Parte 2: EL PADRE QUE LLEGÓ DEMASIADO TARDE

Me quedé mirando aquellos mensajes durante varios segundos.

Ethan estaba investigando mi embarazo.

No era una coincidencia.

No era preocupación.

Era control.

Tres años atrás habría llamado inmediatamente para preguntarle por qué.

Esta vez hice algo diferente.

Llamé al abogado de mi familia.

—Quiero saber quién accedió a mi historial médico y desde qué cuenta.

—¿Crees que fue Ethan?

—No lo creo. Lo sé.

Aquella misma tarde el hospital abrió una investigación interna.

Yo regresé a mi apartamento e intenté olvidarlo.

Pero a las nueve de la noche alguien llamó a la puerta.

Miré por la mirilla.

Ethan.

No abrí.

—Natalie.

Silencio.

—Sé que estás ahí.

Seguí sin responder.

Entonces dijo algo que consiguió helarme.

¿De quién es el bebé?

Cerré los ojos.

Ahí estaba.

Ni una disculpa.

Ni una explicación sobre nuestra boda.

Solo una exigencia.

Abrí la puerta dejando puesta la cadena.

—Eso no te concierne.

Su mandíbula se tensó.

—Estás embarazada de tres meses.

—Veo que conseguiste la información que buscabas.

Su expresión cambió apenas un instante.

—No sé de qué hablas.

—Entonces tampoco necesitas saber quién es el padre.

Intenté cerrar.

Ethan apoyó una mano contra la puerta.

—¿Te casaste?

—Aparta la mano.

—Contéstame.

Me reí.

—¿Sigues creyendo que tienes derecho a interrogarme?

—Natalie…

—Hace tres años dejaste nuestro anillo sobre una mesa y saliste de nuestra boda para correr detrás de otra mujer.

Su rostro se endureció.

—Grace estaba en peligro.

—Y yo también.

Se quedó callado.

Aquello me hizo sonreír con tristeza.

—Pero para ti nunca fue lo mismo.

Finalmente retiró la mano.

Antes de cerrar, Ethan preguntó:

—¿Es de Julian Foster?

Mi cuerpo se tensó.

¿Cómo conocía ese nombre?

Julian era el director del grupo para el que trabajaba desde mi regreso.

También era el hombre que me había ayudado cuando llegué al extranjero completamente destruida.

—Buenas noches, Ethan.

Cerré.

A la mañana siguiente tenía treinta y siete llamadas perdidas.

No de Ethan.

De mi amiga.

Cuando finalmente contesté, casi gritó.

—¡Natalie! ¿Has visto lo que publicó Grace?

Abrí las redes sociales.

Había una fotografía de Ethan entrando en mi edificio.

Grace había escrito:

“Hay personas que regresan después de años creyendo que pueden destruir una familia usando un embarazo.”

Sentí una calma extraña.

Debajo, cientos de comentarios me llamaban amante.

Algunos aseguraban que estaba intentando utilizar a mi bebé para recuperar a Ethan.

Pero entonces vi algo peor.

Grace había publicado la fecha aproximada de mi embarazo.

Información que únicamente estaba en mi expediente médico.

Guardé capturas de todo.

Diez minutos después llamó mi abogado.

—Encontramos el acceso.

Me puse de pie.

—¿Quién fue?

—Una enfermera llamada Rachel Morris.

No conocía ese nombre.

—¿Tiene relación con Ethan?

—No directamente.

Hizo una pausa.

—Pero encontramos varias transferencias realizadas a su cuenta durante los últimos seis meses.

—¿Desde quién?

—Grace Miller.

Sentí que todas las piezas encajaban.

Grace había conseguido mis datos.

Pero había dejado que Ethan pareciera responsable.

—Quiero presentar una denuncia formal.

—Ya estamos preparando todo.

Aquella noche era la reunión de antiguos alumnos.

No pensaba asistir.

Hasta que recibí un mensaje de Grace.

“Si todavía tienes algo de dignidad, ven esta noche y deja claro delante de todos que Ethan no tiene nada que ver con tu hijo.”

Lo leí dos veces.

Después sonreí.

Ella quería un espectáculo.

Se lo daría.

Cuando entré al salón del hotel, las conversaciones disminuyeron.

Mi embarazo ya empezaba a notarse.

Grace estaba sentada junto a Ethan.

Al verme, tomó inmediatamente su brazo.

—Natalie.

Sonrió con dulzura.

—Qué sorpresa.

—Tú me invitaste.

Su sonrisa vaciló.

Ethan se levantó.

—¿Por qué viniste?

—A resolver una confusión.

Varias personas sacaron discretamente sus teléfonos.

Grace acarició su vientre.

—Natalie, nadie te está juzgando.

—Tú sí.

—Solo quiero proteger a mi hijo.

Saqué el teléfono.

—Entonces empecemos hablando de cómo proteges a los hijos ajenos.

Su rostro cambió.

—¿Qué significa eso?

Mostré las transferencias.

—Rachel Morris. Enfermera del hospital Saint Matthew.

Grace dejó de respirar.

Ethan tomó los documentos.

—¿Qué es esto?

—Tu querida Grace pagó para acceder ilegalmente a mi expediente médico.

—¡Eso es mentira! —gritó ella.

—El hospital ya abrió una investigación.

El salón quedó completamente en silencio.

Ethan miró a Grace.

—¿Fuiste tú?

Ella comenzó a llorar.

