Sentí que la sangre se me helaba.

Miré por la ventana.

El coche policial seguía estacionado frente a la casa.

La manija de la puerta del estudio comenzó a bajar.

Y Marco susurró desde el otro lado:

—Abre, Valeria. Tenemos que hablar de quién mató realmente a tu padre.

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