Parte 2: LA ESPOSA QUE NADIE ESPERABA

Blake mantuvo su abrigo alrededor de mis hombros mientras observaba mi vestido empapado.

Después levantó la mirada.

—¿Quién hizo esto?

Nadie respondió.

Mi padre, Richard, fue el primero en recuperar la voz.

—Señor Campbell, esto es simplemente un malentendido familiar.

Blake giró lentamente hacia él.

—No le pregunté qué era. Le pregunté quién empujó a mi esposa a esa fuente.

El silencio cayó como una piedra.

Escuché una copa romperse.

Penélope dejó de sonreír.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

Mi padre me miró como si hubiera dejado de reconocerme.

—¿Tu… esposa?

Blake tomó mi mano.

—Sí.

Entonces levantó nuestros dedos entrelazados y el anillo que durante meses había llevado discretamente en una cadena debajo de la ropa quedó visible.

—Nos casamos hace siete meses.

Los murmullos estallaron alrededor del jardín.

—Eso es imposible —dijo Penélope.

La miré.

—¿Por qué?

—Porque tú…

Se detuvo.

Sabía exactamente qué había estado a punto de decir.

Porque yo no era suficientemente importante.

Porque nadie como Blake Campbell elegiría a alguien como yo.

Porque durante años mi familia había construido su propia versión de mí y había terminado creyéndola.

Mi padre soltó una risa nerviosa.

—Blake, seguramente hay alguna explicación.

Blake lo observó con frialdad.

—Hay una explicación muy sencilla, Richard. Amo a su hija.

Mi padre palideció al escucharlo usar su nombre.

Durante tres años había intentado conseguir una reunión privada con Blake.

Y ahora Blake lo trataba como a un desconocido.

—¿Por qué no nos lo dijiste? —preguntó mi madre.

—Porque se lo pedí —respondí.

Blake me miró.

Yo continué:

—Quería saber si alguna vez podrían respetarme sin saber con quién estaba casada.

Penélope cruzó los brazos.

—Qué conveniente.

—¿Conveniente?

—Llegas sola, haces que todos pensemos…

—¿Que estaba sola?

La interrumpí.

—Eso no fue lo que pensaron, Penélope. Pensaron que estar sola les daba permiso para humillarme.

Su rostro se endureció.

—Es mi boda.

—Y yo no hice absolutamente nada para arruinarla.

Miré a mi padre.

—Él se encargó de eso.

Blake se volvió hacia los guardias que minutos antes habían avanzado para expulsarme.

—¿Iban a sacarla?

Ninguno respondió.

Mi padre intervino.

—Yo les pedí que lo hicieran.

—Entiendo.

Blake sacó el teléfono.

Mi padre cambió inmediatamente de expresión.

—No hagamos esto más grande de lo necesario.

—Estoy de acuerdo.

Blake hizo una llamada.

—Daniel, ven al jardín.

Colgó.

Treinta segundos después apareció un hombre trajeado acompañado por dos miembros de seguridad.

Mi padre lo reconoció.

Yo también.

Daniel Mercer era uno de los principales abogados corporativos de Campbell Holdings.

—Blake —dije suavemente—, no quiero convertir esto en un espectáculo.

Él apretó mi mano.

—Tú no lo convertiste en uno.

Miró a los invitados.

—Ellos aplaudieron.

Varias personas bajaron inmediatamente la mirada.

Mi padre dio un paso hacia nosotros.

—Mira, hija, quizá reaccioné mal.

Casi me reí.

—¿Quizá?

—Las familias discuten.

—Me empujaste dentro de una fuente.

—Estaba molesto.

—Y después ordenaste que me echaran.

—Fue un momento desafortunado.

Blake inclinó ligeramente la cabeza.

—Qué interesante manera de describir una agresión.

Mi padre apretó la mandíbula.

Entonces Daniel se acercó y susurró algo al oído de Blake.

La expresión de mi esposo cambió.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Mi padre lo notó.

—¿Qué ocurre?

Blake no respondió.

En cambio, me llevó hacia una silla.

—Estás temblando.

—Tengo frío.

—Nos iremos.

Aquellas palabras parecieron devolverle el aire a mi padre.

—Claro. Hablaremos mañana tranquilamente.

Blake lo miró.

—No habrá ninguna conversación mañana.

Mi padre se quedó inmóvil.

—¿Cómo dices?

—Daniel acaba de recordarme algo que había olvidado.

El abogado abrió una carpeta.

—Royal Palms Plaza pertenece a Meridian Hospitality —explicó.

Mi padre sonrió confundido.

—¿Y?

Daniel continuó:

—Meridian Hospitality es propiedad mayoritaria de Campbell Holdings.

El rostro de mi padre se vació.

Blake miró alrededor del jardín.

Así que técnicamente acaban de ordenar que expulsen a mi esposa de una propiedad que pertenece a mi grupo.

Penélope se puso de pie.

—¡No puedes echarnos de mi boda!

—No pienso hacerlo.

Todos parecieron sorprenderse.

Blake me miró.

—Porque esto no se trata de vengarse.

Aquello era precisamente una de las razones por las que me había enamorado de él.

Podía destruir una habitación sin levantar la voz.

—Nos vamos —dije.

Blake asintió.

Pero mi padre se interpuso.

—Espera.