—Lo hice por miedo.

—¿Miedo a qué?

—¡A perderte!

Se aferró a él.

—Desde que Natalie regresó, no eres el mismo.

Entonces señaló mi vientre.

—¡Y ahora aparece embarazada!

Ethan apartó lentamente sus manos.

—Eso no te daba derecho.

Grace lo miró horrorizada.

—¿La estás defendiendo?

—Estoy diciendo que cometiste un delito.

La palabra cayó como una piedra.

Grace palideció.

Yo guardé mis documentos.

—Ya terminé.

Me giré para marcharme.

—Natalie.

Ethan me siguió hasta el corredor.

—Espera.

—¿Qué quieres ahora?

Me observó durante varios segundos.

—Necesito saber una cosa.

—No.

—¿Ese niño es de Julian?

Antes de que pudiera responder, una voz masculina sonó detrás de nosotros.

—Puedes preguntármelo a mí.

Julian caminó hacia nosotros.

Alto, sereno, impecablemente vestido.

Ethan lo reconoció inmediatamente.

—Foster.

Julian se colocó a mi lado.

—Reed.

Los dos hombres se miraron.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Ethan.

Julian respondió tranquilamente:

—Vine por Natalie.

La expresión de Ethan se volvió helada.

—Entonces sí es tuyo.

Julian no respondió.

Solo puso una mano protectora sobre mi hombro.

Ethan lo interpretó como confirmación.

—Entiendo.

Sonrió con amargura.

—Tres años y ya construiste una familia.

Aquella frase me hizo perder la paciencia.

—¿Y qué esperabas?

Ethan me miró.

—¿Que permaneciera esperándote mientras tú acompañabas a Grace a tratamientos de fertilidad?

—Nunca tuve una relación con Grace.

—Me abandonaste en nuestra boda por ella.

—Porque me llamó diciendo que iba a hacerse daño.

No quise escuchar más detalles.

—Eso no cambia lo que hiciste.

—Lo sé.

Fue la primera vez que Ethan lo admitió.

—Y durante tres años he sabido que cometí el peor error de mi vida.

Grace apareció detrás de nosotros.

Había escuchado todo.

Su rostro estaba desencajado.

—¿Error?

Ethan se volvió.

—Grace…

—¿Yo fui un error?

—No dije eso.

Ella empezó a reír.

—Entonces dile la verdad.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Qué verdad?

Grace me miró.

Y sonrió.

—Pregúntale por qué jamás se casó conmigo.

—Grace, cállate.

—Pregúntale por qué volvió exactamente tres años después.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿De qué está hablando?

Ethan no respondió.

Grace señaló mi vientre.

—Porque él nunca dejó de buscarte.

Ethan cerró los ojos.

—Basta.

—Contrató investigadores. Compró acciones de la empresa donde trabajabas. Incluso sabía cuándo regresabas.

Me giré hacia Ethan.

—¿Me vigilabas?

—Natalie, puedo explicarlo.

—¿También sabías de Julian?

Silencio.

Lo sabía.

Sentí repulsión.

—No vuelvas a acercarte a mí.

Tomé el brazo de Julian.

Pero antes de marcharnos, Grace gritó:

—¡Pregúntale por el accidente de tu madre!

Me detuve.

Todo mi cuerpo quedó inmóvil.

Mi madre había muerto pocos meses antes de aquella boda.

Una complicación médica repentina.

Ethan palideció.

—Grace.

Su voz sonó como una advertencia.

Ella empezó a llorar y reír al mismo tiempo.

—¿Todavía no se lo contaste?

Me giré lentamente.

—¿Contarme qué?

Ethan no podía mirarme.

—Natalie…

—¿Qué sabes sobre la muerte de mi madre?

Grace abrió el bolso.

Sacó un sobre envejecido.

—Encontré esto entre las cosas de Ethan.

Lo arrojó al suelo.

Varias hojas se deslizaron por el mármol.

Me agaché.

Eran informes médicos.

De mi madre.

Fechados semanas antes de su muerte.

Pero entre ellos había un documento diferente.

Una prueba genética.

Mi nombre aparecía arriba.

Debajo estaba el de Ethan.

Y junto a ambos había una tercera identidad que jamás había visto.

“Paciente masculino: compatibilidad biológica confirmada.”

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Qué significa esto?

Ethan recogió rápidamente el informe.

—No aquí.

—¡Dímelo!

Julian tomó otra de las hojas.

Su expresión cambió.

—Natalie…

—¿Qué?

Julian levantó los ojos.

—Este análisis no está relacionado con tu madre.

Miré nuevamente el documento.

Entonces vi la fecha.

Había sido realizado dos semanas antes de mi boda con Ethan.

—¿Para qué hiciste una prueba genética conmigo?

Ethan apretó el papel entre sus dedos.

Por primera vez, el hombre que siempre parecía controlar cada emoción estaba temblando.

—Porque tu madre me llamó antes de morir.

Mi garganta se cerró.

—¿Para decirte qué?

Ethan me miró.

Que si alguna vez teníamos un hijo, había algo sobre mi familia que tú debías saber antes de quedar embarazada.

Instintivamente puse ambas manos sobre mi vientre.

Y entonces Julian, todavía sosteniendo la última página, susurró:

—Natalie…

Su rostro había perdido todo el color.

El nombre del padre que aparece en este análisis… es el mismo que figura en mi certificado de nacimiento.

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