Su tono había cambiado.

Ya no era el hombre que veinte minutos antes se reía mientras yo salía empapada de una fuente.

Ahora sonaba desesperado.

—Blake, tengo una propuesta comercial pendiente con tu compañía.

—Lo sé.

—Llevamos meses negociándola.

—También lo sé.

Mi padre me miró.

Y entonces comprendí.

No estaba preocupado por mí.

Estaba preocupado por el contrato.

—Por favor —dijo—. No mezclemos negocios con problemas familiares.

Blake sonrió sin humor.

—Precisamente.

Daniel sacó otro documento.

—Señor, deberíamos hablar de eso en privado.

Mi padre palideció todavía más.

—¿Hablar de qué?

Blake tomó la carpeta.

Leyó la primera página.

Después me miró de una manera extraña.

—¿Qué sucede? —pregunté.

No respondió inmediatamente.

Mi padre dio un paso hacia él.

—Ese documento no tiene nada que ver con ella.

Blake levantó la mirada.

—¿Seguro?

Algo en su tono me hizo estremecer.

Mi madre se acercó.

—Richard, ¿qué está pasando?

—Nada.

—Papá.

Lo miré.

—¿Qué hay en esa carpeta?

—Asuntos de negocios.

Daniel negó.

—No exactamente.

Mi padre lo fulminó con la mirada.

—Cállese.

Blake cerró la carpeta.

—No vuelva a hablarle así a mi abogado.

Penélope comenzó a perder la paciencia.

—¿Puede alguien explicar qué demonios ocurre?

Blake me entregó los documentos.

En la primera página aparecía el nombre de la empresa de mi padre.

Harrington Development Group.

Debajo había una lista de activos utilizados como garantía para conseguir financiación.

No entendí el problema.

Hasta que pasé a la segunda página.

Allí aparecía una dirección que conocía perfectamente.

La casa de mi abuela.

La propiedad que ella me había dejado cuando murió.

—¿Por qué está esto aquí?

Mi padre no respondió.

Miré otra página.

Mi nombre aparecía varias veces.

Luego encontré una firma.

Mi firma.

Excepto que yo jamás había firmado aquel documento.

Sentí que el frío del vestido mojado desaparecía bajo una oleada de calor.

—Papá…

Él retrocedió.

—Puedo explicarlo.

Mi madre miró los documentos.

—Richard, ¿qué hiciste?

—Era temporal.

Blake se acercó a mí.

—No digas nada si no quieres.

Pero necesitaba saber.

—¿Usaste mi propiedad como garantía?

—La empresa atravesaba un momento difícil.

—¡Esa casa es mía!

Los invitados habían dejado de fingir que no escuchaban.

Mi padre bajó la voz.

—Después iba a corregirlo.

Miré nuevamente la firma.

—Yo nunca autoricé esto.

Daniel habló entonces.

—Ese es el problema.

Levanté la cabeza.

—¿Qué problema?

—El equipo legal detectó inconsistencias durante la revisión del acuerdo con Campbell Holdings.

Mi padre comenzó a caminar hacia nosotros.

—Esto no debería discutirse aquí.

Blake se interpuso.

—No se acerque a ella.

Mi padre se detuvo.

Daniel señaló una fecha.

—Esta autorización fue presentada hace dieciocho meses.

Recordé dónde estaba entonces.

—Yo vivía en Seattle.

—Exactamente.

—Ni siquiera estaba en Florida.

—Lo sabemos.

Mis manos comenzaron a temblar.

Penélope tomó los papeles.

—Papá, dime que esto es un error.

Él permaneció callado.

Entonces vi otra cosa.

Había una segunda firma como testigo.

Leí el nombre.

Y sentí que algo dentro de mí se rompía.

—Mamá.

Ella cerró los ojos.

—Cariño…

—Tú firmaste.

—Déjame explicarte.

Retrocedí.

Mi padre había falsificado mi firma y mi madre había certificado el documento.

Blake intentó tomarme de la mano.

Pero entonces Daniel habló nuevamente.

—Hay algo más.

Todos lo miramos.

—Cuando revisamos la documentación esta mañana encontramos una segunda operación vinculada a la misma propiedad.

Mi padre se puso blanco.

—Daniel —advirtió Blake—, ¿qué operación?

El abogado sacó una última página.

—Una transferencia.

—¿Transferencia a quién?

Daniel me miró antes de responder.

—Eso es lo extraño.

Me entregó la hoja.

Mis ojos bajaron hasta el nombre del beneficiario.

Y el mundo pareció detenerse.

PENÉLOPE HARRINGTON.

Mi hermana dejó caer su copa.

—¿Qué?

Miré a mi padre.

Después a mi madre.

Finalmente a Penélope.

—¿Mi casa?

Nadie respondió.

Entonces Blake tomó el documento y su expresión se endureció.

—Hay una fecha programada para completar la transferencia.

—¿Cuándo? —pregunté.

Daniel miró su reloj.

—No cuándo.

Todos guardaron silencio.

A qué hora.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Daniel levantó la vista.

—La operación está programada para ejecutarse automáticamente hoy.

Blake miró su reloj.

Y por primera vez desde que había llegado a la boda, vi verdadera preocupación en su rostro.

—¿Cuánto falta?

Daniel respiró profundamente.

—Once minutos.

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